La política es un reflejo de la sociedad

España y el arte de transigir

En nuestro país, la sociedad civil, la empresarial y también la ciudadana están menos organizadas que en otros de nuestro entorno, y esa es una de sus mayores debilidades

Foto: EC.
EC.

¡Que se pongan de acuerdo de una vez! Este es el sentir de muchos de nuestros ciudadanos cuando hablan de los líderes políticos de nuestro país. La frustración es comprensible. A la indignación generada por no ser capaces de formar gobierno, y tener que ir a las urnas cuatro veces entre 2015 y 2019, se ha añadido ahora la incapacidad de llegar a acuerdos en plena pandemia. Hasta el ejercicio básico de cualquier democracia, el de aprobar los presupuestos generales, que debería ser de máxima urgencia ante el enorme desafío que tenemos enfrente, parece imposible.

Los corresponsales de la prensa extranjera no dan crédito.Un ex corresponsal y colega en Elcano, William Chislett, uno de los cronistas más finos de nuestro país, y que acaba de publicar un nuevo libro titulado "Microhistoria de España", dice que la palabra inglesa “compromise” (que no tiene una buena traducción al español, según él; la más cercana sería "pactar") debería entrar en el vocabulario de nuestra clase política. Esto me ha hecho reflexionar. Quizás la falta de llegar a pactos, de ponerse de acuerdo y colaborar, no sea solo un problema de nuestros políticos. ¿Y si los políticos son simplemente el reflejo de la sociedad que representan? ¿Tenemos en España un problema de falta de cultura de la cooperación? Lamentablemente, hay indicios que apuntan en esta dirección. Sirvan unos cuantos ejemplos.


Falta de confianza interpersonal

Son numerosos los estudios que apuntan que el nivel de confianza interpersonal en España es menor que en otros países de Europa Occidental, con la excepción de Francia. Quizás esa sea una de las razones por las que tenemos tantas microempresas de menos de 10 empleados, igual que Italia. De hecho, de los 3,4 millones de empresas que hay en España, el 83% tiene dos o menos trabajadores, y el 55% no tiene trabajadores. Esto demuestra cierta falta de capacidad de asociación y me remite a numerosas conversaciones con mi padre: cada vez que le he dicho que iba a montar una empresa con unos amigos (y en alguna ocasión incluso ha ocurrido) siempre me ha dicho que eso es una mala idea porque “las asociaciones no suelen funcionar”. Si esa mentalidad impera, es lógico que seamos un país de autónomos y empresas familiares.

Incluso si miramos a las empresas algo más grandes, la cultura de la cooperación y el trabajo en equipo tampoco parecen ser la norma. He tenido la oportunidad de vivir 15 años en Suiza, siete en el Reino Unido, uno y medio en Alemania y casi dos en Francia y he tenido cientos de conversaciones con emigrantes españoles (con varios niveles de estudios) que se resumen de la siguiente manera. En España estaban menos valorados que en sus nuevos puestos de trabajo. Se insistía mucho en que en España el jefe o encargado cuando tiene un nuevo empleado joven, con ganas y que es mejor que él o ella, no lo promociona para que el equipo funcione mejor. Más bien todo lo contrario, el jefe se ve amenazado e intenta truncar su progresión. La dinámica en otros países es muy distinta. El encargado promociona los buenos trabajadores porque eso mejorará la eficiencia de su equipo y eso hará que su jefe se fije en él y lo promocione.

Angela Merkel inaugura el Fraunhofer Institute en Halle. (EFE)
Angela Merkel inaugura el Fraunhofer Institute en Halle. (EFE)

Lo cierto es que, por lo que respecta a las empresas medianas, las que tienen entre 50 y 250 trabajadores, tampoco hay una gran cultura de la cooperación. En Alemania, por ejemplo, existen 74 institutos de innovación aplicada de la red Fraunhofer, con 28.000 investigadores e ingenieros, y un presupuesto anual de nada menos que 2.300 millones de euros, financiado en gran parte justamente por las cámaras y asociaciones de empresas medianas y familiares (el “Mittelstand”), que entienden que por sí solas no pueden desarrollar alta investigación, desarrollo e innovación y por eso colaboran para crear más músculo tecnológico. Muchos avances, e incluso patentes, pueden servir a muchas empresas a la vez. En cambio, en España, la sociedad civil, la empresarial y también la ciudadana, está mucho menos organizadas, y esa es una de nuestras mayores debilidades. Es sabido que en los países donde hay una sociedad civil fuerte hay menos corrupción de los políticos porque ésta ejerce de perro guardián.

Desorganizados dentro y fuera

Otro ámbito donde falta más cultura de la cooperación es en la acción exterior. Desde hace unos años, en Elcano estamos estudiando (y ayudando a articular mejor) el ecosistema de influencia de los actores españoles en Bruselas. Tras nuestros análisis comparativos, hemos descubierto que hay países que tienen una cultura más colaborativa entre los funcionarios o representantes del gobierno nacional, los funcionarios nacionales que están en las instituciones, los europarlamentarios, las empresas privadas, los "think tanks" y la sociedad civil en general. Aquí hay casos paradigmáticos como el alemán o el holandés, pero incluso los italianos, con su cultura de “la famiglia”, se coordinan mejor. Quizás eso explique que Italia haya mostrado más unión frente a la pandemia que España. A los actores españoles en Bruselas, en cambio, les cuesta trabajar en red.

Finalmente, está el ejemplo de la comunicación. Basándome de nuevo en mi propia experiencia, me llama mucho la atención que cuando envío un artículo de opinión como este a un medio anglosajón hay todo un proceso de edición. Un profesional, bien pagado, leerá el texto e intentará mejorar el estilo para que sea más inteligible para el lector. Si hay alguna frase o idea que no se entiende bien, lo indicará y hay un proceso de peloteo con el autor hasta que se ha mejorado el resultado final. En España no conozco ningún medio que tenga editores de este tipo. Es más, muchos de mis colegas académicos lo prefieren así porque se mantiene la obra original, dicen. De nuevo aquí hay una dinámica de trabajar en equipo y saber ceder para mejorar el resultado final, y la alternativa de querer evitar esa discusión porque a nadie le gusta que le cambien su texto.

Pero, ¿no sabemos cooperar?

¿Nos debe llevar esto a la conclusión de que los españoles no sabemos cooperar y a caer en el estereotipo de que solo sabemos resolver los problemas a garrotazos? Por supuesto que no. No debemos caer en el determinismo cultural o esencialista. Para empezar, en castellano sí que hay una palabra equivalente a “compromise” y es “transigir”, que la RAE define como: “consentir en parte con lo que no se cree justo, razonable o verdadero, a fin de acabar con una diferencia”, y Google explica como: “admitir o aceptar una persona la opinión o las ideas de otra en contra de las suyas propias, a fin de llegar a un acuerdo”. Estaría bien, pues, que nuestros políticos transigiesen más. Y en muchos casos lo hacen. Hay coaliciones de gobierno en muchas Comunidades Autónomas y el pacto es más común a nivel local. Además, en esta crisis la patronal y los sindicatos también han demostrado que se puede negociar, ceder y llegar a acuerdos. A veces solo nos fijamos en lo malo, y obviamos lo bueno. La existencia de Tecnalia, lo más parecido que tenemos a los centros Fraunhofer, es otro ejemplo.

Tecnalia presenta el primer aerotaxi sin conductor desarrollado en España. (EFE)
Tecnalia presenta el primer aerotaxi sin conductor desarrollado en España. (EFE)

En cuanto a trabajar en equipo, no nos olvidemos que somos campeones del mundo en fútbol y baloncesto, dos de los deportes de equipo más practicados en el mundo. Pocos países pueden decir eso. Justamente, el éxito del deporte español demuestra que la capacidad de cooperar se puede aprender e incentivar. Hace poco he descubierto que, en algunas de las grandes empresas españolas, hay bonus por lograr los objetivos establecidos, pero también un bonus adicional si se ha logrado en equipo. Saben perfectamente que solo así pueden seguir compitiendo en las grandes ligas de su sector. En muchos procesos de selección ya se están incorporando pruebas para saber cómo trabaja con otros un candidato o candidata . En Reino Unido es común que, cuando se evalúa el currículum, no solo se miren las notas, sino también lo que ha aportado esta persona a la comunidad y qué actividades extraescolares o profesionales ha desarrollado. Esto debería hacerse más en España.

Empezar por la educación

Por supuesto, la cultura de la cooperación tiene que inculcarse en el colegio, y no solo con el deporte y las excursiones. Me acuerdo todavía hoy cómo, en Suiza, en la escuela secundaria, los maestros nos organizaban “carreras de orientación”. Nos dividían en grupos, nos soltaban en un bosque, nos daban un mapa topográfico y teníamos que encontrar una serie de banderines con cuños específicos que grabábamos en una hoja. Quien antes hiciese todo el recorrido y llegase a la meta, ganaba. Siempre pensé que era un ejercicio para saber leer mapas (una habilidad muy útil, por cierto), pero ahora me doy cuenta de que también era un entrenamiento para saber operar en equipo, porque siempre había diferentes interpretaciones de la ubicación en el mapa y la dirección que había que tomar, y al final había que “transigir” si se quería avanzar rápido. Ojalá juegos de este tipo sean comunes en las escuelas españolas hoy. Yo llegué a los 15 años a España y la educación era más formal y rígida, con muchas horas de “cantar” la lección del día anterior ante el maestro y la clase. Una tarea muy individual que espero que se haya erradicado. Es mejor “cantar” menos y debatir y transigir más.

Miguel Otero Iglesias es investigador principal del Real Instituto Elcano y profesor de la IE School of Global and Public Affairs.

Área privada EC Exclusivo
Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
1comentario
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios