FUERA DE USO DESDE 2006

La piscina-club Stella: así se desmorona otra joya arquitectónica madrileña

Construida en 1947 en un estilo racionalista tardío ya casi único en la capital, está situada junto a la M-30 y Arturo Soria. La finca, protegida desde 2011, sigue en desuso y su deterioro es evidente

Foto: Estado actual de la fachada de la piscina Stella que da a la M-30. (I. S.)
Estado actual de la fachada de la piscina Stella que da a la M-30. (I. S.)

Los madrileños nunca han tenido playa, pero sí mucha nostalgia del mar. Testimonio de este afecto imposible fueron las piscinas construidas durante la primera mitad del siglo XX. Edificios que imitaban con fidelidad clubes náuticos presidiendo un irreal paseo marítimo de asfalto y coches. La piscina-club Stella, que se asoma al ruidoso acantilado de la M-30 en el distrito de Chamartín, es la única que sigue en pie. Cerrada al público en el año 2006 y protegida por un plan especial desde 2011, el conjunto experimenta un visible proceso de deterioro. Por perder, está perdiendo hasta su nombre. Como si fuera el juego del ahorcado a la inversa, del emblemático voladizo semicircular donde antes se podía leer en generosa tipografía negra 'STELLA' se han borrado ya casi todas las letras.

El club Stella es una de las construcciones singulares de la vanguardia arquitectónica madrileña del siglo pasado. Su elegante estilo racionalista tardío —fue levantado en 1947 y renovado en la década posterior—, su ubicación en la periferia (entonces) de la ciudad y su intenso uso lúdico por varias generaciones de burgueses castizos lo ayudaron a escapar al destino de otros complejos similares, como la piscina La Isla, de superior valor arquitectónico y construida en la década de los treinta. “Hay que tener en cuenta”, explica Celestino García Braña, vicepresidente de la Fundación Docomomo Ibérico, que vela por la conservación de la arquitectura contemporánea, “que este tipo de edificios tienen un valor patrimonial muy importante, responden a una época muy determinada: la del descubrimiento de la modernidad”. Son obras frágiles, construidas con materiales industriales considerados en su momento experimentales y que con el paso de las décadas y los planes urbanísticos han sido fagocitadas por el imparable y anárquico crecimiento de las ciudades.

La Stella no corre riesgo de derribo, pero sí de olvido. "Cuando un edificio así se abandona, el deterioro es exponencial", dice un arquitecto

Para evitar que la Stella —cuya fachada principal se abre a la calle Arturo Soria, sabroso foco de atracción inmobiliaria— acabe siendo pasto de la especulación (amenaza que sí pende sobre la Casa Vallet de Goytisolo, ubicada muy cerca), el Ayuntamiento de Madrid diseñó hace siete años un proyecto de protección especial. Un plan no exento de “problemas”, según recoge la propia documentación oficial, a la hora de implementar las “actuaciones de protección” y la “puesta en valor del edificio”. Pero más allá de su complejidad, el plan existe, está en vigor y protege tanto el edificio principal (nivel de protección 3, que implica el respeto de los elementos más característicos para comprender su época, estilo y función) como los jardines (con todavía mayor nivel de protección, que engloba tanto las especies vegetales como las vallas, cercas, puertas y estatuas). Y aquí reside la paradoja: ha sido desde su inclusión en el Catálogo de Edificios Protegidos del consistorio cuando la piscina Stella parece haber perdido su antiguo esplendor: desconchones, grafitis, vegetación invasiva y descuidada... En el informe de 2012, se aseguraba que “gracias al esfuerzo de los propietarios” se había conseguido “que el edificio llegara a nuestros días en buen estado de conservación”. Y era cierto, al menos entonces. La piscina se pintaba cada dos años y los jardines se cuidaban con esmero a pesar de no recibir clientes. Hoy, salvo la entrada, que luce recién lavada, el recinto sufre los estragos del tiempo y la falta de cuidados.

Parte inferior del perímetro de la finca, junto a la M-30. La fachada que da a Arturo Soria está bien conservada, pero según se desciende se nota más el abandono. (I. S.)
Parte inferior del perímetro de la finca, junto a la M-30. La fachada que da a Arturo Soria está bien conservada, pero según se desciende se nota más el abandono. (I. S.)

“Cuando un edificio así, construido hace 70 años, deja de usarse”, asegura Ismael Pizarro, arquitecto especializado en restauración de patrimonio, urbanismo y paisaje, “el deterioro es exponencial”. Sobre la piscina Stella no pesa una amenaza de derribo, pero sí de olvido permanente. Pizarro señala varios motivos por los que el lugar, pese a su enorme extensión (casi 9.000 metros cuadrados entre jardines y edificio principal) y su privilegiada situación en la trama urbana de un barrio rico, permanece deshabitado. “Por un lado, la dificultad de contactar con los propietarios”, señala; por otro, “el precio”, y por último, “las limitaciones que una construcción de este tipo trae consigo”. Según la nota del Registro de la Propiedad, los titulares de la finca —destinada como uso principal a ocio y hostelería— son cuatro personas, herederos del propietario original, Manuel Pérez-Vizcaíno. En los últimos años han surgido varios posibles compradores. El propio Pizarro elaboró en 2017 un informe —negativo— para uno de estos potenciales interesados, que pretendía el derribo total para edificar de cero su proyecto. “Ha habido bastantes compradores interesados”, dice Pizarro, “y alguno se ha puesto en contacto conmigo para que le diera información, pero finalmente no ha continuado con el proceso porque no ha podido contactar con los propietarios”. En 2010, los dueños alquilaban la finca y, solo de fianza por el jardín, pedían cerca de 300 millones de pesetas (alrededor de 1,8 millones de euros), según un reportaje de El País publicado en 2010.

¿Hasta dónde proteger la arquitectura moderna?

El abandono de la piscina Stella no es un caso excepcional. Ni siquiera es el más grave. Lo que subyace al problema de la protección de la arquitectura moderna es una mezcla de ausencia de conciencia ciudadana y nula voluntad de las administraciones públicas, sobre todo ayuntamientos y comunidades autónomas. “En general, la sociedad”, explica García Braña, “piensa que el arte acaba a principios del siglo XX”. A este desconocimiento hay que sumar, señala este arquitecto y profesor gallego, “la falta de una política de Estado que no solo establezca leyes que velen por el patrimonio arquitectónico reciente, sino que doten con presupuestos las obras de restauración y conservación necesarias”. Con todo, García Braña recuerda que el peor enemigo es la “pasividad”. “No se puede esperar a que el edificio esté en ruinas para actuar”. Más que nada porque cuando se actúa es casi siempre para mal y con "connivencias soterradas" de por medio. “Cuando oigo que una Administración va realizar un nuevo catálogo de edificios, me echo a temblar”, reconoce.

Muchas veces, los dueños no pueden asumir el coste que implica salvar de la ruina un edificio histórico y prefieren construir desde cero

Cuando el momento decisivo llega, cuando hay que optar por el bisturí (caro y lento) o por la retropala (barata pero aniquiladora), aparecen los intereses contrapuestos. Por un lado, el legítimo de los propietarios. Muchas veces, los dueños no pueden asumir el coste que implica salvar de la ruina un edificio histórico del siglo XX y prefieren deshacerse de él o construir desde cero una nueva edificación, más económica y que responda mejor a sus necesidades actuales. Por otro, el de la sociedad civil, que observa con impotencia —así sucedió con el derribo en 2017, también en Madrid, de la Casa Guzmán, obra del arquitecto Alejandro de la Sota— cómo otro hito de la arquitectura del siglo XX recibe sin remedio la visita de la excavadora y la piqueta.

Batalla por el patrimonio: ¿negocio o memoria?

Las soluciones a este dilema son complicadas. El decano del Colegio de Arquitectos de Madrid (COAM), José María Ezquiaga, opta por tender puentes. “Hay que velar por que la protección de un edificio no suponga una carga extra para sus propietarios, ya sea mediante mayores exenciones fiscales o una mayor flexibilidad”, señala. “Pero al mismo tiempo hay que hacer una labor de pedagogía desde la infancia para concienciar de la importancia de la arquitectura moderna: en los inmuebles protegidos hay un valor cultural para la sociedad, un valor de memoria que exige un sacrificio de todos”. Por su parte, García Braña es partidario de actuaciones concretas. Algunas, destinadas a evitar “el negocio inmediato y miope” que consiste en dejar en manos del paso del tiempo y la especulación inmobiliaria el destino de las edificaciones (las administraciones pueden y deben obligar a los propietarios a acometer obras de urgencia, pero demasiadas veces no se hace nada); otras —como la instalación de placas conmemorativas en los edificios catalogados— deberían servir para llamar la atención de los ciudadanos sobre el valor del patrimonio que les rodea y que suele pasar desapercibido.

Volviendo al club Stella, a su pileta vacía y obsoleta y al esqueleto oxidado de su elegante trampolín, desde el que ensayaron lo que entonces no se llamaba 'postureo' Ava Gardner o Antonio Machín, la situación no es crítica, pero empieza a ser preocupante. Ignorante de un futuro y sensible dueño que respete su historia y simbolismo, la vegetación sigue arañando puntos de vista a su privilegiada perspectiva, mientras la blancura marinera de la fachada se rinde a la contaminación, el clima y los grafiteros. “No puede ser que cada edificio valioso se convierta en una batalla pública por el patrimonio”, se duele García Braña. Para que la piscina Stella siga reflejando la mirada de los habitantes del Madrid de las décadas pasadas —de sus obsesiones artísticas, de su manera de entender la fiesta y el ocio—, se requiere algo más que un plan de protección y una mano de pintura cada dos años.

Las piscinas perdidas de Madrid

La piscina Stella fue proyectada en Ciudad Lineal por el arquitecto Fermín Moscoso del Prado, autor de otros edificios en Madrid como la antigua Fábrica de Bosch, cerca de Suanzes, y la iglesia de Santa Catalina Mártir, en Alameda de Osuna. Probablemente, y así lo indica la memoria del plan especial para su protección, la piscina fuera concebida antes de la Guerra Civil, siguiendo la moda racionalista —gusto por la geometría y el dinamismo, uso de nuevos materiales como el acero y el hormigón— impulsada en tiempos de la Segunda República.

Su modelo arquitectónico bebe de otro complejo similar que el arquitecto Luis Gutiérrez de Soto —autor del cine Barceló de la capital y encargado de la ampliación en los cincuenta de la propia Stella— diseñó en los años treinta en la ribera del Manzanares: la icónica y añorada La Isla. Tanto esta piscina como la conocida como Playa de Madrid, también cerca del río y de la misma década y estilo, constituyeron, como explica el blog Urbancidades, ejemplos brillantes de la modernidad madrileña, los nuevos usos sociales y necesidades —deportivas y de ocio— de la población. 

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