retrospectiva del artista estadounidense

Hinchado, facilón y payaso, Jeff Koons revienta en el Guggenheim

El museo bilbaino revisa cuarenta años de trayectoria del super ventas del arte

Foto: Jeff Koons posa junto a una obra en la presentación de su retrospectiva en el Guggenheim (P.H.R)
Jeff Koons posa junto a una obra en la presentación de su retrospectiva en el Guggenheim (P.H.R)

Es un experto del marketing y, como tal, no tiene miedo al ridículo. La mañana no podía empezar de otra manera. Sesión de fotos, postureo, miraditas y gestos para la nube de fotógrafos y cámaras de televisión. Jeff Koons para bajo una gran estatua de Hércules Farnesio. Mira la imagen de yeso blanco como si fuera a dedicarle unas palabras, se vuelve y abre los brazos, sonríe, se peina, ahora se sienta en la peana. El dios griego, tocado en el hombro por una estridente esfera azul, lo mira, parece decirle: "¿Qué me has hecho?".

La sesión de fotos parece no acabar. Antes ha posado bajo la langosta de acero que imita en cada arruga un hinchable. Se atusa los bigotes, en referencia a Salvador Dalí. "Lo conocí a los 18 años, en Nueva York, me recibió en su hotel, fue puntual y estaba vestido de manera impecable, con su abrigo de piel de búfalo y su corbata con diamantes incrustados. Y su bigote. Más tarde, salí de su exposición diciendo yo puedo hacer esto, yo puedo ser la vanguardia del arte", ha explicado el sexagenario artista norteamericano en la rueda de prensa que inaugura la completa exposición retrospectiva que el Museo Guggenheim de Bilbao, con la ayuda económica de la Fundación BBVA, mantendrá abierta hasta el 27 de septiembre.

'Yo puedo ser la vanguardia del arte'

Cuarenta años de trayectoria revisados a lo largo de nueve salas, en los que el artista más triturado por la crítica y adorado por el mercadoha preparado "un festival" para el "gran público". Desde hace cinco años, la exposición gira por el mundo, desde el Whitney Museum de Nueva York y el Centro Pompidou de París, hasta Bilbao. Desde el museo se empeñan en vestirlo como un artista "singular", "inconfundible" e "innovador", cuyo máximo logro son las "propuestas inesperadas" y ser "fácilmente reconocibles y atractivas para el gran público". Por su parte, el artista trata de apuntarse a una tradición artística tan heterogénea que arranca en Velázquez y pasa por Manet, Courbet, Dalí y todo el arte pop.

El tamaño (y el precio) importa

Hablamos del artista vivo que más caro vende y al que menos le interesa el dinero. "Está tan alejado de mí y de mi obra. Mi alegría y mi placer siempre ha sido formar parte de una comunidad. Mi recompensa es sentirme conectado con Manet y Velázquez. Ese es el valor del arte", dice el artista para quien lo principal es el observador, el que mira, el público. "Ellos son quienes acaban la obra de arte". A ellos se entrega, a ellos les dedica ese paternalismo edulcorado y empalagoso con el que revienta los tamaños de sus esculturas. El tamaño le importa, el tamaño es lo primero para el rey de los hinchables.

El tamaño es lo primero para el rey de los hinchables

El don de Jeff Koons es convertir al público en un ser ausente y pasivo, con el que juega a preguntarle la diferencia entre el arte y una cadena de todo a cien. Como si no lo supiera: ¿es arte o una falsificación del arte? ¿Soy un artista o una falsificación del artista? Su discurso contra el arte discriminatorio recude tanto las capacidades críticas y metafóricas del arte que sus obras acaban siendo un catálogo a tamaño gigante de un jardín de infancia.

En el amplio recorrido queda desmantelada su estrategia por obvia. Pretende hacer saltar la barrera de la alta y la baja cultura y lo hace a cualquier precio. Básicamente, la pirueta Kitsch sin contenido, el chiste hortera basado en la idea duchampiana de arte es lo que yo digo que es arte. Y finalmente, fast art, una creación cuya máxima virtud es no molestar, ser consumida y defecada al tiempo.

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