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“Creo en el poder de la literatura como arma violenta, para cabrear a la gente”
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La sátira mexicana de Juan pablo Villalobos

“Creo en el poder de la literatura como arma violenta, para cabrear a la gente”

Juan Pablo Villalobos presenta su tercera novela 'Te vendo un perro'. Una sátira sobre la sociedad y el poder en México, muy parecido a la situación española

Foto: Villalobos: "el narcotráfico no inventó violencia, sólo la usa como ritual"
Villalobos: "el narcotráfico no inventó violencia, sólo la usa como ritual"

Juan Pablo Villalobos habla con pausa pero está enfadado. Del mismo modo, sus novelas son hilarantes porque tratan los asuntos más graves. Se expresa con la lucidez del que sabe cómo nos engañan. Nada de esto es gracioso, pero da risa. Porque es terrible, pero no es serio. Con Te vendo un perro (Anagrama), tercer libro del escritor mexicano (Guadalajara, 1973), quería cerrar una trilogía sobre México, de donde salió hace más de una década rumbo Barcelona.

Pero las noticias y los 43 estudiantes de Iguala le devuelven, sin remedio, a la tormenta mexicana. No es tan fácil escapar. Todos sus personajes huyen del lugar donde han crecido. Todas sus novelas abordan la miseria desde el disparate. Finalista del First Book Award del diario The Guardian, en 2011, Villalobos -algo así como un Kurt Vonnegut en habla hispana-, se aleja de los clichés con los que carga su tierra.

México no es un país surrealista, como decía Breton. Uno de los personajes de Villalobos aclara que es “un país fundamentado eternamente en torno a la chapuza”. Y a la violencia. Y también educado en el miedo. Y en el terror. Y en la resignación. Añade mientras da un sorbo al café: “Lo cómico como arma y como opción desesperada, incluso el sarcasmo o el encabronamiento radical como estrategia de supervivencia”

P. Publicó Fiesta en la madriguera en 2010, en plena escalada de la guerra contra el narcotráfico impulsada por Felipe Calderón y que se cobró decenas de miles de muertos. Ahora promociona la tercera entrega de sus sátiras mexicanas dos años después del regreso del PRI con Peña Nieto y transcurridos apenas unos meses desde el caso de los 43 estudiantes normalistas desaparecidos en Iguala. Parece que no quieren que deje de escribir sobre su país.

R. Exacto. No sé si podré hacerlo, pero sí seguiré evitando, como lo he hecho hasta ahora, ese tono grave, serio y pomposo, con el que se suelen abordar estos temas tan trágicos.

P. En su segunda novela, Si viviéramos en un lugar normal, hay una revuelta contra el PRI y un personaje dice sobre este partido: “¿No quieren perder? ¡Pues no organicen las putas elecciones y dejamos de hacernos pendejos!

R. Es una vuelta al pasado y de lo más perversa. La gente tenía la teoría de que si el PRI volvía sería porque algo habría cambiado en sus propuestas, que habrían aprendido algo de haberse quedado fuera del poder… Pero ni siquiera. El PAN, que es el equivalente del PP, hizo una gestión tan desastrosa que el PRI ni siquiera ha tenido que cambiar. Ha calado el discurso de la resignación: que vuelvan porque al menos podrán controlar el caos. Pero eso es totalmente falso. Sus viejas tácticas son inútiles: negociar bajo la mesa, repartir territorios con los cárteles de la droga, decidir quién gobernará qué áreas del crimen… Tenemos igualmente una situación absolutamente descontrolada. Con un sistema de justicia corrupto y controlado desde el poder: si entra un criminal o un político en la cárcel es porque ha caído en desgracia, porque algo ha hecho detrás del telón. No porque lo merezca, aunque lo merecen todos.

R. Sí. Lo peor es acostumbrarse a que nada puede cambiar porque México es así. Tenemos un conflicto con la manera en que vemos nuestra historia. En Te vendo un perro intento explorarlo a través del arte: esos personajes que quedan perdidos, que son marginales. Y que tienen su equivalente en lo político y lo social en esos muertos sin sepultura, como ahora los 43. Cuando escribía la novela pensé mucho en ese caso. En la novela hay un repartidor que desaparece…

P. En sus novelas siempre hay personajes que desaparecen y no precisamente al estilo del realismo mágico

R. Sí, hay un diálogo donde le dicen a la madre que el desaparecido no era un traficante de drogas, que eso es lo que le dice la policía para no tener que buscarlo. Y eso sucede: la criminalización del desaparecido. Pero incluso si fuera cierto, ¿creemos en ese tipo de justicia? ¿Perdón? Nada justifica que te metan un tiro en la cabeza. Pasó con los 43 estudiantes desaparecidos. Empezaron a deslizar la idea de que los desaparecidos no eran tan inocentes, que podían estar vinculados con el narcotráfico. Pero es que nadie puede aceptar el asesinato o la desaparición como operación de justicia.

P. Al menos no debería suceder en un país normal. O en un planeta normal. Dice en su segunda novela que “la clase media se parecía a las quesadillas normales, algo que sólo podía existir en un país normal”.

R. Volvemos a la desaparición del repartidor en Te vendo un perro. El vecindario se queja de que no les gusta el nuevo repartidor y el gerente les dice: ya se acostumbrarán. Nos dicen que para adaptarnos debemos resignarnos.

P. Al lector español le puede resultar familiar la madre de otra de sus novelas. Una mujer que cree que es de clase media, cuando no lo es y cuando es posible que la clase media se esté esfumando.

R. Es que aquí, en la Unión Europea es brutal. El discurso es el mismo: no pidas la operación que necesitas, que ya te la harán dentro de ocho meses. No le pidas más al colegio público de tu hijo, que no hay recursos. Resígnate. Todas estas decisiones que acaban con el sistema de bienestar me dan mucha rabia.

P. Porque ya las ha vivido.

P. Resignarse para sobrevivir y, cito de una de sus novelas, “humillarse con dignidad”.

R. Sí, en concreto digo: “A veces la dignidad se consigue humillándose, parece confuso, pero no lo es: es la vida que nos toca vivir a los pobres”.

P. Los políticos leen muy a su manera los libros de historia, pero sobre todo los diccionarios. Es curiosa esa neolengua. Han revisado tanto las definiciones que son más confusas que un Manual de la Autoescuela.

P. ¿Por qué?

R. Por la vuelta del PRI. Recuerda la escena del encorbatado, un político que trata de convencer al protagonista de que trabaje con él. Y para ello le explica cómo manipular el lenguaje para prosperar.

P. También le dice: “Es parte del negocio dejar que la gente crea que somos pendejos".

R. Exacto.

P. En España, eso se lleva al límite con la falta de elocuencia de Mariano Rajoy. El presidente nunca contesta. Su falta de palabrería es en realidad un arma sofisticadísima.

R. Totalmente de acuerdo. Cuando se celebró la Cumbre iberoamericana escribí un diálogo imaginario entre Rajoy y Peña Nieto. Rajoy le decía: ¡la has liado parda! Y el presidente mexicano contestaba: ¿Cómo lo haces? ¿Qué tengo que hacer? Y Rajoy: Haz lo que te dije: cierra la puta boca. No digas nada. Y tu esposa igual, las mujeres en casa preparando las lentejas. Mírame a mí: 27% de paro, independencia de Cataluña… ¿y yo qué hago? NADA.

P. Por no prometer ya casi ni prometen.

R. Es que ya le han dado la vuelta al cinismo. Ni tienen discurso ni prometen. Se callan.

P. ¿Por eso el protagonista de su debut era un niño que por las noches leía un diccionario?

R. Los diccionarios son un fetiche para mí. Estudiarlos a fondo te permite dar con aquel adjetivo que te aleja del lugar común.

P. Como el adjetivo surrealista aplicado a México. O esperpéntico, en el caso de España.

R. Es que un latinoamericano que intenta escribir alejándose de clichés debe librar una batalla cotidiana. También intento, por ejemplo, convertir en protagonistas a personajes secundarios, olvidados.

P. También reflexiona sobre la literatura de la experiencia… comparándola con los tacos de perro.

R. En México se dice que un taco es de perro para decir que es malísimo. Como hay muchos puestos de comida que aparecen y desaparecen sin control de salubridad… circulan estas historias. Eso me hizo pensar sobre cuántas veces has comido perro sin saberlo. Lo mismo sucede con la literatura autobiográfica, que en mi opinión debe hablar también de todo lo que has vivido sin saberlo. Por eso me gustan las novelas que se escriben por intuiciones. Escribir sobre algo que no sabes que sabes. La literatura, en definitiva, te hace saber algo que no sabías que sabías.

Juan Pablo Villalobos habla con pausa pero está enfadado. Del mismo modo, sus novelas son hilarantes porque tratan los asuntos más graves. Se expresa con la lucidez del que sabe cómo nos engañan. Nada de esto es gracioso, pero da risa. Porque es terrible, pero no es serio. Con Te vendo un perro (Anagrama), tercer libro del escritor mexicano (Guadalajara, 1973), quería cerrar una trilogía sobre México, de donde salió hace más de una década rumbo Barcelona.

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