Aguja e hilo para hablar con los espíritus: el legado social de las médiums que también fueron artistas
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Aguja e hilo para hablar con los espíritus: el legado social de las médiums que también fueron artistas

Cuando Josefa Tolrà comenzó a bordar, dibujar y escribir lo que los espíritus le contaban, Jeanne Tripier ya lo hacía en Francia y Madge Gill en el Reino Unido

Foto: Foto: josefatolra.org.
Foto: josefatolra.org.

Hablar con fantasmas es un asunto vital, asegura el filósofo francés Jacques Derrida: debemos aprender “cómo dejarles hablar o cómo devolverles el habla”. Para Derrida, los fantasmas no se instalan a través de las paredes, no se asientan en los espacios habitados por la vida terrenal, tampoco se exorcizan. Los fantasmas, señala, se sientan entre la vida y la muerte, la presencia y la ausencia, estableciendo "certezas vacilantes".

Cuando Allan Kardec escribió 'El libro de los espíritus' en 1857, muchas personas en el mundo habían sido condenadas a la locura por asegurar que mantenían contacto con seres del más allá. La mayoría de aquellas personas fueron mujeres. Algunas, incluso, fueron inducidas a la creencia de estar poseídas si simplemente mostraban un comportamiento fuera de la norma. A finales del siglo XIX, la obra de Kardec estableció una doctrina que se extendió rápido, como una especie de tendencia holístico-religiosa que, al margen, tomó forma, aunque entre la ciencia y la religión, nunca fue suficiente.

La narrativa de una sociedad reprimida

Aunque la cultura popular más reciente haya generado una imagen del espiritismo como una forma de pasatiempo para adolescentes, entre el siglo XIX y XX se tornó una narrativa entre la sociedad reprimida que discurría cada época: una forma de liberación de las propias normas de la clase adinerada y una forma de resistencia entre las clases obreras. El espiritismo ofrecía la posibilidad de vivir una espiritualidad sin jerarquías eclesiásticas.

El bordado, por su parte, se trata de un ejercicio milenario que, con la masculinización del sistema, fue quedando relegado a las mujeres. Una puntada “necesaria, decorativa”, que estructuró sus vidas especialmente a partir del siglo XIX. “Para las niñas, el bordado tenía que ver con la obediencia y la demostración de habilidad”, afirma la escritora Christine Rogers.

Rozsika Parker, historiadora de arte, recuerda al respecto que el bordado comenzó a relacionarse entre los siglos XVIII y XIX con la idea misma de lo que significaba ser mujer. De esta forma, se tornó la trampa por la que el arte "promovió la sumisión a las normas de la obediencia femenina", pero se convirtió a su vez en un medio práctico para algo que se pareciera a la independencia.

Las médiums con aguja y tela existieron

“Por su misma asociación con la domesticidad y las mujeres, el acto de coser se consideraba más importante que el contenido mismo”, sostiene Parker. Así, el estereotipo de “lo femenino” fue entretejiéndose. Caracterizados por ser insensatos, decorativos y delicados, los bordados quedaron “desprovistos de contenido” artística y socialmente.

Sin embargo, las mujeres que bordaban para hablar con los espíritus, en el lenguaje que conocían, existieron; las médiums con aguja y tela, y su legado sobre la vida y la muerte apela, en realidad, a todo lo vivo que da lugar a lo que muere: encerradas en psiquiátricos para el resto de sus días, algunas, no dejaron de generar un discurso conjunto que aún sirve hoy de precedente.

“El planeta tierra es pequeño, pero muy habitable”, decía Josefa Tolrà, según su biógrafa Pilar Bonet. Nacida en 1880 en Cambrils (Tarragona), esta mujer rural y campesina posaba sus manos sobre cualquiera que se acercara a ella para regenerar su alma. Tolrà pedía que no la dejaran sola “porque oigo voces y veo rostros que acuden a verme”. Según señala Eduard Reboll en ‘Nagari Magazine’: “Josefa nunca salió de casa. Tuvo tres hijos. Dos se le murieron. Uno de pequeñito y el segundo de hambre durante la guerra. A partir de aquí, entra en un pozo negro. Y empieza a escuchar vocablos que hablan en nombre propio”.

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Foto: josefatolra.org.

Mujeres intentando sobreponerse al dolor

En la actualidad, al pozo negro se le denomina depresión y, aún con el peso de la represión sobre la salud mental en las mujeres, de las empresas del arte sobre ellas y de otras formas de entender las formas mismas del mundo, las mujeres como Tolrà siguen siendo grandes desconocidas que, tras su muerte, continúan plasmando la realidad.

Cuando esta comenzó a bordar, dibujar y escribir lo que los espíritus le contaban, Jeanne Tripier ya lo hacía en Francia, y Madge Gill en el Reino Unido. Las tres nacieron en la segunda mitad del siglo XIX, las tres fueron mujeres intentando sobreponerse al dolor.

placeholder Bordado de Jeanne Tripier. (Imagen de archivo)
Bordado de Jeanne Tripier. (Imagen de archivo)

Tripier fue hija de un comerciante de vinos. Nacida en 1869, pasó su infancia lejos de sus padres, en el campo con su abuela. De adulta, se trasladó a vivir a Montmartre, en París, donde trabajó como vendedora. No fue hasta los 58 años cuando desarrolló su pasión por las doctrinas espiritistas y la adivinación. En 1934, fue ingresada en un hospital psiquiátrico de la capital francesa.

El arte involuntario del duelo

Gill, por su parte, nació en el barrio East End de Londres en 1882. De madre soltera, a los nueve años, su familia decidió no hacerse cargo de ella y fue entregada a un orfanato. Cinco años después, fue transportada en barco a Canadá junto a cientos de niños del mismo centro como mano de obra infantil. Casada con el hijo de su primo, violada y forzada a la maternidad, tuvo tres hijos y una hija. Uno de ellos murió durante la pandemia de gripe de 1918. La niña nació muerta durante el parto que casi le cuesta la vida también a Gill.

Tenía 38 años cuando, tras su recuperación física, aseguró estar “poseída” por Myrninerest, su espíritu-guía. Su relación con esta figura le acompañó durante el resto de su vida.

Debido a la involuntariedad y el duelo, las tres plasmaron la narrativa de “las locas”, “las histéricas”, las mujeres agotadas de ser mujeres en un mundo de hombres. “Los hilos están cosidos con tanta fuerza que la base de percal ya no es visible en el reverso de cada trabajo y las piezas finales a menudo se deforman y fruncen”, asegura la directoria de arte Sophie Dutton sobre la obra tejida de Madge Gill. El espiritismo sigue siendo considerado una pseudociencia o superstición en los ámbitos científicos.

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