cruel, pero posible

Por qué no vas a morir acompañado por el amor de tu vida

Podemos encontrar a la persona que de verdad nos completa y aun así no ser capaces de trazar un camino juntos. Te convidamos a entrar en la realidad del gran amor

Foto: La culpa y el dolor son inútiles. (iStock)
La culpa y el dolor son inútiles. (iStock)

"Hasta que la muerte nos separe". Terrible juramento. Desproporcionado, excesivo...

Una promesa que expresa la vehemencia del amor que podemos llegar a experimentar. Una declaración que facilita que su intensidad emerja bajo una fórmula corriente, más válida incluso por lo que tiene de convencional. Una frase, sin embargo, que impone una presión desmesurada a quien la profiere y la acepta.

El vigor que infunde el amor nos lleva a elevarnos sobre nuestra propia conciencia. Es un nárcotico con el que nos sentimos capaces de superar aquello que en otros estados sería un obstáculo insalvable. ¿Pero tales emociones son tan ciertas o tienen algo de quimera?

Estás con él, entregas todo tu ser y permites que su influencia te cambie. Es una experiencia como nada más en esta tierra

En un artículo publicado en 'The Huffington Post', Heidi Priebe, poetisa americana, decide colocarnos ante un espejo que da pánico contemplar, no porque deforme nuestra figura, sino porque nos la devuelve demasiado clara para que choquemos de bruces frente a lo evidente: "A veces encontramos el amor de nuestra vida, pero no logramos conservarlo".

El mito del amor verdadero

La conclusión es trágica: mucha gente va a llegar al final de sus días sin sentir que ha satisfecho ese anhelo del gran amor. Otros lo van a encontrar y lo van a perder.

Inconsolable corolario por lo que tal hecho implica para nuestra existencia: "Estás con él, entregas todo tu ser y permites que su influencia te cambie de manera inescrutable. Es una experencia como nada más en esta tierra".

El escritor Alain de Botton ilustra los problemas en los que se sustenta el gran amor: "Muchas de nuestras ideas acerca lo que es el amor provienen de narraciones... estas son formas tan extremadamente poderosas que marcan nuestras actitudes, y creo que sostenemos a menudo la historia equivocada".

El amor no resuelve diferencias irreparables, no triunfa sobre la enfermedad o no nos salva cuando nos estamos desintegrando

Ejemplos nocivos que nos hacen difícil contemplar el sentimiento desde una perspectiva diáfana. Sobra señalar que pocas relaciones siguen los patrones del ideal romántico. Con todo, tampoco cuando se reconoce la realidad de la vida en pareja, cuando el enamoramiento pasa de una intensa pasión a un sereno rescoldo, cuando ambas personas aceptan y disfrutan dicha transición, ni siquiera en tales lances, el cariño consigue vencer las circunstancias que llevan a la desgarradora separación del ser que nos completa. A veces, como señala Priebe: "La accion más grande, más cargada de amor que podemos llevar a cabo es dejarnos marchar los unos a los otros".

Querer a alguien es ayudarle a ser él mismo, y por desgracia, en no pocas ocasiones, para que el ser amado se descubra tiene que hacerlo sin nuestra compañía.

El romanticismo propone que el verdadero amor debe acabar con nuestra inconsolable soledad. Por otro lado, parece que nuestro compañero tiene que ser capaz de abarcarnos por completo. Con su prosa, desligada de adornos, en parte cruel, Priebe nos convida a contemplar la falsedad de tales pensamientos: "No siempre nos aferramos a los amores de nuestras vidas porque en el mundo real el amor no lo conquista todo. No resuelve diferencias irreparables, no triunfa sobre la enfermedad, no extiende puentes entre las brechas religiosas o no nos salva de nosotros mismos cuando nos estamos desintegrando".

A pesar de los esfuerzos y sacrificios de los enamorados, la pareja es un pacto frágil sometido a continuos reveses. Lo sublime está en su delicadeza, el milagro está en que perdure.

El último momento

Semejante reflexión nos hace toparnos con el sentimiento arrancado de sus ideales: "No llegamos a desposarnos con nuestro gran amor, a pasar nuestros años juntos, a coger su mano en su lecho de muerte después de una vida feliz transcurrida en compañía".

Enfrentarnos a una evidencia de tal calado nos deja helados, nos hace sentirnos culpables, nos puede conducir a un remordimiento asfixiante.

(iStock)
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Abandonamos a los seres más preciados en sus momentos de mayor desconsuelo, al tiempo que ellos también nos acaban dejando. Muchos pasaremos nuestro último momento sin esa compañía que haría nuestra partida más soportable, menos solitaria, más conectada a este mundo.

¿Quiénes somos para reescribir sus recuerdos, para alterar cómo nos cambiaron, simplemente porque nuestros caminos se dividieron?

Aceptarlo es el paso fundamental para ser más indulgentes con nosotros mismos. No nos comprendemos lo suficiente y negamos que todos podamos tener un punto neurótico, desequilibrado e inmaduro. Pensamos que anhelamos la felicidad, pero actos como estos desmienten tal convicción. Lo importante es valorar que no terminar con el ser amado no anula el significado de todo lo sucedido: "¿Quiénes somos nosotros para minimizar su significado, para reescribir sus recuerdos, para alterar las formas en que nos cambiaron para mejor, simplemente porque nuestros caminos se dividieron?".

Nos sentimos malditos o perversos porque una gran relación no haya llegado a buen fin. No obstante, ante la culpa y la aflicción deberíamos mostrarnos agradecidos por haber tenido la fortuna de que tales seres se hayan revelado en nuestras vidas. Haber podido aprender de ellos es una ofrenda de un valor inenarrable.

La despedida debería formar parte del prodigio del gran amor. La despedida tendría que ser la culminación de esa bendición que ha recaído sobre nosotros y con la que mucha gente no se va a ver agraciada.

El lema del mito, ese "hasta que la muerte nos separe" se hará un día más tangible, más soportable, más auténtico cuando podamos sustituirlo por una frase más humilde: un fugaz "hasta que la vida nos aleje" o un sencillo "hasta que decidamos no estar juntos".

Alma, Corazón, Vida

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