SOBRE LAS SEPARACIONES

La historia como inevitable chapuza

Tanto la idea de España como la de Cataluña son chapuzas históricas fruto de la necesidad de resolver problemas permanentes que no tienen ninguna solución ideal

Foto: Independencia de Cataluña. (E. Villarino)
Independencia de Cataluña. (E. Villarino)

'Chapuza' suele entenderse como un trabajo mal hecho. Utilizo la palabra en otro sentido: es una solución de emergencia, eficaz, poco elegante, que se consigue aprovechando lo que se tiene a mano. Un caso bien conocido ocurrió durante el viaje del Apolo 13, cuando fallaron los filtros del aire y la vida de la tripulación se vio amenazada.

Al final, consiguieron improvisar un tosco filtro, con una bolsa de plástico, una caja de cartón, cinta aislante y un calcetín. La historia funciona así. No puede esperar a tener los materiales ideales para resolver los problemas. Piensen ustedes en la Transición española. Había que actuar con lo que se tenía, por lo que resulta blanco fácil para la lógica purista de los platónicos que habitan el mundo ideal. Solo los grandes dictadores aspiran a construir todo desde cero. Y ya sabemos que eso solo conduce al Terror. Puedo mencionar sus autores: Robespierre, Stalin, Hitler, Mao Ze Dong, Pol Pot.

Creo que el desdén por la historia es un colosal drama. La evolución de las culturas nos muestra diferentes soluciones a los mismos problemas

He dudado en utilizar otras palabras en vez de 'chapuza'. Una opción sería 'bricolaje', pero no sé si sería bien entendida. Francis Jacob, nobel de medicina, decía que todo proceso evolutivo es 'bricoleur', sale del paso como puede. En arte, 'bricolaje' es una técnica posmoderna que crea a partir de los materiales al alcance de la mano.

Pero la palabra que prefiero es 'kluge'. Procede de la informática y significa, precisamente, lo que quiero designar: la solución más eficiente conseguida con materiales poco apropiados. No me importaría, pues, sustituir el título de este artículo por este otro: “La historia como inevitable 'kluge”. Gary Marcus aplica este concepto a la evolución del cerebro humano, la creación más compleja y maravillosa de la evolución. No obedece a un diseño único, sino a múltiples rediseños eficientes y chapuceros, como el hecho de que las estructuras emocionales cambien a distinta velocidad que las estructuras cognitivas.

La historia es un colosal drama social

Los últimos años me he dedicado con asiduidad al estudio de la historia de las culturas. Creo que el desdén por la historia es un colosal drama social y político. La evolución de las culturas nos muestra un conjunto de diferentes soluciones a los mismos problemas. Como dijo el perspicaz Voltaire: “La historia nunca se repite; pero los humanos, siempre”. Por ello, conviene evitar los vicios de la ignorancia histórica: la simplificación, el dogmatismo, la creencia en las esencias nacionales, políticas o administrativas, la creación de ídolos, o la utopía adánica de querer comenzar de cero.

Pondré un ejemplo. Una de las constantes de la historia humana ha sido el afán de separarse, de diversificarse y distinguirse. Nueva Guinea es una isla de unos 800.000 kilómetros cuadrados, en que se hablan 800 idiomas diferentes. En la isla de Gaua, de unos 300 kilómetros cuadrados —un diámetro de 20 kilómetros— se hablan cinco lenguas: el lakon, el olrat, el koro, el dorig y el nume. Según Don Kulick, los inventaron para separarse de otros grupos, para favorecer la identidad, porque distinguirse es una pasión universal. Pertenecer a un grupo y diferenciarse de otros es una constante humana que va desde las tribus prehistóricas hasta los nacionalismos actuales.

Una mujer, durante una manifestación convocada por Societat Civil Catalana en Barcelona. (EFE)
Una mujer, durante una manifestación convocada por Societat Civil Catalana en Barcelona. (EFE)

Pero junto a ese afán por separarse, hay un movimiento opuesto que lleva a integrarse en sociedades cada vez más amplias, lo que plantea el problema de la gestión de la diferencia. La historia nos dice que hubo dos soluciones globales. El Estado-nación se basaba en la homogeneidad de sus miembros. El imperio se basaba en la heterogeneidad de sus componentes. Ambas soluciones tuvieron que partir de lo que había —la dispersión y la diferencia entre clanes y tribus—, y necesitaron utilizar la violencia para imponer su modelo.

Lo que ahora llamamos naciones —Francia, España, Reino Unido, Italia, etc.— se formaron por conquista, y fueron sometidas a un proceso de homogeneización por un grupo de poder, frecuentemente una familia o una dinastía. A finales del siglo XVIII, Pablo de Olavide escribía: “España es un cuerpo compuesto de otros cuerpos separados y pequeños que, enfrentados unos a otros, se desprecian mutuamente, manteniéndose en un estado continuo de guerra civil. La España moderna puede considerarse un cuerpo sin energía, una república monstruosa formada por pequeñas repúblicas enfrentadas unas con otras”. En 1868, Massimo d’Azeglio escribía: “Hemos creado Italia, ahora tenemos que crear italianos”.

El ideal homogeneizador del Estado-nación aspira a ser un pueblo, una cultura, un Estado. Es, irremediablemente, excluyente

Cuando empezó el proceso de unificación de Italia en 1861, tan solo el 2,5% de los italianos hablaba lo que hoy conocemos como italiano. Fue necesaria una férrea disciplina para imponerlo. El Reino Unido no pretendió homogeneizar y mantuvo sus naciones componentes: Inglaterra, Escocia, Gales, Irlanda del Norte. La unificación de Estados Unidos necesitó una guerra civil. La nación no es, pues, un ente natural, sino ficticio y forzado. Solo la piedad política del abate Sieyés, en plena Revolución Francesa, pudo decir que Dios mismo las había creado, igual que había hecho con las especies animales o vegetales.

El ideal homogeneizador del Estado-nación aspira a ser un pueblo, una cultura, un Estado. Es, irremediablemente, excluyente. Pero esa homogeneidad es irreal, no se ha dado nunca en ningún sitio, salvo en las tribus pequeñas y aisladas. Por eso, la construcción nacional ha exigido siempre la violencia física o mental. La escuela pública francesa tenía como objetivo edificar la conciencia nacional.

Mayorías y minorías

La otra solución para gestionar la diversidad fue el imperio. Acabo de leer dos voluminosas obras dedicadas a este tema: 'Imperios', de Jane Burbank y Frederick ​Cooper, e 'Imperios', de Krishan Kumar. Ambos sostienen la misma tesis. La historia de la humanidad ha sido la historia de los imperios, y solo desde hace 60 años se ha convertido en historia de los estados nacionales. Los imperios se enfrentaron a un problema común y permanente: conseguir que la diversidad pudiera convivir pacíficamente.

Foto: EFE.
Foto: EFE.

La imprescindible 'ciencia de la evolución de las culturas' nos dice que la humanidad está zarandeada por deseos contradictorios: la separación y la integración. Después del triunfo de los nacionalismos como justa respuesta a los abusos imperialistas, ahora vemos emerger fuerzas integradoras: el imperio económico e informático, concretado en las grandes multinacionales de la información; el intento de restaurar, mediante el califato, el imperio islámico; la añoranza imperial de Putin; el creciente poderío de China; el proyecto europeo.

El poder —sea nacional o imperial— ha elaborado siempre sistemas de legitimación intelectual. Por eso se ha legitimado el imperio y se ha legitimado la nación. Y siempre, también, una de las tareas de la filosofía ha sido desmitificar todas esas proclamas, y hacer un lúcido llamamiento a la humildad. ¡Menos humos! Las entidades políticas solo son una solución, más o menos chapucera, para un problema de transcendental importancia: conseguir la 'felicidad política', que es una convivencia justa y creadora.

Educación

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