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La más grande gesta y sus claroscuros
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La más grande gesta y sus claroscuros

En el otoño del año 1519, cinco naves ligeramente artilladas y 239 hombres se dirigían navegando hacia el oeste desde el puerto de Sanlúcar de Barrameda con una misión nítida y rotunda

Foto: Mapa con las rutas de exploración de Colón, Magallanes y Cabot (Fuente: iStock)
Mapa con las rutas de exploración de Colón, Magallanes y Cabot (Fuente: iStock)

No hay héroe en la soledad; los actos sublimes están determinados siempre por el entusiasmo de muchos.

Eliphas Lévi.

Un grupo de hombres, marinos para más señas, arrastraban sobre sus monturas su pesar y la viva expresión de un agotamiento inusual. Tras días de marcha cruzaban la frontera lusa con los territorios de la Corona Española. Lisboa les había dado la espalda, proporcionándoles una enorme decepción con sabor a amarga derrota.

A la sazón, el rey de Portugal era Manuel I y este no estaba por la labor de facilitar nada que diera fama o prestigio a la Corona Española. El preparadísimo navegante, hijo y nieto de navegantes, Fernando de Magallanes, era un cualificado explorador con conocimientos irrefutables sobre las leyes del mar y las claves de su interpretación. Había ido a pedir a su rey financiación y el envidioso monarca le había dado un portazo.

Foto: Rueda de carro de bueyes en Costa Rica pintado de forma tradicional (Fuente: iStock)

Tras aguantar estoicamente las humillaciones del grosero coronado, y ante una corte avergonzada por el comportamiento del monarca, el fiel súbdito Magallanes, un tullido con graves secuelas motrices en sus piernas a causa de las guerras que había librado, pidió 'in extremis', una pensión como lisiado. Un "no" con visos de sentencia y poco estilo resonó por todo el claustro del palacio de estilo manuelino en Evora – Alentejo. Era un rey que se había retratado, pues cuando se supo de la hazaña (y muerte) del navegante portugués, no solo lo descalificó como traidor, sino que, sin ánimo alguno de arrepentimiento, no le daría sudario ni tierra que le acogiera en su país natal.

Llegado el punto en que la humillación del caprichoso e infumable monarca creía haber rebajado al marino a la rendición y docilidad, este, con la mayor dignidad que cabe en un hombre que lo ha perdido todo, solicitó a aquel rey de opereta que le liberase de su nacionalidad, para así poder ofrecer sus servicios a quien fuera que decidiera financiar tamaña empresa.

El tema en cuestión no era otro que el de acortar la ruta de las especias, ya que estas cuando llegaban a Europa pasando por una veintena de intermediarios podían decuplicar su precio original. Era una carrera contrarreloj, y árabes y otomanos se llevaban la parte del león.

placeholder Grabado del explorador Fernando de Magallanes (Fuente: iStock)
Grabado del explorador Fernando de Magallanes (Fuente: iStock)

Ya antaño, siglos ha, Ptolomeo, Heródoto, Estrabón, la compilación de mapas romanos del Imago Mundi, las mágicas precisiones de Ibn Batuta, así como la cosmovisión de una miríada de grandes cosmógrafos, muchos de ellos árabes (cuando el pensamiento musulmán era creador irrefutable de belleza en todas las formas de arte) habían apuntado en la dirección correcta.

En el otoño del año 1519, cinco naves ligeramente artilladas y 239 hombres se dirigían navegando hacia el oeste desde el puerto de Sanlúcar de Barrameda con una misión nítida y rotunda; alcanzar las Indias Orientales con el claro propósito de abrir un segundo frente en el mercado de la especiería, focalizado allá por las Molucas situadas entre lo que hoy sería Filipinas, Indonesia y el norte de Australia.

El cronista renacentista Antón de Pigafetta, imbuido del luminoso espíritu renacentista y subsecuente humanismo, cayó rendido ante la utopía de este portugués arrojado al vacío de la indiferencia. Pero nada fue fácil, según el cronista veneciano inserto en la expedición.

"En el inicio de la primavera de 1520 se empezó a poner la cosa fea. Entre los embates del mar y las disputas internas, la nave Santiago naufragaría"

Alterando el orden lógico de las cosas, y habiendo obviado por fin el castrante terraplanismo imperante, una inesperada serendipia apareció como por arte de magia en escena. Es sabido que la Iglesia Católica (no confundir con la filosofía propugnada por Jesús el Cristo) en su habitual esclerosis y estrabismo, estuvo a punto de hacer una barbacoa con Galileo. Pero para los avanzados e ilustrados hombres y mujeres del Renacimiento, muy a pesar del tremendo oscurantismo dimanado desde el Vaticano, hacía que muchos de ellos guardasen la memoria de Ptolomeo y Eratóstenes, y su reveladora regla de tres allá por el año 240 a.C. Tanto Pigafetta como Magallanes y Elcano sabían de sobra por donde hurgar en la historia para desmentir a tanto descerebrado.

Pero antes de ello, ocurrirían algunos turbios acontecimientos.

En el inicio de la primavera de 1520 se empezó a poner la cosa fea. Entre los embates del mar y las disputas internas, la nave Santiago naufragaría tirando sonda. Pero al parecer el tema no se acabaría ahí: les había mirado un tuerto. La tripulación de la nao San Antonio estaba en modo levantisco, y acabaría obligando a su capitán a claudicar regresando a España. Magallanes, que no ganaba para sustos, se quedaba con solo tres naves para continuar el viaje.

"Escasos de provisiones, y con el escorbuto pisándoles los talones, la avitaminosis causaba estragos en la marinería"

Tras un durísimo enfrentamiento contra los patagones que, a tenor de las crónicas de Pigafetta y asimismo comentado con una narrativa casi visual por el genial traductor del alma humana y sus zonas oscuras, el austriaco Stefan Zweig, varios españoles acabarían en los potentes estómagos de aquellos gigantes.

En este momento comienza la más dura travesía de la historia conocida.

Cruzar el océano Pacífico fue una odisea que les llevó cerca de cuatro meses. Escasos de provisiones, y con el escorbuto pisándoles los talones, la avitaminosis causaba estragos en la marinería. No había semana en la que un par de interfectos fueran arrojados con solemnidad por alguna de las bordas. Nunca se sabrá el balance contable del ávido océano en aquellos luctuosos días.

Sin embargo, aquellos marineros no ignoraban que acabarían siendo protagonistas de una de las gestas más increíbles de la historia humana; la de circunnavegar el globo enterito por primera vez. Fenicios, romanos, chinos; todos en algún momento lo habían intentado, pero nunca cruzaron el umbral entre el hombre y el mito.

placeholder Los barcos de Magallanes (Fuente: iStock)
Los barcos de Magallanes (Fuente: iStock)

Pero la ristra de la fortuna todavía quiso cobrarse algunos tributos antes de que los héroes llegaran exhaustos a su destino. En un desembarco no programado, Magallanes pereció a manos de unos celosos aborígenes en la Isla de Mactán, cerca de Cebú. Era un día normal y corriente, como cualquier otro, un 27 de abril de 1521. Al jefe tribal Lapulapu no le pareció correcto que aquellos barbudos le “levantaran” sus cocos con sus correspondientes reservas de agua, algo muy común entre navegantes cuando en esos siglos se estibaba sobre la marcha.

Quedaba la nao Victoria en una soledad palmaria y testimonial, última de las naves de aquella grandiosa y malhadada expedición que, para evitar dar la vuelta sobre sus pasos, en una decisión muy reflexionada y acertada por parte de Elcano, seguiría rumbo oeste desde Las Molucas hasta Europa, para acabar atracando en la bahía de Sanlúcar de Barrameda tal que un 6 de septiembre de 1522. Con 18 hombres a bordo, apergaminados, carcomidos, casi cadavéricos, erosionados por la brutal lucha entre la rendición y la supervivencia, los primeros en dar la vuelta al mundo y demostrar que la Tierra era redonda fueron hijos de la amplísima institución que fue La Corona Española.

Antón Pigafetta sobrevivió al enorme impacto de los acontecimientos vividos, y sus crónicas han pasado a la historia. Un hito, una era, un cambio de página, una hazaña sin precedentes. Lo que fuimos, lo que somos…

No hay héroe en la soledad; los actos sublimes están determinados siempre por el entusiasmo de muchos.

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