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NI PLACER NI INTERÉS

La lección que Aristóteles nos enseñó sobre la amistad: una guía para la vida

En su 'Ética para Nicómaco', este pilar de la filosofía occidental se preguntó acerca de las clases de compañerismo que existen y explico a cuál de ellas deberíamos aspirar

Foto: Estatua de Aristóteles en Estagira. (iStock)
Estatua de Aristóteles en Estagira. (iStock)

Desde hace décadas se ha popularizado bucear en las obras de los viejos filósofos para descubrir lecciones que nos puedan servir en un día a día cada vez más ominoso. Suele hacerse desde una perspectiva divulgativa, intentando desbastar de la filosofía su lado más duro, hasta el punto de que a veces termina reduciéndose a una simple colección de fórmulas ñoñas. Pero esta tendencia también puede interpretarse como la necesidad de reencontrarse con viejos faros en momentos de zozobra existencial y social. Los clásicos siempre funcionan (y quedan bien).

Uno de los más socorridos es Aristóteles, quien dedica los libros VIII y XIX de la 'Etica a Nicómaco' a la amistad. Su exposición sobre el valor de la misma ha sido tremendamente influyente. Como recordó en un breve texto el filósofo español Leonardo Polo, su sentido es el de alcanzar la felicidad en esta vida, lo que la diferencia de la moral cristiana pero la convierte en una buena alternativa una vez la religión ha dejado de ocupar un lugar predominante en nuestras vidas. ¿Qué nos dice el pensador sobre nuestras relaciones de camaradería?

Debemos llamar a los amigos cuando nos pueden ayudar, y está bien acudir de buena voluntad a auxiliar a los que pasan adversidades

“La presencia de los amigos en la buena fortuna lleva a pasar el tiempo agradablemente y a tener conciencia de que los amigos gozan en nuestro bien”, escribió el estagirita. “Por eso debemos invitarlos a nuestras alegrías porque es noble hacer bien a otros, y rehuir invitarlos a participar en nuestros infortunios, pues los males se deben compartir lo menos posible”. Ello no quiere decir que no podamos recurrir a ellos, pero sí no cargarlos con nuestros problemas. “Con todo, debemos llamarlos a nuestro lado cuando han de sernos de ayuda, y recíprocamente está bien acudir de buena voluntad a los que pasan a alguna adversidad aunque no nos llamen, porque es propio del amigo hacer bien, sobre todo a los que lo necesitan y no lo han pedido, lo cual es para ambos más virtuoso”.

Es un buen consejo que bien podrían habernos dado nuestros padres. La amistad recibe, pero sobre todo, otorga, especialmente en aquellos momentos en los que la ayuda no se pide expresamente. Desde luego, para el estagirita no es un mero intercambio de ayudas como si de una balanza de pagos se tratase, ya que recuerda que “no es noble estar ansioso de recibir favores, por más que igualmente hemos de evitar ser displicentes por rechazarlos”. ¿Dónde quiere llegar el filósofo? A que “el hombre feliz necesita amigos”, siguiendo la correlación entre virtud, felicidad y compañerismo. Su argumentación es aparentemente simple: “El desgraciado necesita bienhechores y el afortunado personas a quienes hacer bien”.

Los tres tipos de amigos

Más conocida aún que esta definición es la clasificación del gran pupilo de Platón de la amistad en tres grandes grupos, a saber:

La amistad por interés. Una visión tremendamente instrumental de las relaciones entre dos personas, en la cual los demás solo son útiles “en la medida en que se benefician en algo los unos de los otros”, como escribía Polo. En esta clase de confraternidad son habituales “las reclamaciones y los reproches”, y es propia de hombres malos, puesto que estos “no se complacen en sí mismos si no existe la posibilidad de algún provecho o placer”. A veces se trata simplemente de aduladores que quieren ganarse el favor del otro.

La amistad por placer. Se encuentra un peculiar punto intermedio entre las otras dos, pero ¿en qué se diferencia de ambas? El filósofo especialista en Descartes lo explicó: “En los que se quieren por interés, la amistad obedece al propio bien; y en los que se quieren por el placer, a su propio gusto”. Como ocurre con las ententes por interés, tienden a desaparecer en cuanto dejan de ser agradables.

A todas las edades es posible. (iStock)
A todas las edades es posible. (iStock)

La amistad perfecta. La más permanente y, por lo tanto, la más rara. El deseo de amistad puede surgir rápidamente, pero no necesariamente esta. Como recuerda en 'Medium' Zat Rana, “más que en la utilidad o el placer, esta clase de relación se basa en un aprecio de las virtudes que el otro atesora”. Esta clase de relación, a la que debemos aspirar, es la más altruista y menos interesada. Como recordaba Polo, se da entre “los hombres buenos e iguales en virtud, ya que estos quieren el bien el uno del otro en cuanto que son buenos, y son buenos en sí mismos”.

En ella, ambos se defienden ante las acusaciones de los demás “porque no es fácil creer lo que otro digo de un amigo a quien uno mismo ha tratado durante mucho tiempo”. No hay sitio para el agravio mutuo en esta clase de compañerismo. Para Polo, las averiguaciones del filósofo griego resultan relevantes. Estas son sus conclusiones: “En primer lugar, que la verdadera amistad destaca el bien que se encuentra en la persona humana como bien final” (lo que hace que esta clase de relación esté inscrita en la ética aristotélica). Además, “se muestra que la 'philia' comporta una 'autophilia' legítima. Si el amigo es otro yo, también uno mismo es un yo”. En otras palabras, “el hombre bueno debe ser amante de sí mismo, porque de esta manera se beneficia a sí mismo y, a la vez, será útil a los demás”.

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