KIM STANLEY ROBINSON PUBLICA '2312'

"La ciencia ficción es una poderosa herramienta del pensamiento humano"

Kim Stanley Robinson publica '2312', una novela de ciencia ficción en la que el ser humano coloniza el Sistema Solar pero pierde su hogar, la Tierra

Foto: El escritor Kim Stanley Robinson.
El escritor Kim Stanley Robinson.

Kim Stanley Robinson (EEUU, 1952) se inspiró en la trilogía americana de Dos Passos para escribir su propia trilogía marciana en la primera mitad de la década de los noventa y ahora vuelve a citar al autor de Manhattan Transfer en su nueva novela, 2312 (Minotauro). En concreto, Robinson se refiere a la habilidad de Dos Passos para reflejar toda una cultura a partir de textos fragmentados de diferente naturaleza, y que hace suya en este libro que incluye desde poemas en prosa a extractos de documentos históricos que supuestamente se escribirán en el futuro. Como indica su título, en la novela Robinson proyecta al hombre hasta el siglo XXIII e imagina a una humanidad que ha colonizado todo el sistema solar, desde Mercurio a Neptuno, adaptándolo a sus necesidades.

La palabra clave que recorre todo el libro es “balcanización”: en el año 2312, la civilización está fragmentada en diversos sistemas políticos, económicos y sociales que se mantienen en un raro equilibrio entre alianzas y conspiraciones. Mientras la Tierra, víctima del cambio climático, es apenas un terruño seco sobreexplotado por los mismos privilegiados que llevan haciéndolo desde hace siglos, el hombre ha salido al espacio para encontrar en otros planetas y lunas el paraíso que se les niega allí donde fueron originados como especie. 2312 parece a veces, como otras obras del autor, un complejo tratado de geo-ingeniería en el que se describen los procesos para “terraformar” cuerpos celestes (incluida agua y una atmósfera, además de flora y fauna), pero también guarda en sus páginas, entre otras cosas, una historia de amor entre personas nacidas en distintos planetas, algunas lecciones sobre ecología, varias enseñanzas para futuros diplomáticos interplantearios y más de una duda sobre si los ordenadores, por más inteligentes que sean, podrán tener alguna vez eso que llamamos “consciencia”.

Por si quedaba alguna duda, Robinson considera a la ciencia-ficción “una poderosa herramienta del pensamiento humano”, además de un entretenimiento. De ahí que para imaginar el futuro parta necesariamente del presente: “Esta novela es un intento de reflexionar sobre el momento actual, así que si viviéramos en un momento diferente presumo que me habría salido un libro diferente. Toda la ciencia ficción que pretenda funcionar como tal debe prestar atención a este doble aspecto: por un lado, su mirada debe dirigirse a imaginar el tipo de futuro que está por llegar, al menos uno de los futuros posibles; por otro, debe ser un retrato metafórico del momento actual, que funciona tomando ciertos rasgos y exagerándolos hasta dar con el aspecto futuro de lo que ya son. Se trata de crear una visión estéreo en la que el futuro es parte de nuestra visión del presente; una especie de panorámica tridimensional de la historia y del tiempo”.

Singularidad, sexualidad, gravedad

En 2312, el imparable progreso humano ha conseguido no sólo conquistar el espacio y crear inteligencias artificiales, también ha permitido a los hombres resolver los problemas de la escasez de recursos en la Tierra (explotando para ello otros planetas) y superar algunas limitaciones propias de nuestra biología: el hombre del futuro de Robinson puede alcanzar los doscientos años de edad, implantarse mejoras tecnológicas en su cuerpo y disfrutar de un amplio abanico de opciones sexuales que incluyen el hermafroditismo y la poligamia. Muchas de estas ideas parecen compartidas por los defensores de la teoría de la Singularidad, y están en realidad más próximas a la ciencia-ficción o la filosofía new age que a la ciencia en sentido estricto. Robinson no solo niega que partiera de la Singularidad para armar su novela, sino que reniega de lo que considera “una forma de cientificismo e incluso un fraude”.

“No creo que vayamos a trascender nuestra propia biología, no creo que las máquinas inteligentes puedan llegar a ser similares o más potentes que la inteligencia humana y no creo que la historia vaya a pasar a través de una singularidad y las inteligencias artificiales tomen el relevo, de forma que pasemos a ser meros precursores de algo diferente y mejor que está por llegar. Creo que esta cháchara es fruto de una mala lectura de lo que son los ordenadores, de lo que son nuestros cerebros y de lo que es la historia. Y con frecuencia son propuestas de gente que intenta ganarse la vida con su futurología”, resume Robinson. “Los que hablan de estas cosas se están engañando a sí mismos o bien están intentando engañar a su audiencia” y pisan el terreno de una suerte de “folclore biológico, cuando no de pensamiento mágico”.

2312 nació como una historia de amor entre un personaje de Mercurio y otro de Saturno, pero las formas de relaciones personales y “comunidades afectivas” que recoge es muy variada. Para Robinson, no hay mucha vuelta de hoja en este sentido: “Somos primates sociales, somos mamíferos, el amor es la manera de conservar nuestra especie. Pueden cambiar las formas culturales de expresarlo, lo que ocurre a veces, pero nuestros principios básicos como mamíferos y primates permanecerán incluso cuando seamos más ciborgs de lo que somos ahora, algo que seguro que termina sucediendo”.

Utopía vs distopía

El futuro proyectado por Robinson pasa fácilmente del paraíso al infierno, según dónde ponga el foco el autor. Algo parecido pasa con el presente. Frente a los utopistas que creen con fe ciega en el progreso, algunos analistas apuntan hoy a que ya vivimos en una distopía propia de un estado post-Orwelliano, con programas de espionaje como PRISM, que permiten a los gobiernos vigilar a los ciudadanos, con el uso de tecnologías propias de películas de ciencia-ficción como los drones y, en general, con el recorte de derechos y libertades en nombre de políticas consideradas moralmente superiores como la lucha contra el terrorismo o el control del “despilfarro”. ¿Es Robinson optimista o pesimista con respecto al futuro? Su respuesta pasa obligatoriamente por lo que hagamos en los próximos años en materia de ecología.

“Esta es la gran pregunta de nuestro tiempo, creo yo, porque ambos escenarios me parecen muy plausibles vista nuestra situación actual. Así que el rango de futuros posibles para nosotros es realmente amplio. Si seguimos quemando carbón y emitiendo CO2 a la atmósfera y causamos cambios en el clima, nos veremos metidos de lleno en una extinción en masa; quizá no nos extingamos completamente, pero tendremos una vida miserable durante siglos y dejaremos un planeta empobrecido. Por otro lado, si desarrollamos pronto un conjunto de tecnologías más limpias y construimos una civilización sostenible en equilibrio con nuestra biosfera, que es indispensable para nuestro mantenimiento, entonces podremos adecuarlo para acoger a 9.000 millones de personas y al resto de mamíferos y otras criaturas que hay en la Tierra, y entonces la situación se podría calificar de utopía con toda justicia”, dice Robinson. “Ambas son posibles, pero lo que yo suelo preguntarme es si podemos confiar en algún estado intermedio entre las dos. Y empiezo a pensar que no, que no hay un camino de en medio aquí, y que cualquier cosa que no sea un esfuerzo utópico realmente fuerte nos llevará a la catástrofe distópica. Es, de nuevo, una discusión valiosa y un tema que debería ser fundamental en la ciencia-ficción de hoy”.

El capitalismo después del capitalismo

Del mismo modo que recoge variedad de relaciones afectivas, 2312 recoge una variedad de sistemas políticos y económicos. Uno de ellos, por cierto, llamado “el Acuerdo Mondragón”, está inspirado en “una población vasca cuyo sistema económico se fundamentaba en una cooperación mutua organizada”, escribe Robinson, que en otras de sus obras ha considerado el capitalismo como una extensión del feudalismo. A diferencia de otros autores que ponen el acento en el papel de los gobiernos en nuestro futuro, el escritor entiende que estos “existen en un sistema capitalista global tan grande y tan dominante que ninguna nación-estado puede cambiar el sistema por sí sola ni existir económicamente por sí misma con éxito. Esta es una de las caras del problema en el que estamos metidos. Nuestra economía es global y capitalista, nuestros problemas son globales, especialmente graves en lo social y lo ecológico, pero no hay en funcionamiento ninguna política a nivel global que pueda enfrentarse al problema del inmenso daño que el capitalismo está haciendo a la biosfera y a las personas”.

¿Alguna alternativa creíble al capitalismo? “Eso depende de qué consideres creíble. Yo puedo imaginar gente en todo el mundo demandando un mayor control democrático a sus gobiernos. Puedo imaginar que estos gobiernos se reúnan y declararen que la actual globalización es demasiado destructiva como para continuar, porque es una especie de suicidio a cámara lenta, así como el asesinato de muchas otras especies; así que a través de acuerdos y alianzas entre estados y organizaciones supranacionales (ONU, OMC, FMI, BM), puedo imaginar a los gobiernos cambiando las reglas del partido y creando un nuevo sistema económico post-capitalista. ¿Es suficientemente creíble esta alternativa? Imaginemos que, en tanto que es necesaria para la supervivencia, es posible sin duda. Pero tendremos que hacerlo llevándonos por delante el poder político de aquella gente que no cree que sea necesario. Y estos siempre existirán, haya crisis o no”.

¿Cabe Dios en el espacio?

Para terminar de cerrar la panorámica que ofrece 2312 de nuestro futuro, habría que hablar de si la idea de Dios es compatible con un sistema solar colonizado y bien estudiado y con un ser humano que juega a crear vida artificial. “Actualmente sabemos que el universo surgió en un punto concreto hace 13.800 millones de años y creció hasta ahora. Poco más. ¡Para mí eso es bastante milagroso! Con esto no estoy diciendo que crea que una entidad superior sea necesaria (como los creacionistas o los que defienden el diseño inteligente), simplemente subrayo que desde nuestra posición dentro del universo no podemos hablar de lo que pueda pasar fuera de él”. Para el escritor, hoy “tiene sentido ser agnóstico. Y salvo algo milagrosamente inusual, no veo la forma de llegar a creer en Dios o en el ateísmo”.

Hoy, Robinson mira a menudo las fotos enviadas por el robot Curiosity desde Marte y se maravilla de su calidad y de su colorido, que no tienen nada que ver con aquellas imágenes enviadas por Viking que usó durante la escritura de su trilogía sobre el planeta rojo. “El único descubrimiento que podría cambiar nuestra manera de ver el universo sería que todavía hubiera vida allí, y no vida con la que estemos emparentados (que fue saltando entre planetas en una era primitiva), sino verdadera vida alienígena, nacida en Marte. Esto podría sugerir que en cualquier momento, con los ingredientes necesarios (calor, agua, elementos químicos), la vida puede comenzar y, por tanto, estar diseminada por el universo. Pero este descubrimiento sería menos parecido a la visión que tengo de Marte. Mi visión implica que, con la idea de que Marte está muerto o casi completamente muerto, nos sentiríamos con todo el derecho para ‘terraformalo’ y hacer de él una especie de segunda Tierra”.
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