las industrias culturales a debate

Los apocalípticos, los integrados y las operadoras

Han pasado casi veinte años desde la creación en España de la primera asociación que reunía a usuarios de internet y los debates han avanzado tanto

Foto: E-books frente a una estantería de libros enviados en una oficina de correos (Reuters)
E-books frente a una estantería de libros enviados en una oficina de correos (Reuters)

Han pasado casi veinte años desde la creación en España de la primera asociación que reunía a usuarios de internet y los debates han avanzado tanto que el planteamiento sobre el futuro de la industria cultural en este formato se resumen a una cuestión de identidad: o apocalípticos o integrados. Correcto, no hemos avanzado más que en el enfrentamiento. Esa ha sido la propuesta del quinto foro de industrias culturales, organizado por la Fundación Alternativas y la Fundación Santillana, en el auditorio del Museo Reina Sofía. ¿Y cuál ha sido la conclusión? La misma que hace dos décadas: “Somos un país de piratillas, que nos gusta piratear y tal…”. “La idea del gratis total es invencible y no vamos a resolver nunca este problema y sólo podría hacerse con penas, no digo que de cárcel, pero…”. “Hasta que no pongamos punto final a la ley del precio fijo del libro esto no va a tirar”. “Las únicas que se han aprovechado de todo el tinglado han sido las empresas tecnológicas”. Y la clave de todas las claves: es más importante una reforma fiscal que una de la ley de mecenazgo.

“España es uno de los países que menos recauda de toda Europa”, y mientras no crezca en estos términos, no podrá plantearse una financiación de la cultura, planteó en una de las conferencias Ignacio Zubiri, catedrático de Hacienda de la Universidad del País Vasco. Así que se confirma: este país está lleno de piratas, de los que viajan en primera con un maletín cargado de B rumbo a Suiza. Zubiri fue uno de los poquísimos ponentes que se apartó de los lugares comunes, que siembran este tipo de foros levantados con la mejor de las intenciones y el peor de los resultados. El catedrático aseguró que el sector público debe invertir allí donde hay una actividad cultural que no puede mantenerse, porque no tiene un empeño comercial. “Sólo en esos casos hay que dar ayudas”.

Coincidió con él César Rendueles, filósofo contrario al ciberfetichismo, que también trajo un poco de luz a unos debates complacientes, corporativistas y serviciales con la industria y críticos con la cultura. Rendueles fue el único de las tres decenas de ponentes (dos de ellos mujeres) que invitó a pensar en un paradigma industrial regulado por mecanismos públicos, como las sociedades de gestión después de haberse mostrado como un coladero sin fondo. “Los productores y autores tiran piedras sobre su propio tejado aceptando este modelo de gestión. Creemos las instituciones públicas para que la moralidad y el compromiso no sean meras palabras. La mercantilización nos está usurpando qué queremos para la cultura”, remató. Antes de despedirse confirmó también él que “los piratas son los que están dominando el mundo y acabando con la sanidad pública y con la enseñanza pública… y no es el chaval que es usuario de P2P”.

Contra este tipo de planteamientos, la mayoría de los ponentes. El director de cine Agustín Díaz Yanes fue de los más apasionados en su exposición en la mesa La cultura de lo gratuito y los derechos de autor, un título que deja lugar a pocas dudas y muchos criminales. “La idea del gratis total es invencible. Nada va a servir para nada. En todas las reuniones que he mantenido con los últimos ministros de cultura siempre me he encontrado con la dejadez absoluta de los gobernantes ante el ataque a la propiedad intelectual. No vamos a resolver nunca el gratis total. La única forma sería las penas, no digo de cárcel, pero…”. Puntos suspensivos amenazadores y una postura contraria a la idea de que “la cultura es un bien común”. “No lo es, es una industria”. Por cierto, que este mercado no se puede desarrollar porque el mercado ilegal le asfixia.

Ciudadano pirata

En parte coincidió con Alejandro Perales, presidente de la Asociación de usuarios de la comunicación (AUC), quien le puntualizó que “España tiene un problema de piratería, pero no de gratuidad”. Porque “hay contenidos a los que sólo es posible acceder a ellos por vías ilegales”. Si un modelo gratuito como la radio repercutiera en internet al dueño de los derechos no habría problema. “Hablemos con autoridad -pidió Perales- hablar de gratuidad pone el foco de la culpa en el ciudadano y no es exacto, los ciudadanos acceden a lo que pueden”. Cuando el ciudadano disponga de una amplia oferta legal, los derechos de propiedad se verán satisfechos. Perales puso el foco en otro lado al que el título de la conferencia no alumbraba: “La industria ni ha estado ni está a la altura”.

Podríamos llamarles integrados -pero sólo Umberto Eco sabe qué quiso decir cuando lo dijo-, Rubén Caravaca y Stéphane M. Grueso fueron contrarios a mezclar cultura con entretenimiento y ambos coincidieron también al señalar que las legislaciones españolas son obsoletas. Caravaca denunció que mientras se legisle sólo en función de las grandes empresas de la industria cultural, los pequeños –que son mayoría- quedarán excluidos. Y levantó aplausos con rotundidad cuando dijo que “la cultura de lo gratuito quienes la han fomentado son las industrias”. Grueso también apuntó que “el gratis total no existe”, que es un mito. También recibió su ración de aplauso al criticar la industria por la que se paga una entrada cara: “Hoy tenemos una tele en casa que se ve mucho mejor que la mitad de los cines de Madrid. Hay que crear una oferta adecuada a un precio adecuado”.

El discurso del precio es el favorito de Javier Celaya, socio fundador del portal cultural Dosdoce.com. Desde hace un tiempo repite el mantra contra la ley del precio fijo del libro si queremos una oferta cultural amplia, a buen precio y limpia de piratas. Para Celaya, y para los gestores de Amazon, internet ha cambiado la forma de compartir, ahora todo es una experiencia.

No al precio fijo del libro

“¿Va a ser inmune la cadena del valor del libro a los cambios sociales?”, se preguntaba el especialista. La respuesta: “Es absurdo mantener la cadena del valor del libro tradicional”. Empezó por repasar la realidad de las librerías y no tuvo reparos: “En un mundo con menos librerías, las editoriales deberían ampliar la relación directa con sus lectores”. Avanzado el debate ya adelantó al respetable que cuando él entra en una librería “es como si entrara en el siglo XIX y estamos en el XXI”.

Le siguió los pasos del derribo de la ley del precio fijo del libro Enrique Bustamante, catedrático de Comunicación Audiovisual y Publicidad en la Universidad Complutense de Madrid: “El precio fijo del libro es inimaginable en la red”. Listo, fuera. Curiosamente, advirtió que las políticas públicas fallan estrepitosamente cuando más lo necesitamos.

Hubo tortas para las operadoras, por colocar en nuestra casa banda infinita y facilitarnos las descargas de todo, legal e ilegal. Y tortas también contra los Google y Amazon, claro, ya les he dicho que han pasado dos décadas pero hay cosas que no cambian. Sobre todo contra la última, por tributar en paraísos fiscales y explotar a sus trabajadores. A lo que Javier Celaya apuntó que “Amazon ni explota a sus trabajadores, ni comete fraude fiscal, porque son nuestras leyes las que se lo permiten”. En una de las mesas anteriores alguien apuntó que no son ilegales, pero sí inmorales.

¿Dónde es mañana la pelea entre apocalípticos y los otros?

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