entrevista al experto Héctor G. Barnés

'La ley de las aulas', la historia heroica de la educación en España

Cuatro décadas e innumerables leyes educativas más tarde toca hacer balance. ¿Es tan mala nuestra educación como nos la pintan?

Foto: Vista de un aula del Instituto Padre Piquer de Madrid
Vista de un aula del Instituto Padre Piquer de Madrid

Es el arma arrojadiza de destrucción masiva de nuestro debate político, el boomerang inagotable que siempre regresa con nuevos bríos, la madre de todas las polémicas partidistas. La educación acompaña al desenvolvimiento de la democracia española desde su fundación como una sombra. Cuatro décadas e innumerables leyes educativas más tarde toca hacer balance. ¿Es tan mala nuestra educación como nos la pintan?

'La ley de las aulas'
'La ley de las aulas'

La única salvación para enterarse de algo en un tema tan trillado y sometido a la fuerza gravitatoria de las ideologías contrapuestas es acudir a los expertos. Uno de los mejores es Héctor G. Barnés (Madrid, 1985), periodista de El Confidencial que lleva muchos años persiguiendo la caótica y profusa información educativa. La prueba es 'La ley de las aulas' (Editorial 360º), el libro que acaba de publicar en cuyas páginas detalla la evolución de la enseñanza española desde Franco hasta Wert. Y al que se asoman personajes únicos y fundamentales para cualquier sociedad que persiga el futuro como el maestro César Bona.

PREGUNTA. La Educación de España no está a la altura de un país moderno y desarrollado. Creo que el lector que se adentre en este libro no verá precisamente confirmado ese cliché...

RESPUESTA. Al contrario: el lector entenderá la evolución de la educación española durante las últimas cuatro décadas como un pequeño milagro que, como todo proceso, tiene sus ciclos de rápida aceleración y de estancamiento. Los análisis interesados de la realidad educativa (es el arma arrojadiza perfecta para políticos de todo pelaje, que en general ni la entienden ni les interesa, mucho menos los problemas de profesores o alumnos) señalan que España se encuentra por debajo de los países de su entorno. Puede ser, pero si PISA hubiese existido hace 50 años, hoy podríamos ver cómo, entre otras cosas, se ha universalizado la educación en un país en el que las tasas de analfabetismo han sido dantescas durante siglos. ¿Por qué no se dice? Porque la memoria es corta y, lo que es peor, interesada: la idea de la educación española como fracaso le viene bien tanto a aquellos que viven de reprochar cosas a los demás como a los saltimbanquis que van de pueblo en pueblo vendiendo la fórmula que, según dejan entrever, permitirá salvar a los pobres niños de las garras de los ignorantes profesores y ruinosos colegios (en su opinión, claro).

Héctor G. Barnés. Foto: Carmen Castellón
Héctor G. Barnés. Foto: Carmen Castellón

P. ¿Y cuál es la razón de nuestra "peculiaridad"?

R. La misma que en tantos otros aspectos de la sociedad y la cultura españolas: cuarenta años de dictadura, el cainismo pertinaz, la ideologización de todos los aspectos de la vida social… Aunque no tengo tan claro que, como afirman muchos, España haya despreciado históricamente la educación. En el libro explico que la escuela republicana, tal y como fue planteada, y su posterior influencia en los profesores de la última época del franquismo (de los que he escrito en este propio medio), a partir de las ideas de Paulo Freire o Célestin Freinet, no tiene nada que envidiar a cualquier otra propuesta de innovación ya venga de Finlandia, Singapur o lo que sea que se lleve este mes. ¿El problema? Que, como ocurría a menudo durante el franquismo, la contrarreforma era tan fuerte como lo había sido la propia reforma, y en la República lo fue. Tampoco ayudaron una mentalidad autárquica y años y años de hambre, silencio y enfrentamiento con el vecino, claro.

Los profes españoles son los más quemados del mundo porque sus perspectivas de futuro son las más limitadas entre los países desarrollados

P. La figura del maestro protagoniza 'La ley de las aulas'. A ti, que has tenido contactos con muchos de ellos, y algunos muy buenos como César Bona, ¿cuál dirías que es el retrato robot del perfecto maestro para estos tiempos?

R. Cuando me preguntan por la innovación educativa, siempre digo lo mismo: el innovador es el que identifica un problema y lo soluciona, sea a través de un complejo proceso de prueba y error depurado a través de las décadas, sea por su propia intuición. Si César Bona aparece en el libro es, ante todo, porque me parece que “el mejor profesor de España” no tiene nada de especial, y hay que entender esto como un elogio: no tiene un método secreto, no tiene una fórmula que vender; simplemente, cuando hablas con él, entiendes que es un maestro hipermotivado, carismático y capaz de ganarse el cariño de sus alumnos. Como él hay miles de profesores en toda España, y en el libro hay unos cuantos, tanto veinteañeros como jubilados. ¿La clave? Que las condiciones permitan que todos los docentes estén tan motivados como él. Sin embargo, como explicaba hace poco, los profes españoles son de los más quemados del mundo, porque sus perspectivas de futuro, tanto a nivel de desarrollo profesional como de sueldo, son de las más limitadas en los países desarrollados. Por ahí hay que mejorar.

P. La universalización y modernización de la educación supuso un cambio radical en España pero también el origen de algunos males endémicos que duran hasta hoy. ¿Qué se hizo bien entonces y qué hay que arreglar sin contratiempos?

R. Lo de siempre: el problema se encuentra en que las leyes extiendan cheques que los presupuestos del Estado no puedan pagar. El gran momento de ruptura social respecto a la educación se produce con la LOGSE, una ley en la que incluso sus detractores coinciden en que, sobre el papel, era positiva. ¿Qué pasó? A grandes rasgos, que era muy ambiciosa, pero coincidió con la crisis económica de principios de los 90 y bastantes cosas salieron mal: los profesores sintieron, creo que bastante legítimamente, que la irrupción de pedagogos les había desposeído del poder (¿autoridad?) que habían tenido hasta ese momento, al mismo tiempo que tenían que enfrentarse con alumnos que apenas unos años antes no estaban en el sistema y que quizá no querían estarlo; y muchos padres empezaron a manifestar su malestar por los resultados de sus hijos (que en muchos casos obedece a esa que, desde Aristóteles, ha ido repitiéndose generación tras generación desde hace 2.400 años; ya se sabe, “los jóvenes de hoy en día tienen malos modales y desprecian la autoridad, les llevan la contraria a sus padres, le faltan el respeto a sus maestros…) Quizá un buen primer paso sea ayudar a cicatrizar esa herida y desconfianza entre padres, profesores y alumnos.

Los profesores sintieron, creo que bastante legítimamente, que la irrupción de pedagogos les había desposeído de su poder

P. En el debate entre los partidarios de una educación más tradicional y autoritaria y los que abogan por una más laxa y "libertaria", ¿a quién dan la razón los expertos?

R. A los segundos, pero una educación laxa y libertaria bien hecha sale cara, mientras que la autoritaria es más barata. Es una cuestión de simple matemática: ¿qué es más asequible, comer en un restaurante de comida rápida o comprar productos fabricados en cadena en una tienda de todo a un euro, o disponer de un chef que puede prepararte cada día el plato que desees o comprar tus muebles al artesano al que le has pasado tus propios diseños? Es el debate de la educación individualizada: todos sabemos que es lo mejor, pero lo difícil es implantarla en un aula con más de 30 alumnos y profesores desbordados. La uniformización es siempre más barata y asequible. En cualquier caso, tampoco debe entenderse el debate de forma tan maniquea, como aquellos que desprecian por completo las lecciones magistrales. No, no hay por qué acabar con ellas, sino simplemente utilizarlas como un recurso más.

P. Los profesores se niegan corporativamente a ser evaluados pero el sistema de oposiciones educativos es tan dudoso y los conocimientos crecen a tal velocidad que parece una exigencia urgente. ¿Qué opinas?

R. A todos, a ti, a mí y al lector, se nos encoge el estómago cuando se nos habla de evaluación del rendimiento en el trabajo. No porque pensemos que no vamos a dar la talla, sino porque pensamos (en muchos casos con razón) que se nos va a evaluar con los criterios equivocados. Cuando José Antonio Marina lo propuso, probablemente se le entendió un poco mal, pero suscitó temores razonables: es obvio que no puedes medir a un profesor de un colegio de uno de los mejores barrios de las grandes capitales con otro que imparte clase en zonas con una alta inmigración o alumnos en situación efectiva de pobreza, que no tienen luz en su casa, tal cual. También hay que tener en cuenta otra cosa: como explican los profesores en el libro, viven rodeados de burocracia, que no sienten que sea una ayuda, sino un estorbo para realizar su trabajo. Y consideran que más evaluaciones solo servirán para tener que pasar más tiempo rellenando formularios y menos preparando sus clases. Eso sí: los sistemas de formación, oposición y recompensa de los profesores necesitan una reforma de arriba abajo, que la picaresca sigue campando a sus anchas.

Apuntamos hacia el bilingüismo y nos hemos quedado en que ni siquiera somos capaces de enseñar español a los niños de otros países

P. ¿De qué manera han afectado los recortes de los últimos años o medidas como la extensión de la enseñanza bilingüe desde los primeros ciclos?

R. Una vez más, una buena idea sobre el papel que se topa de morros con la realidad. El bilingüismo se ha convertido en el reclamo publicitario por excelencia de todos los colegios: si no tienes un programa de bilingüismo y eres un privado, olvídate. El problema es que los recortes han provocado la desaparición de las aulas de enlace, que ayudaban a los alumnos inmigrantes a aprender el nuevo idioma e integrarse antes de pasar a clase con el resto de sus compañeros, una suerte que han corrido otros programas de apoyo (que en estos casos son los primeros en ser barridos del mapa). Al mismo tiempo, los profesores viven en una situación más inestable, como ocurre con los interinos que pasan el año de colegio en colegio, lo cual no es precisamente lo ideal cuando tienes la educación de los niños en tus manos. En otras palabras: apuntamos hacia el bilingüismo y nos hemos quedado en que ni siquiera somos capaces de enseñar español a los niños de otros países.

P.¿Habrá pacto educativo al fin, tal vez gracias a la debilidad del gobierno? ¿Cómo han afectado a los estudiantes las innumerables leyes de los últimos años?

R. Comencé a escribir este libro pensando que el pacto educativo era la gran solución para el estado de la educación española y lo concluí sospechando que en realidad no puede cambiar excesivamente las cosas. Desde luego, como ocurre con todas las fórmulas mágicas, no es la panacea que solucionará todos los problemas de los colegios, como tampoco lo es imitar a Finlandia ni cualquier otra iluminación que venga de arriba abajo (y no de abajo arriba, que es como se construye la educación). Otra cosa es que sea necesario un acuerdo de mínimos, básicamente, para no propinar un revés a profesores y alumnos cada vez que hay un cambio en el gobierno y que estos tengan que pasar dos o tres años leyendo en los posos del BOE para intentar entender qué diablos le propone la nueva ley, como ha ocurrido con la LOMCE.

Todos los profesores entrevistados coincidían en pedir que, por favor, se parase ya la rueda de la constante rueda educativa. Pero, ante todo, y aparte de por aspectos prácticos, porque en su opinión ninguno aborda los verdaderos problemas de fondo. Efectivamente: la mayor parte de reformas educativas son altamente ideológicas o reflejan las luchas de poder y competencias con las Comunidades, algo que a la mayor parte de docentes les da igual.

¿Habrá pacto educativo? Supongo, y el PP lo venderá como un gran hito, aunque sospecho que en una realidad alternativa no tan lejana, en la que los populares hubiesen obtenido mayoría absoluta, no habría ni pacto ni negociación. Es divertido, de todas formas, ver al PP convertido en el estandarte del pacto después de que en 2011, cuando Ángel Gabilondo estaba a punto de cerrarlo por primera vez, fue el único partido que se opuso. Pacto sí, pero siempre y cuando lo promueva yo, es la lógica. El problema que tiene la educación es que legislamos como matando mosquitos a cañonazos: se trata de una realidad altamente compleja en la que cada día, cada alumno, cada asignatura, es totalmente diferente, y pensamos que un puñado de páginas en el BOE pueden cambiar eso para siempre. La clave está en encontrar un acuerdo mínimo para que ese día a día sea lo más fácil posible para los profesionales. Y, sobre todo, saber qué temas se deben dejar al margen de estas discusiones.

P. ¿Y la LOMCE?

R. Es el mejor sainete representado en el Congreso estos días, y mira que nuestros políticos son muy dados al género chico. La oposición está exclamando “¡mirad cómo hemos acabado con la LOMCE con nuestras propias manos!” y el PP responde “¡no, no, que nos hemos suicidado nosotros antes!” La LOMCE está muerta no desde que Rajoy dijese que dejaba sin efecto las reválidas, quizá ni siquiera desde que los resultados de las elecciones les obligaron a pactar con Ciudadanos o desde el nombramiento de Méndez de Vigo. Es probable que la LOMCE naciese muerta, por tres razones: era imposible de implantar en los plazos previstos, las Comunidades iban a darle la espalda con la conflictividad diaria que eso supone y en su configuración se ignoró ampliamente al resto de agentes sociales (sí, esos mismos con los que se va a contar, supuestamente, en el nuevo pacto educativo). Y digo supuestamente porque los profesores vuelven a estar con la mosca detrás de la oreja con las negociaciones para la nueva ley, y saben que no les van a volver a preguntar. Mi libro tenía como objetivo, ante todo, que estos pudiesen hablar. Porque se aprenden muchas cosas de escuchar a aquellas personas a las que nunca se les pregunta por nada.

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