recuerdos del maestro del folk

“La industria musical maltrató a Pete Seeger”

Un recuerdo del mito del folk y el activismo político fallecido esta semana a los 95 años. Casi un siglo de historia americana de la música y la política

Foto: Pete Seeger durante un concierto en Beacon en mayo de 2008
Pete Seeger durante un concierto en Beacon en mayo de 2008
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    “Creo que Dios es la eternidad y que en la eternidad hay música”. Yo no sé qué es Dios pero sí sé que si existe la eternidad, Pete Seeger estará ahora mismo cantando en su escenario principal. Ha resistido hasta los 95 años, dos más de los que tenía cuando le escuché pronunciar aquella frase mientras hablaba de la muerte con la serenidad con que sólo pueden hacerlo nuestros mayores. Por aquel entonces la vida ya le estaba traicionando, sus manos le dolían, sus dientes le molestaban, la humedad del río Hudson, que se veía desde su ventana, se le metía en los huesos, y su cuerpo frágil se movía incierto incluso por una casa que él mismo había construido sesenta años antes.

    Aún así, todavía le quedaban fuerzas para cortar leña con un hacha, “cuando mi espalda me lo permite”. Y para cantarle a su adorada esposa, Toshi, que estaba postrada en la cama y apenas podía hablar cuando la conocí, aunque con Seeger no le hacían falta palabras: llevaban viviendo juntos setenta años. Ella murió hace seis meses. Y a él no le debió de gustar seguir el camino solo. Al fin y al cabo, “sin la ayuda y la comprensión de Toshi, Pete Seeger no habría sido Pete Seeger” me dijo él mismo cabizbajo hace casi dos años.

    Entrevistar al símbolo vivo más importante de la música folk y el activismo político estadounidense fue un regalo que vino precedido de varios encuentros, algunos inesperados. El primero fue precisamente en el pueblo de Beacon, donde él vivía. Ocurrió hace seis años, mientras paseaba por la orilla del río. Escuché música y descubrí a unas veinte personas sobre un muelle. Al acercarme vi a un señor de barba cana, mucho más alto que el resto, con camisa y pantalón vaqueros y gorro de colores cantando y tocando un banjo.

    Seeger no quiso faltar a la cita más importante que ha vivido la izquierda estadounidense del siglo XXI: Occupy Wall Street. Se manifestó y cantó con los jóvenes que durante tres meses ocuparon una plaza en el corazón del capitalismo mundial en 2011 y ellos se lo agradecieron bautizando aquella marcha La Marcha de Pete SeegerCuando tras mirarle bien entendí que era Pete Seeger, la canción había terminado, él ya había posado su instrumento y la gente se abalanzaba para sacarse fotos a su lado. Seeger, sonriente, posaba paciente con aquellos groupies, cuya media de edad debía de estar en los cincuenta. “Como vive en el pueblo toca por aquí a menudo. Y hoy son las fiestas de Beacon” me comentó alguien. Yo conocía su historia, sabía quién era, me emocioné pero le sentí cansado así que no quise ser una pesada más y no me atreví ni a balbucear a su lado.

    Me limité a observarle en la distancia y de repente, en un momento que hoy recuerdo como surrealismo puro, se me acercó un señor con dos loros, totalmente fuera de contexto en aquel muelle y en aquella situación, y me propuso que me hiciera una foto con los pájaros. Hoy conservo una imagen absurda posando con cara de idiota con los loros en la que aparece Pete Seeger al fondo entre la multitud.

    Pete Seeger en su casa de Beacon
    Pete Seeger en su casa de Beacon

    Pocos meses después le vi emocionarse junto a Bruce Springsteen en la ceremonia de inauguración de Barack Obama en Washington DC en 2009. De los amigos que me acompañaban ninguno sabía quién era aquel viejecillo que tocaba junto al Boss This land is your land, ese clásico de Woody Guthrie que gracias a Seeger se convirtió en uno de los anatemas de la izquierda estadounidense. Me sorprendió que no le conocieran y pregunté a mi alrededor: Bono y Beyoncé, también invitados, eran como de la familia pero entre el público Seeger parecía ser un desconocido. Y sin embargo, la única presencia que estaba realmente justificada sobre ese escenario en aquel día tan irrepetible era la de Seeger: fue él quien popularizó el tema We shall overcome, un gospel de principios de siglo que gracias a este neoyorquino se convirtió en banda sonora de la lucha por los derechos civiles de los afroamericanos en los años sesenta.

    “La música era de los pocos espacios donde los negros y los blancos nos relacionábamos de forma natural” me contó. Fue al recordar la América de los años treinta y cuarenta, donde llegó a convertirse en una estrella de vida fugaz, torpedeada por el Comité de Actividades Antiamericanas, que le acusó de comunista y proscribió su música en los cincuenta. Los niños se convirtieron entonces en su “audiencia ideal”, como los definió él mismo. “Son divertidos y te hacen sentir optimista incluso cuando te invade el pesimismo”.

    Bruce Springsteen recuperó en el disco We shall overcome, the Seeger sessions muchos de los temas que popularizó Pete Seeger a lo largo de su carrera. El secreto oscuro, según me contó su hija sin querer acusar a nadie, es que el viejo Seeger apenas vio dinero de aquella grabación. “En realidad nunca fue muy bueno en los negocios y entre que muchas de las canciones que hizo célebres no las había escrito él y que las suyas no las defendió bien, ganó muy poco dinero con la música. La industria no le trató bien” me dijo Tinya Seeger entre fogones. Cocinaba una sopa de verduras para sus padres y para su hijo en la hoy ya mítica casa de Beacon, y trataba de cuidar de la pareja “aunque no se dejan”. Entonces me pidió que no escribiera sobre los malditos royalties pero hoy creo que ya puedo contarlo, aunque no tengo datos para corroborar lo que me dijo Tinya.

    Bárbara Celis y Pete Seeger en 2012
    Bárbara Celis y Pete Seeger en 2012

    Activista político antes que músico, aunque para él la música fue siempre sinónimo de activismo, Seeger no quiso faltar a la cita más importante que ha vivido la izquierda estadounidense del siglo XXI: Occupy Wall Street. Se manifestó y cantó con los jóvenes que durante tres meses ocuparon una plaza en el corazón del capitalismo mundial en 2011 y ellos se lo agradecieron bautizando aquella marcha La Marcha de Pete Seeger. Estuve prácticamente empotrada en aquellas protestas durante meses pero me perdí aquel día clave. Sin embargo, sí le vi en el Madison Square Garden, donde se organizó un concierto para celebrar su noventa cumpleaños y donde el público se emocionó casi más que el propio Seeger, que a esas alturas había resucitado de sus cenizas tras años relegado a cantar en Barrio Sésamo porque su país le dio la espalda. “Hasta que Bill Clinton no le entregó la Medalla Nacional de las Artes en los noventa no volvió a ser popular” me contó Tinya.

    La casa de Pete y Toshi era caótica y modesta, sin los lujos ni exhibicionismos que caracterizan a otro tipo de músicos. A pesar de su edad vivían solos con dos gatos, un perro y el desorden propio de un lugar en el que han dejado huella sesenta años de vidas inquietas y bohemias. Allí nacieron tres hijos, les visitaron múltiples nietos, varios bisnietos y sin duda, algunos de los mejores músicos de la historia, los amigos de Seeger, empezando por Woody Guthrie.

    Pete Seeger en el interior de su casa en Beacon
    Pete Seeger en el interior de su casa en Beacon

    Libros, cajas, toneladas de papeles y recuerdos y por supuesto, instrumentos musicales. Muchos. Pese al desorden, era acogedora y cálida. Un hogar, en el sentido más sentimental del término. En el mundo new age se diría que había ‘buenas vibraciones’. Tras pasar allí el día entero me quedé con ganas de que la familia Seeger me adoptara, de disfrutar de ese abuelo que no tuve, de esas hermanas que nunca existieron, y de ese paisaje del que emanaba tanta quietud. Escuché relatos fascinantes, casi un siglo de historia americana irrepetible a través de su vida y también algunas historias largas y enrevesadas, agotadoras como las batallitas de cualquier abuelo. Pero sobre todo, Seeger me estrujó el corazón con confesiones conmovedoras. Conocerle fue una de las mejores cosas que me han pasado. Y entrevistarle fue uno de los mejores regalos que me ha dado mi profesión.

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