Una exposición muestra SU lado irreverente

Art Spiegelman quiere olvidarse de 'Maus'

Nueva York muestra el lado más irreverente del prestigioso dibujante ganador del Pulitzer, trufado de sexo, psicodelia y provocación política

Al autor de la novela gráfica más famosa sobre el holocausto uno se lo imagina serio, ensimismado. Sabiendo que además tuvo que lidiar con el suicidio de su madre y con más de una crisis neurótica, lo que menos se espera de él es que sea un tipo parlanchín, irónico y chispeante, lleno de seguridad en sí mismo. Art Spiegelman (Estocolmo, 1948) es el vivo ejemplo del intelectual neoyorkino: pegado a su cigarrillo electrónico, no para de hablar. Sus argumentos van y vienen, se pierde en digresiones, se mofa de sí mismo. Un Woody Allen del cómic. Prolífico y minucioso, el autor de la archiconocida Maus, la historia de cómo sus padres sobrevivieron al horror nazi, aparece retratado en sus múltiples facetas en Art Spiegelman's Co-Mix: a retrospective, que abre sus puertas mañana en el Museo Judío de Manhattan.

Se aficionó al cómic en una biblioteca pública de Queens. A los 15 años ya había creado su primer fanzine, Blasé. Por entonces estudiaba en el Instituto de Arte y Diseño de la ciudad y colaboraba la prensa gráfica proto-underground: eran osados, psicodélicos, desafiaban al establishment con sexo, drogas, violencia y política. Hacían comix, con esa X que simbolizaba lo no permitido por los censores.

Estábamos ayudando a una generación de jóvenes delincuentes, ofreciéndoles una contraculturaEn 1966, aún menor de edad en su país, Spiegelman empezó a colaborar como freelance para la empresa de chicles Topps. Allí dio rienda suelta a su vena pulp con los personajes Garbage Pail Kids (en España, la famosa Pandilla Basura, ¿se acuerdan de esos bebés deformes que aparecían en cromos y pegatinas en los 80, cubiertos de vómito y extremidades amputadas?) Más de un padre maldijo aquellos diseños tan gore, pero el joven Spiegelman disfrutó de lo lindo dibujando junto a grandes del género como Norm Saunders, Wally Wood y Basil Wolverton. "Estábamos intentando ayudar a una generación de jóvenes delincuentes, ofreciéndoles una contracultura", explicó el artista en un encuentro con la prensa.

Spiegelman mezcla y superpone estilos narrativos. Sabe bromear con excrementos y genitales (en sus viñetas para Playboy el falo tiene vida propia), al igual que consigue mostrar el dolor punzante, desgarrador que le produjo la muerte de su madre. Desde muy temprano, su trabajo rezuma referencias al expresionismo o al cubismo. Pero les da una vuelta: Picasso, y una de sus mujeres deconstruidas en planos, aparecen retratados en su antología Breakdowns. La mujer toca el ukelele.

El peso de la fama

Inevitablemente está Maus, su obra más conocida y sobria, que le valió el Pulitzer -el primero a una novela gráfica- en 1992. Publicada en dos volúmenes (1986 y 1991, respectivamente), es la primera vez que se muestra el manuscrito del segundo tomo. Spiegelman mantiene una relación amor-odio con Maus. Tras digerir el éxito, sintió que la obra le había encasillado y drenado emocionalmente. "No me gusta eso de que sea LA novela gráfica del holocausto [Spiegelman rechaza el término novela gráfica], pero me deja anonadado lo bien que ha funcionado en términos de marketing", bromea, arrancando una carcajada general.

Toda la contención de Maus puede girar de pronto hacia lo grotesco, lo sexual, el surrealismoPara desmarcarse viró hacia el color, ilustrando libros infantiles y dibujando para distintas publicaciones como The New Yorker. "Empezó a hacer menos trabajos autobiográficos y a ampliar su paleta", explica a El Confidencial Emily Casden, comisaria de la exposición. "Art es un genio. Yo quise mostrar cómo todo lo contenido que era en Maus puede de repente girar hacia lo grotesco, lo colorido, lo sexual, el surrealismo", dice Casden refiriéndose a los impulsos salvajes y emociones que pueden verse en las ilustraciones que hizo Spiegelman de la obra de Boris Vian para una editorial alemana.

Su primera portada para The New Yorker, en 1992, mostraba el beso apasionado de un judío ortodoxo y una mujer afroamericana por San Valentín. Spiegelman se posicionó así ante los disturbios raciales en Brooklyn y provocó un terremoto mediático. Otra de sus portadas emblemáticas fue la del 11S: dos solitarias torres gemelas, negras, sobre fondo negro. Y en la contraportada, personajes que caen al vacío. El artista vivía en el bajo Manhattan y presenció la destrucción del World Trade Center. Tuvo que correr a sacar a su hija de un colegio cercano. La experiencia lo traumatizó tanto que entre 2002 y 2004 anuló la mayoría de sus compromisos para dedicarse de lleno a ese tema y dar salida a la frustración. Sus viñetas de entonces, cargadas de protesta política y ansiedad, se publicaron sobre todo en prensa europea.

Parte de esta retrospectiva había viajado antes a Europa (Angoulême, Paris, Colonia, Vancouver), pero esta muestra neoyorkina incluye postre: la sección final, Still Moving, recoge los últimos trabajos de Spiegelman y sus coqueteos con el mundo de la danza y el vídeo. En Wordless! mezcla diapositivas, música y texto, en colaboración con el compositor de jazz Phillip Johnston. Recientemente estrenado en Sidney, el espectáculo llega a Nueva York el próximo mes de enero. 

"Yo lo definiría con solo una palabra: versátil", subraya la comisaria Casden. "Muchos artistas encuentran una fórmula que funciona y se estancan, se dedican a la autocomplacencia. Art siempre empuja hacia delante".

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