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LA"'ECONOMÍA DE LA DESTRUCCIÓN'

El despedido por criticar a Google dibuja un retrato exacto de nuestra sociedad

Barry Lynn, un estudioso de la competencia, ha tenido que dejar su trabajo en un think tank por un oscuro asunto con la empresa del buscador. Y lo que cuenta no es nada bueno

Foto: Barry Lynn, el despedido por criticar a Google.
Barry Lynn, el despedido por criticar a Google.

Barry Lynn trabajaba para el think tank New America Foundation, donde dirigía el programa Open Market. Es autor de dos libros que lograron notable reconocimiento, 'End of the Line' y 'Cornered: The New Monopoly Capitalism and the Economics of Destruction', un ferviente defensor de la competencia y un activista concienciado a la hora de subrayar los peligros a los conduce la concentración del poder económico en muy pocos actores.

Cuando el pasado junio Google fue sancionada con una multa de 2.420 millones de euros por la Comisión Europea, el equipo de Lynn hizo público un texto en el que celebraban la actitud de la UE e instaban a los reguladores anti-trust estadounidenses a ser mucho más activos en este terreno.

Desde la fundación de New America, en 1999, el think tank ha recibido aportaciones de más de 20 millones de dólares de Alphabet, la compañía de Google, y su CEO, Eric Schmidt, ha formado parte de su Consejo.

Mi equipo de periodistas e investigadores ha sido despedido porque los directores de mi think tank decidieron no enfrentarse a las amenazas de Google

Ambas cosas parecen resultar incompatibles. Hace pocos días, 'The New York Times', publicó que Lynn había sido despedido a causa de aquel comunicado. El jueves, en 'The Washington Post', Lynn escribió un artículo en el que ratificaba lo afirmado por el diario neoyorquino. “El pasado 27 de junio, mi grupo de trabajo publicó una declaración alabando a la Unión Europea por haber multado a Google por violar la ley antimonopolio. Ese día me dijeron que Google, que proporciona apoyo sustancial a otros programas en New America, dijo que quería cortar todos los lazos con la organización. Dos días después me comunicaron que todo mi equipo del programa New Markets tenía que marcharse del think tank el 1 de septiembre”.

“Ningún think tank quiere dar la impresión de que está a las órdenes de sus donantes. Pero en este caso, es exactamente eso lo que ha ocurrido. Mi equipo de periodistas e investigadores y yo hemos sido despedidos porque los directores de mi think tank decidieron no enfrentarse a las amenazas de Google”. New America negó que ese fuera el caso, pero después se ha conocido el cruce de correos electrónicos entre la dirección y el cesado, y el asunto continúa pareciendo bastante feo.

El escándalo de los monopolios

El escándalo es pertinente por dos motivos. El primero alude a la cantidad de poder que están acumulando en la sociedad las mayores empresas, y Lynn lo conocía bien, porque lo ha criticado en numerosas ocasiones. El problema de los monopolios, no es sólo que puedan afectar a los precios de los bienes, al establecimiento de fuertes barreras de entrada yal traslado de la presión y de los costes hacia proveedores y empleados, sino porque también genera numerosas consecuencias sociales negativas.

La élite no sólo nos traslada sus riesgos, sino también determina casi con total libertad quién gana, quién pierde y quién acaba pagando la factura

Entre ellas, el gran cambio político que supone, como demuestra la historia estadounidense de finales del siglo XIX, la llegada de la plutocracia. “Nuestra economía política está dirigida por una élite bien compacta que puede unir el poder del gobierno de la nación con el de los corporaciones privadas de un modo que permite a los miembros de la élite no sólo trasladarnos sus riesgos, sino también determinar con casi total libertad quién gana, quién pierde y quién acaba pagando la factura”. Ese núcleo, que gestiona una economía mucho más dirigida y centralizada que la que se criticaba en el viejo estado del bienestar, posee también, como es habitual, la capacidad de acallar las voces críticas. El caso Lynn/Google es un ejemplo más, y no el peor.

La captura mental del regulador

Esta concentración de poder se ha tejido a lo largo de las últimas décadas a través de un mecanismo peculiar. Cuenta Lynn que la derecha era favorable a que los sectores estuvieran controlados por pocas empresas, y parte de la izquierda también. Creían que, una vez que el edificio estuviera bien asentado, era más sencillo fijar un regulador a él que pusiera orden, algo que ya trató de hacer Teddy Roosevelt hace 100 años. Pero las cosas se han torcido y las compañías han acabado capturando a los reguladores.

Cuando examinan un asunto no logran ver el problema. No es que tengan miedo de hacer cumplir algo: antes de que tengan miedo ya han descartado el problema por completo

Ha sido así hasta tal punto que, para Lynn, las puertas giratorias son el menor de los problemas. Lo que ha ocurrido es peor, porque los reguladores piensan exactamente igual que aquellos a los que deberían fiscalizar. “Si se controla la ideología, también a los reguladores, porque cuando examina un asunto no logran ver el problema. No es que tengan miedo de hacer cumplir algo: antes de que tengan miedo ya han descartado el problema por completo. Lo que tenemos es la captura de las mentes de los reguladores, que es una forma mucho más sofisticada de control que el hecho de poner dinero en sus bolsillos o de prometerles un trabajo en el futuro”.

Algo peor: el mundo digital

El escenario se ha vuelto más oscuro con la revolución tecnológica porque estas compañías de nuevo cuño lo han tenido muy fácil para recibir grandes cantidades de capital desde su nacimiento, lo que les ha permitido monopolizar algunos sectores e invertir mucho en concentrar otros. Según Lynn, a Walmart le llevó 30 años y una inmensa cantidad de dinero monopolizar entre el 30 y el 40% de las mercancías y los productos comestibles de EEUU. Suponía un gran esfuerzo, porque tenía llevarse a cabo en el mundo físico, comprando propiedades. Amazon pertenece al mundo digital y no necesita poseer bienes raíces ni gastar capital en ellos, y por eso tiene una gran capacidad de crecer rápidamente. Los negocios exitosos de los últimos años, casi todos ligados al entorno digital han seguido este modelo, el de la economía del contenedor, como Uber o Facebook, que les genera grandes beneficios aportando muy poco.

Esperaba que existiera alguna posibilidad de que la élite actuara de una manera coherente y racional, pero no la hay

Además, esta posición de poder y su sólido acceso a grandes cantidades de capital le permite seguir acaparando sectores. La última adquisición de Amazon ha sido Whole Foods, precisamente por estas razones, pero ocurre en casi todos los terrenos, ya sea industriales o de servicios. Este es un ejemplo del periodismo: "Lo que tenemos ahora son dos corporaciones -Google y Facebook- que manipulan cómo fluye la información a través del sistema y desvían cada vez más el flujo de ingresos publicitarios a sus propios bolsillos y lejos de fuentes fiables de investigación y de periodismo". Lo que estamos viendo es “una gran guerra entre diferentes clases de empresas”, y su objetivo es ganar cada vez más influencia y acaparar más mercado de más sectores.

Las élites ausentes

El segundo gran asunto, y es muy revelador de cómo funcionan las cosas, es esa suerte de candidez de Lynn, que es compartida por muchos críticos, que esperan algo de sentido común en los núcleos de poder. La experiencia de Lynn lo desmiente: “Cuando comencé a exponer la fragilidad del sistema industrial, el daño catastrófico que podría causar a los EEUU, y cómo podría llevarnos a un desastre político, pensé que entrando en las oficinas y en las reuniones de la élite y contando estas historias conseguiría que sus miembros más racionales dijeran 'tenemos que cambiar esto, porque el sistema es frágil'. Pasé seis o siete años y continúo haciéndolo, pero me encontré con que la mayoría de la gente, excepto los economistas, entendían rápidamente lo que estaba diciendo, pero también creían que no tenían ninguna capacidad para cambiarlo y no sabían qué hacer al respecto. De modo que lo que realmente querían es que me marchara de la sala”.

La conclusión es fulminante: “Esperaba que existiera alguna posibilidad de que la élite actuara de una manera coherente y racional, pero no la hay”. Su asunto con Google no sólo le ha ratificado en este punto, sino que le ha convencido aún más de que “sólo un movimiento social nos permitiría hacer los cambios que necesitamos”. Y es posible, asegura, porque “la gente no ha sido deseducada: el 95% de la población todavía sigue las reglas del sentido común”.

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