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'La tierra de los hijos': si el fin del mundo te coge siendo padre... escribe

Gipi firma una crónica postapocalíptica en forma de novela gráfica que profundiza en los lazos familiares entre lo crudo y lo salvaje

Foto: Editado por Salamandra, es el último trabajo del artista italiano Gipi.
Editado por Salamandra, es el último trabajo del artista italiano Gipi.

¿Cómo criar a los hijos cuando la civilización ha desaparecido tal y como la conocemos?

“Sobre las causas y los motivos que condujeron al fin habrían podido escribirse capítulos enteros en los libros de historia. Pero después del fin ya no se escribieron más libros”, se lee, como un aviso, en la contraportada. ‘La tierra de los hijos’ (Salamandra Graphic) se presenta de forma escueta y oscura, como la historia que aguarda dentro y que es la última creación del dibujante italiano Gian Alfonso Pacinotti o Gipi (1963, Pisa).

'La tierra de los hijos' (Salamandra Graphic)
'La tierra de los hijos' (Salamandra Graphic)

‘La tierra de los hijos’ es una crónica de el fin de la humanidad esbozada a través de un padre y dos hijos que sobreviven en un mundo que creen solitario, infestado de venenos y donde sus postapocalípticos habitantes, en un estado que roza lo salvaje, se comunican de forma tosca y primitiva, con un código monosilábico entre la prehistoria y las redes sociales. Gipi no especifica espacio ni tiempo concreto, no explica qué es lo que ha llevado a los humanos a embrutecerse y malvivir en chozas o a curtir a los hijos sin dejarles tiempo para ser niños, pero tampoco le hace falta. Las páginas se devoran con tanta avidez como sus personajes a sus propios fantasmas: no les hace falta ni luto.

Sobre la tierra ya solo vagan unas pocas personas. La imagen que nos muestra del planeta -al menos la parcela que decide enseñar- es un entorno vacío, hueco e inundado en el que su escasa población se dedica a la caza y a hacer trueques con gesto funesto. Muchos han muerto envenenados, sin que sepamos muy bien por qué. Otros tienen malformaciones. La mayoría de las mujeres se plasman como esclavas y trozos de carne a los que se les arranca la cara. En una forma vida que casi ha abandonado la civilización y se ha entregado a la sangre y al hueso, el calor de la familia ya no es reconfortante.

Amor prohibido

El vínculo entre padre e hijos no es menos crudo que la realidad que les rodea. Para enducerer a los dos hermanos en un lugar en el que los blandos no salen con vida, el padre les grita y les pega y les oculta toda muestra de afecto o cariño. Las palabras “bien” y “amor” las ha prohibido y, desde luego, no se llora. Tampoco deben tener reparos a la hora de matar. Negar el amor por querer demasiado. “¿Qué debo hacer? ¿Contarles que antes los perros descansaban en las alfombras junto a los sofás en casas calientes, secas, y que en vez de comérnoslos los acariciábamos?”

El lenguaje de sus personajes, salvo excepciones, es como sus relaciones, frías y contadas con los dedos de una mano. Los hijos, entre la niñez y la adolescencia, desobedecen, callan, gruñen y van cuestionando cada vez más su autoridad a medida que avanzan las páginas. Mientras, el padre lo anota todo en un cuaderno que los hijos se mueren por abrir. Los últimos seres humanos apenas hablan con propiedad y los dos hermanos no saben leer ni escribir, pero recorrerán cuanto conocen y más con un solo objetivo: averiguar qué es lo que estuvo escribiendo su padre todos los días.

En su camino encontrarán su paralelismo en una tribu de salvajes: adoran al ‘Dios Wapo’, que les da ‘laics’, y hablan como lo haría por WhatsApp cualquiera que no llegue a la veintena. Su razón de ser y de creer es, también, un cuaderno negro escrito con las leyes de su dios. En un mundo en el que parece haber desaparecido la palabra escrita como la conocemos, es esta lo que se busca con más ansia y lo que Gipi ensalza como ancla de la esencia humana.

‘La tierra de los hijos’ son 288 páginas en un blanco y negro de boceto descarnado. Sus líneas ásperas y violentas son en el canal perfecto con el que Gipi por poco convierte la historia en algo físico. Casi se puede palpar el lodo. El artista italiano ha dejado sus acuarelas de colores en la civilización anterior para contar una historia sucia que parece no tener corazón, pero que lo tiene, muy al fondo y un poco destrozado.

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