memoria histórica

Adolfo Suárez, el Opus y 58 muertos. La foto que España quiso enterrar

El derrumbe de Los Ángeles de San Rafael (1969) llevó a Jesús Gil a la cárcel. Un joven Adolfo Suárez, entonces gobernador de Segovia, rozó la muerte política ese día. Una biografía de Gil recuerda el caso

Foto: Adolfo Suárez, a la izquierda con gafas de sol, y Jesús Gil, a la derecha, en la inauguración de Los Ángeles de San Rafael en junio de 1968 (El Adelantado de Segovia)
Adolfo Suárez, a la izquierda con gafas de sol, y Jesús Gil, a la derecha, en la inauguración de Los Ángeles de San Rafael en junio de 1968 (El Adelantado de Segovia)
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La historia del colapso de la urbanización de Los Ángeles de San Rafael (a 25 kilómetros de Segovia) es conocida: uno de los restaurantes se hundió el 15 de junio de 1969 durante una convención de la cadena de supermercados SPAR. El salón se vino abajo vigas incluidas. Murieron 58 personas. El propietario, Jesús Gil y Gil, fue condenado a cinco años de cárcel por imprudencia temeraria (negligencia en la construcción por las prisas en inaugurar) y homicidio involuntario; pero el franquismo le indultó dos años después, continuó su ascenso como empresario inmobiliario y acabó presidiendo el Atletico de Madrid y la alcaldía de Marbella, como cuenta Iván Castelló en una biografía sobre Gil -'Salvaje' (Editorial Contra)- que se publica hoy.

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"Estas obras sin cálculo, ni estudio facultativo de ninguna clase, pues no fueron proyectadas ni dirigidas por arquitecto, ni aparejador, ni ningún otro técnico de ninguna clase, ni autorizada licencia de obras municipales, las acometió y ordenó el señor Gil y Gil con olvido de las más elementales ideas y nociones sobre la seguridad de los edificios, creyendo simplemente, que, por lo que él había visto en su profesión y actividad de constructor, al frente de la Inmobiliaria, era por sí solo capaz de idear, construir y dirigir nada menos que una nave de ampliación de un restaurante", sentenciaría meses después la Audiencia Provincial de Segovia.

"Es un ejemplo gore de la falta de escrúpulos de muchos promotores en la historia de España. Llevar al extremo conseguir lo suyo por encima de cualquier miramiento. Aquello no estaba ni fraguado, ni bien consolidado, ni bien construido. Fue un accidente durísimo que ha pasado a la memoria colectiva junto a otras tragedias como el cámpig de Los Alfaques o la rotura de la presa de Tous. Es que fueron muchísimos muertos: 58. Jesús Gil ya se movía entonces como pez en el agua en la corrupción 'made in spain' -esa que ahora resulta evidente por la libertad de prensa, pero que durante el franquismo solo se intuía, aunque también existía. Gil, insisto, se manejaba con soltura en los pasillos del poder, lidiando con futuros políticos importantes como Adolfo Suárez. Gracias a esas relaciones consiguió salir bastante indemne del asunto", cuenta Castelló a este periódico.

Suárez era de misa y comunión diaria y opusdeísta ferviente

Sí, han leído bien: Adolfo Suárez. Mucho menos conocida que la catástrofe es la implicación del entonces joven gobernador de Segovia (37 años). Es cierto que Suárez salió reforzado de la crisis de Los Ángeles de San Rafael, con no pocas dosis de suerte, de lo que España parece haberse olvidado es de que su vida política casi termina ese día tanto por su responsabilidad política en la tragedia -directa o indirecta- como por las luchas internas del franquismo. Si hubiera pasado eso, nunca hubiera llegado a presidente del primer Gobierno democrático.

Los hombres de la Obra

Adolfo Suárez se formó políticamente como secretario de Fernando Herrero Tejedor, vicesecretario General del Movimiento (1961-1965), procurador en Cortes (1957-1975) y miembro del Opus Dei. El otro prohombre clave del lanzamiento de su carrera en los sesenta fue un pata negra: Laureano López Rodó, número tres del régimen tras Franco y Carrero, impulsor del desarrollismo y líder de los poderosos tecnócratas económicos del franquismo.

Anuncio de la inauguración publicado en 'ABC'
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Anuncio de la inauguración publicado en 'ABC'

El 21 de junio de 1968, Suárez tomó posesión como gobernador civil de Segovia y jefe provincial del Movimiento. Al acto asistió Fernando Herrero Tejedor en calidad de fiscal del Tribunal Supremo.

Suárez dirigió unas palabras a los presentes: "Soy un hombre más de esa generación puente que ha de soldar indestructiblemente los pilares de nuestra más reciente Historia, con los de ese futuro prometedor que espera la España tranquila y laboriosa del presente. Esa Patria que se hace día a día, que la hacen esforzadamente, desde el más humilde de los pastores al más poderoso de los terratenientes. Esa España que no conoce -porque van quedando enterradas en el olvido- mil injusticias seculares". Se mascaba la tragedia en Segovia, sí, pero Suárez aún no sabía que lo que España iba a acabar enterrando en el olvido era su participación política en el futuro derrumbe de Los Ángeles de San Rafael.

Suárez nunca se responsabilizó. Me abandonó totalmente. Rentabilizó la desgracia dando a entender a todo el mundo que él se había pasado un montón de horas sacando cadáveres

Su primer acto oficial como gobernador de Segovia tuvo lugar dos días después: ni más ni menos que la inauguración de la urbanización de Los Ángeles de San Rafael, de la que cortó la cinta oficial junto a un joven constructor soriano llamado Jesús GIl y Gil. Hubo capea, tuna y, ojo al dato, concurso de Miss Madrid, con un jurado de excepción formado por Luis María Ansón, Chicote y el cantante Raphael, entre otros. Acto celebrado, por cierto, sin licencia. Cuatro días después, la Comisión Provincial de Urbanismo -bajo el mandato del gobernador Suárez- aprobó el anteproyecto del conjunto turístico comercial de Los Ángeles de San Rafael. Gil y Gil, convertido ya en una pequeña celebridad en la zona, visitaría el despacho oficial de Suárez varias veces en los siguientes meses.

Afán de lucro

Un año después de la inauguración, Gil y Gil decidió ampliar el restaurante del complejo, pero como tenía prisa por albergar la convención de SPAR, lo hizo sin pedir licencia (al fin y al cabo, siempre podía pedirla a posteriori como ya había hecho antes), sin aparejador y sin arquitecto. Y el restaurante colapsó el 15 de junio. Demasiados muertos como para que la justicia y la política se quedaran de brazos cruzados.

El propietario (Gil y Gil), el encargado y el jefe de obras fueron detenidos al poco, quedaba saber quién pagaría el pato político de la tragedia."En la redacción de un periódico madrileño alguien dijo taxativamente: se terminó la carrera política de Adolfo Suárez. Esa idea se fue ampliando conforme se recogían más datos sobre la tragedia", cuenta Gregorio Morán en 'Adolfo Suárez. Ambición y destino'.

Se había activado el choque entre dos de las principales familias del franquismo: los tecnócratas del Opus contra los azules del Movimiento. Los Ángeles de San Rafael se anticipó por pocas semanas a la madre de todas las batallas entre ambas facciones: el caso Matesa.

Recuerdo que hubo un forcejeo entre Suárez y Gil, ya que este último, en un arrebato, quiso quitarle la pistola al capitán de la Policía Armada. Suárez le dio un buen manotazo a Gil

La prensa del Movimiento se vino arriba ese verano contra los hombres de la Obra. El 19 de junio, cuatro días después del hundimiento de Los Ángeles de San Rafael, el diario falangista 'Arriba' disparó con bala contra los responsables políticos de la catástrofe, en un editorial crítico ('Responsabilidad concurrente') absolutamente inédito para los estándares de la prensa oficialista. "Solo los necios no hallarían en el dramático suceso indicios de dejación de funciones administrativas concretísimas". En otras palabras: "Palo para los laureanistas y sus retoños como Adolfo Suárez", según Morán.

Retoño de Laureano, sí, porque aunque Suárez ya manejaba entonces su mítica mano izquierda para llevarse bien también con "los azules", en esta batalla estaba alineado con los prohombres de la Obra, tanto política como espiritualmente: "Adolfo era de misa y comunión diaria y, como opusdeísta ferviente, frecuentaba los locales residenciales del Opus Dei", cuenta Gregorio Morán.

A tortas

Pero las cabezas no rodaron. A Suárez le salvó, en primera instancia, ponerse a retirar escombros como un loco nada más llegar al lugar de la tragedia, lo que un cínico podría interpretar como un gesto oportunista para lavar la cara, pero que casa con su carácter de político más instintivo y vertiginoso que reflexivo. Un hombre de acción. También ayudó que un Suárez ("preso de los nervios") chocara con Gil nada más llegar a Los Ángeles de San Rafael, como cuenta un ex cocinero de la urbanización al periodista Juan Luis Galiacho en 'Jesús Gil y Gil: el gran comediante'. "Recuerdo que hubo un forcejeo entre Suárez y Gil, ya que este último, en un arrebato, quiso quitarle la pistola al capitán de la Policía Armada. Suárez le dio un buen manotazo a Gil".

Portada del 'Arriba' el día después de la tragedia
Portada del 'Arriba' el día después de la tragedia

Escribe Galiacho: "Gil manifestó en su día que los nervios de Adolfo Suárez respondían a que era el responsable político de lo ocurrido, pues la Comisión Provincial de Urbanismo estaba presidida por el gobernador civil. 'Suárez nunca se responsabilizó. Me abandonó totalmente. Rentabilizó la desgracia dando a entender a todo el mundo que él se había pasado un montón de horas sacando cadáveres', ha llegado a decir Gil".

Si bien dicha actitud fogosa salvó la imagen de Suárez ante los segovianos y ante el mismísimo Francisco Franco (meses después sería condecorado con la Gran Cruz del Mérito Civil por su comportamiento heroico durante la hecatombe), lo que acabó salvando su cabeza fueron las luchas y equilibrios internos del régimen.

Entre otras cosas, porque el hombre encargado de liderar la investigación del caso no era otro que Fernando Herrero Tejedor, fiscal del Tribunal Supremo, con intereses cruzados tanto en la Falange como en la Obra, y que no iba a dejar caer a un hombre de su máxima confianza como Suárez. Lo que pudo ser el fin de la carrera de Adolfo Suárez, acabó resultando un empujón que, varias carambolas después, le convertiría en el primer presidente de la democracia. Un hombre con suerte: con la suerte de haber empezado su trayectoria política en un régimen que no se caracterizaba precisamente por su celo en purgar las responsabilidades políticas.

El caso Matesa

Las élites franquistas entraron en ignición el 22 de julio de 1969, cuando Franco designó a su sucesor (Juan Carlos I), lo que desencadenó una serie de luchas en el interior del régimen, la clásica reorganización conflictiva entre élites para ver quién manda ahí. Un día después del dedazo, y no por casualidad, estalló el caso Matesa, que aún se considera el gran escándalo de corrupción del franquismo -no lo fue ni de lejos, aunque sí fuera el más aireado por un sector interesado del régimen, visibilizando así la crisis política en la que estaba entrando el tardofranquismo. 

Matesa era una empresa textil que fabricaba unos telares sin lanzadera que supuestamente se vendían como churros en el extranjero, lo que le valió millonarias ayudas públicas a la exportación (más de 10.000 millones de pesetas en créditos, de los que 3.000 millones acabarían volatizándose). Una empresa ejemplar del desarrollismo. Ocurre que los telares no se vendían apenás en realidad, y languidecían ocultos en los almacenes de la empresa.

La prensa del Movimiento se cebó con Matesa, no porque hubieran descubierto de pronto las bondades de la libertad de expresión, sino para debilitar a los ministros y tecnócratas del Opus que apostaban por el desarrollismo económico, y supuestamente habían hecho la vista gorda con Matesa.

Ocurre que "los azules" se pasaron de frenada con la campaña de prensa, instigada por ministros como Manuel Fraga y José Solís, y Franco tomó nota: la reorganización ministerial (octubre del 69) para superar la crisis de Matesa se cobró víctimas de ambos lados, en uno de esos movimientos astutos del Caudillo, que podía estar ya mayor, pero tonto no era. Por cierto, Fraga y Solís se fueron a la calle, y Laureano López Rodó aumentó su poder. Curiosa resolución de la crisis, sí.     

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