entrevista al intelectual dominico frei betto

"La izquierda se equivoca: la religión puede ser popular y emancipadora"

El intelectual brasileño, icono de la teología de la liberación, explica cinco siglos de historia en la novela 'El oro perdió de los Arienim'

Foto: Frei Betto. Foto: EFE/Alejandro Bolívar
Frei Betto. Foto: EFE/Alejandro Bolívar

Rozando ya los ochenta, Frei Betto (Belo Horizonte, Minas Gerais, 1944) tiene un discurso más joven y antagonista que la mayoría de los intelectuales europeos. Hijo de una familia de clase media, descubrió las duras condiciones de vida de las minas brasileñas por boca de las cocineras y chicas del servicio doméstico que trabajaban para él. Desde joven, quiso contar las historias de explosiones y explotación salvaje que sufrían sus novios, hermanos y maridos.

'El oro perdido de los Arienim'
'El oro perdido de los Arienim'

Ahora las recoge en una espléndida novela que ha tardado 13 años en terminar. "Por supuesto, no completos, pero sí de darle muchas vueltas. Leí 110 libros para documentarme. Para mí, la ficción es como la cachaza, una forma pausada de embriagarme entre ensayo y ensayo", explica. El resultado se titula ‘El oro perdido de los Arienim’ (Hoja de Lata, 2016), un apellido de saga nada casual, ya que leído al revés significa "mineira". Charlamos durante más de una hora con el intelectual y religioso carioca en la trastienda de la librería madrileña Traficantes de sueños. 

PREGUNTA. ¿Qué fue lo más complicado de escribir el libro?

RESPUESTA. Disfruto los desafíos literarios. Es difícil hacer novela histórica, ya que suelen quedar más históricas que novelas. Por eso me impuse que hubiera una trama policial, que es el misterio del mapa. Siempre admiré a Georges Simenon y Agatha Christie. Otra dificultad fue adaptarme al lenguaje de cada siglo. Son cinco y muy distintos. Empiezo en brasileño antiguo y termino en lenguaje periodístico. Tuve que dar con el tono de cada época. 

P.¿Qué es lo más interesante que aprendiste en el proceso de documentación?

R. Me sorprendieron varias cosas. La primera fue enterarme de que, durante dos siglos, las minas brasileñas produjeron más oro que toda la plata de América Latina. Oficialmente, fueron ochocientas toneladas, peo también hubo mucho contrabando no contabilizado. Este oro llegó a Portugal, un país que no destaca por su modernidad empresarial, ya que siempre fueron agricultores. Como no sabían qué hacer con él se lo pasaron a los británicos, que lo usaron para financiar la Revolución Industrial. La única vez que Marx cita a Brasil en ‘El Capital’ es para contar esto. 

P. ¿Alguna sorpresa más?

R.La historia de Aleijadinho, un artista religioso de los siglos XVIII y XIX, que podemos definir como nuestro Miguel Ángel. A pesar de su magnífica obra, poca gente le conoce en Occidente. No se le valora porque somos un país periférico. Aleijadinho significa "totalmente discapacitado", ya que la historia nos cuenta que un hombre contrahecho, con hierros en vez de dedos, que trabajaba siempre con dos o tres asistentes de confianza, a quienes no permitía que le mirasen a la cara. Se supone que no tuvo vida social. En realidad, todo esto es una leyenda que se inventó un político para ingresar en la Academia de las Letras. Se sacó de la manga este personaje impresionante basándose en el jorobado de Notre Dame, de Víctor Hugo, que estaba de moda en aquella época. De hecho, se han encontrado facturas de Aleijadinho firmadas de su puño y letra. Solo fue un truco para impresionar a un jurado. 

La marea de refugiados en Europa es la cosecha de lo que habéis sembrado

P. El libro comienza con la imagen de los conquistadores, que llegan "con la Biblia en una mano y el arcabuz en la otra". ¿Sigue teniendo Occidente mentalidad colonial?

R. Por supuesto. La marea de refugiados en Europa es la cosecha de lo que habéis sembrado. El continente más afectado por la colonización es América Latina. En Asia hay asiáticos, en África africanos, pero en América apenas quedan indígenas. Que me perdonen mis amigos judíos, pero el mayor holocausto de la historia ocurrió en América Latina. Solo en el primer año de conquista mataron a setenta millones. Hoy Occidente hace lo mismo por otros métodos: las bolsas de valores, el sector financiero, los paraísos fiscales…Europa también es víctima del imperialismo, mira las catorce bases militares estadounidenses que hay en Italia. El papa Francisco siempre dice que vivimos una era de neocolonialismo, un saqueo de los poderosos.

P. ¿Qué opinas del pontífice?

R. Es un milagro. Yo no pensaba que iba a vivir para ver otro Juan XXIII. Creo que el Papa Francisco es el máximo representante de la teología de la liberación. Su discurso de clausura del tercer encuentro con líderes de movimientos populares de sesenta países del mundo fue impresionante. Es una crítica demoledora del capitalismo y sus productos: desigualdad, consumismo, degradación ambiental… Los dos ejes del discurso de Francisco dicen que necesitamos cambios estructurales y que la esperanza está en los movimientos populares, que deben organizarse. El camino está lleno de enemigos, tanto en Estados Unidos como en Europa e incluso dentro de la propia Iglesia. Espero que Dios le mantenga vivo muchos años. 

P. Hablas de la teología de la liberación como algo actual, cuando la mayoría de la gente lo ve como un episodio del pasado. 

R. Sigue muy viva. Lo que pasa es que los medios de comunicación han perdido interés y eso es bueno para nosotros. Lo único que ha cambiado es que ya no usamos la guerrilla. La teología de la liberación consiste en ver el mundo desde los ojos y el sufrimiento de los pobres. Es verdad que, durante mucho tiempo, usamos el marxismo como método de análisis de la realidad, pero ya ni siquiera hace falta. Basta la palabra de Dios. Yo soy seguidor de un preso político condenado y torturado por dos poderes. Jesucristo no murió de hepatitis. Tampoco vino a fundar una iglesia, sino a proponer un nuevo proyecto civilizatorio.   

Que Trump sea un líder racista y casi fascista no significa que haya que abandonar toda lucha política

P. ¿La izquierda ha regalado la religión a la derecha?

R. La izquierda se equivoca: debe reconocer la naturaleza popular de la religión. En la historia de la humanidad no hay sociedades ateas. La religión es como la política: sirve para oprimir o para emancipar. Es una pena que la izquierda no tenga una visión dialéctica de la religión. Engels lo entendió perfectamente, como demuestra su ensayo ‘El cristianismo primitivo’. Mi libro ‘Fidel y la religión’, basado en 26 horas de conversación con Castro, abunda en la idea de que la religión puede ser liberadora. Que Trump sea un líder racista y casi fascista no significa que haya que abandonar toda lucha política. Marx dijo que "la religión es el opio del pueblo", pero también que es "el grito de los oprimidos" y "el corazón de un mundo sin corazón". Marx tenía una visión dialéctica, sin prejuicios. Creo que en España no hubiese triunfado Franco si la izquierda de los años veinte y treinta hubiese entrado en las iglesias en vez de quemarlas. Franco supo manipular la religión en su beneficio personal. Los que criticaron a Chávez por dar discursos con un crucifijo tienen una mirada neocolonial. Muchos de ellos son los mismos que endiosaron a Mao y Stalin. La izquierda de México, por ejemplo, es la más anticlerical de América Latina. Siempre les digo "compañeros, no vais a ningún sitio sin la virgen de Guadalupe porque el pueblo lleva siglos yendo detrás de ella". 

P. Tú militaste en una organización armada, pero nunca empuñaste un fusil. ¿Por razones éticas o estratégicas?

R. Siempre defendí la lucha armada. Si no cogí una ametralladora es porque mis superiores me dijeron que podían entrenar a un guerrillero en pocos meses, pero que costaría años darle mi formación periodística y religiosa. Lo único que hice fue aplicar las enseñanzas de Tomás de Aquino, que dijo que cuando hay una opresión inamovible es legítimo tomar las armas. Hoy la guerrilla no tiene sentido porque las fuerzas son muy desiguales. Solo beneficiaría a los fabricantes de armas y a la extrema derecha, que tendría más fácil la labor de demonizarnos. 

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