La apoteosis de los balleneros vascos y un extraño lenguaje en Canadá
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La apoteosis de los balleneros vascos y un extraño lenguaje en Canadá

Jacques Cartier relató haber encontrado a centenares de vasquitos pescando bacalao y otras minucias. ¿Cómo pudo ocurrir esto?

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Al nacer, lloramos porque entramos en este vasto manicomio.

Shakespeare.

Hay un punto de inflexión entre la disminución de los bancos de pesca de ballenas en el Cantábrico y la presencia de los marinos vascos en el golfo de San Lorenzo en la actual Canadá. A mediados del siglo XVI asturianos y gallegos faenaban con regularidad en sus costas lo que hoy llamamos pesca de bajura, pero con matices. Entonces los grandes cetáceos visitaban con regularidad las costas del norte de España y estos recios pescadores del noroeste solo tenían que echarles el guante. Sin embargo, el caladero que usaban los vascos en el golfo de Vizcaya había sido esquilmado por generaciones de 'arrantzales' que habían hecho de su necesidad un arte.

En este punto, los vascos de la época no tenían muchas opciones. O se recogían en sí mismos y se dedicaban a sembrar coles, hacer quesitos de Idiazabal y chistorras de Arbizu o tiraban de imaginación.

Los balleneros 'arrantzales' eran un símbolo casi épico dentro de la gran familia vasca, similar al de los vikingos y sus sagas, pero sin tanto bombo. Las familias de pescadores funcionaban como clanes y cada una de sus partes integrantes tenían una función específica dentro del engranaje productivo, esto es, una división del trabajo impecable en la que todos y todas ganaban su parte en función de un estatus predeterminado. Muchos de ellos habían viajado en cantidades ingentes hacia Terranova probablemente a finales del siglo XIV y se habían asentado allá enraizando. A pesar de que no hay evidencias históricas sostenibles, sí existen certezas por datación de carbono de objetos de uso marinero con una clara vinculación a estas tierras del norte de España. Estos pescadores dejarían una profunda huella en noreste de Canadá.

Foto: Partida de ajedrez entre López de Segura y Da Cutri en la corte española en 1575, por Luigi Mussini (1886)

Jacques Cartier, marino francés que dio nombre a Canadá, manifestó en sus crónicas hallazgos sorprendentes de los cuales dejaría constancia en sus cartas a la Corona francesa. En una de ellas relata cómo había encontrado a centenares de vasquitos pescando bacalao y otras minucias. ¿Cómo había ocurrido esto? Tanto en esta época como en los dos siglos siguientes —no hay que olvidar que el Señorío de Vizcaya tenía un antiquísimo tratado con los Reyes de Castilla en el que a cambio de protección se les permitía el uso de los puertos vizcaínos; tratado este recogido en los antiquísimos Fueros Vascos—. Obviamente, en este contexto, cuando hablamos de vascos lo hacemos en relación con el gentilicio y no en oposición o como entidad separada de Castilla o de España puesto que todos al alimón, Cortes, Pizarro, Orellana, Valdivia y estos 'morroskos' de mar adentro estaban en línea.

Al ser probablemente los mejores marinos (en aquel tiempo), tenían en consecuencia las mejores naves. Se hace necesario recordar que hasta la propia Mesta delegaba el traslado de sus mercaderías a la zona de la Hanseática germana y a los mercados de Flandes en barcos de alto bordo muy diferentes a los que pululaban por el Mediterráneo o los mares del sur de la península.

Era harto conocida la fama internacional que los 'arrantzales' vascos esgrimían con orgullo tanto en el golfo de Vizcaya, canal de la Mancha y costas germanas y danesas. Pero cuando decidieron asaltar el proceloso océano Atlántico la historia de la pesca tuvo una revolución inesperada.

"Es curiosamente sospechosa la apropiación de la que se han hecho los italianos del nombre de Colón y su presunto nacimiento en Génova"

Hacia 1530 los balleneros vascos rozaron la apoteosis. Entre 30 y 40 naves (según estaciones) con dotaciones que en conjunto rebasaban los 2.000 hombres, podían elevar las capturas a cerca de 500 ballenas de media anual. Los cetáceos proporcionaban pingües ganancias con la generosa cantidad de grasa propia de estos animales, esta grasa se convertía posteriormente en un aceite (Saín) con unas propiedades inigualables que tenían una potente demanda en las cada vez mayores aglomeraciones urbanas costeras cuyo alumbrado ardía casi sin cesar y sin desprender humo ni olor. Entre sus derivados, la osamenta servía para elaborar elegantes muebles. En cuanto a la carne, se vendía en salazón a los franceses, pues estos no conocían la incontestable calidad de la merluza de pincho ni tenían flota pesquera digna de tal nombre.

Pero volviendo a la harina.

Es curiosamente sospechosa la apropiación de la que se han hecho los italianos del nombre de Colón y su presunto nacimiento en Génova. Lo primero, que no pusieron un duro durante los tres siglos largos en que España estuvo metida en aquel fregado trasatlántico y, lo segundo, que nuestros queridos isleños baleares tienen un antiquísimo apellido que crece en el archipiélago como setas, tal que es el apellido Colón.

Con el “descubrimiento” de América pasa algo parecido. Los éxitos tienen muchos padres ciertamente. Quien dio significado y grandeza a la realización de aquella increíble aventura que puso a Europa en valor y vinculó la historia de la humanidad hacia un proyecto mayor fue, sin duda alguna, la Corona española.

"En lo tocante a los vascos es sabido que todo lo que afecta al condumio es sagrado"

Los herméticos navegantes portugueses, décadas después de que el Gran Almirante de Castilla descubriera América para el mundo, tenían en su cartografía (Escuela de Chagres) guardado con siete llaves el asuntillo de la isla de “Bachalau” en las cercanías de Terranova. En esta isla hacían sus cosillas a espaldas del resto de marinos y las coordenadas de este lugar estaban deliberadamente desplazadas por si alguien les “levantaba” el secretillo. Está documentado que el capitán Joao Vaz Corte Real estuvo en proximidades de Terranova en 1472. Por otro lado, está suficientemente acreditado que los vikingos estuvieron en Vinland sin que llegaran a asentarse. Asimismo, el almirante chino Zheng He al servicio del tercer emperador Ming ya había hecho algunas visitas con su enorme flota de juncos y sampanes hacia 1427. Pero todas estas visitas fueron básicamente esporádicas y con fines comerciales de temporada. El que le hincó el diente a aquel colosal continente fue, sin duda, Colon y a él y a Castilla en primera instancia pertenecen la gloria.

En lo tocante a los vascos es sabido que todo lo que afecta al condumio es sagrado. Estimaciones varias no suficientemente comprobadas, pero con muchos elementos indiciarios, datan hacia 1375 su desembarco en la zona de San Lorenzo (actual Canadá), donde ellos decidieron mantener en el más estricto anonimato el descubrimiento de aquel enorme caladero al igual que los portugueses el suyo. De hecho, la lengua vasca creó un fenómeno muy curioso en aquella zona.

La aparición del pidgin (una suerte de idioma urgente, común y simple con cierto sesgo cheli) mezclaba el euskera antiguo con las lenguas locales. Aunque se han afrancesado algunos nombres procedentes de esta antigua lengua, como es el caso de Port-aux-Basques, Ingonachoix o el castellanizado Portuchoa, el vehículo idiomático que amalgamaron con los nativos de la gran Confederación Algonquina, iroqueses y mic mac (una suerte de alianza militar y confección administrativa federal) aunque simple, dio muy buenos resultados, pues aquellos pescadores nunca portaron armas como para generar malentendidos entre los autóctonos, y así, la relación prosperó correctamente para ambas partes.

Foto: Flota de navegación a México a Hernán Cortés (iStock)

Años más tarde, en la Isla de Pascua se usó un método similar por parte del capitán español Gonzales de Ahedo con extraordinarios resultados. Este “diccionario” de Rapa Nui y castellano contenía alrededor de 88 palabras convenidas y una decena de números que facilitaron al margen de la buena disposición del capitán y los nativos, una relación de hermanamiento con aquel misterioso pueblo. Este marino echó mano del recurso de la diplomacia para hacer las cosas correctas en una atmósfera de improvisación en la que cualquiera podría haber perdido los nervios o, tal vez, cometer un error de peso.

Esencialmente, el concepto lingüístico del pidgin viene a ser como un código simplificado que permite una comunicación elemental mediante convenciones mutuamente acordadas entre los grupos que lo usan. El pidgin no es lengua materna en ninguna comunidad, sino alternativa o cajón de sastre para uso urgente de un nodo cuyos enlaces facilitan, en el caso de una lengua, la improvisación aceptada por las partes de un medio de comunicación valido, pero nada exigente en lo canónico. El pidgin combina rasgos fonéticos, léxicos y morfológicos con los de la otra lengua en su acercamiento mutuo; obviamente, no tiene una gramática estable ni digna de tal nombre.

El pidgin vasco-algonquino o viceversa fue usado por algunas de las tribus algonquinas y los balleneros vascos; más tarde se instaló con facilidad y sin violencia, como en el caso del capitán González Ahedo en la Isla de Pascua, siendo bendecido por las partes como un signo de hermanamiento.

"Los nativos algonquinos, los mic mac, beothuk y probablemente también, los iroqueses, trabajaban a cambio de pan, 'txistorras', bacalao en salazón, sidra y esos quesitos llenos de pecado"

El nacionalismo vasco de principios del siglo pasado alentó ese sesgo mítico fundado en la certeza de los hechos que aquí se narran en oposición a los de Castilla-España cuando la realidad es que la integración del País Vasco (señorío de Vizcaya) en Castilla y luego España fue no violenta, y habría que añadir que se hizo de mutuo acuerdo. Pero el nacionalismo vasco no representa el generoso y aventurero esfuerzo de aquellos vascos que dieron prestigio como hombres de mar a la aventura de la humanidad. A partir de 1517 los intercambios comerciales, culturales y probablemente de fusión interracial fueron muy frecuentes entre los de la 'txapela' y los amerindios del norte. Las factorías vascas constituyen la primera industria a gran escala en la América del Norte.

El tercer presidente estadounidense Thomas Jefferson, en 1788 hizo una clara alusión a estos pescadores y su increíble obra. Los nativos algonquinos, los mic mac, beothuk y probablemente también, los iroqueses, trabajaban a cambio de pan, 'txistorras', bacalao en salazón, sidra y esos quesitos llenos de pecado (Idiazabal), que permitieron en su momento un enriquecedor intercambio cultural.

De todo aquello, queda hoy como testimonio de grandeza de aquellas gentes de mar, el faro baliza de Jai Alay ('fiesta alegre', en euskera) y media docena de embarcaciones de alto bordo recuperadas y expuestas en el museo de Red Bay designado desde el año 1979 como Sitio Histórico Nacional de Canadá promovido por la UNESCO.

España, unos grandes desconocidos para nosotros mismos.

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