Mors certa, hora incerta

La piedra filosofal de Newton, descubierta: su receta para la inmortalidad

Un manuscrito recién salido a la luz da fe de esas preocupaciones que Newton compartía con nosotros acerca de la muerte y, sobre todo, una hipotética manera de darle de lado

Foto: 'El alquimista en busca de la piedra filosofal', de Joseph Wright de Derby. (1771)
'El alquimista en busca de la piedra filosofal', de Joseph Wright de Derby. (1771)

En una entrevista reciente con Antonio Escohotado se le preguntaba si solucionaríamos el problema de la muerte en el futuro, y el filósofo e investigador español dudaba. Es decir, pensaba que quizá fuese solucionable. En España, de hecho, un 70’6 por ciento de la población lo ha solucionado –al menos en teoría– con su adhesión a una religión organizada que promete la vida eterna en dos posibles localizaciones. El 29’4 restante seguimos con la historia a vueltas. E incluso los más sabios entre nosotros dudan. “Quizá…

Cuando hablamos del célebre Isaac Newton se nos viene a la mente sentado en actitud contemplativa bajo un manzano, con una de las frutas a punto de caer sobre su cabeza y provocar la iluminación que lo llevó a descubrir la ley de la gravitación universal. La imagen no es del todo inexacta, en realidad. Su amigo y biógrafo William Stukeley dejó constancia de una tarde en compañía del genio inglés, a la sombra de los manzanos de su jardín. “Me dijo”, escribió, “que había estado en esta misma situación cuando la noción de la gravedad le asaltó la mente. Fue algo ocasionado por la caída de una manzana mientras estaba sentado en actitud contemplativa. ¿Por qué esa manzana siempre desciende perpendicularmente hasta el suelo?, se preguntó a sí mismo”.

Los alquimistas del XVII suponían que se podía descomponer un metal en los diversos elementos que lo conformaban y después reensamblarlos

De aquella pregunta derivarían, como todo el mundo sabe, los “Philosophiae Naturalis Principia Mathematica”, donde Newton describe la citada ley y establece las bases de la mecánica clásica. No fue ese el único descubrimientos del físico y matemático inglés, uno de los mayores gigantes de la ciencia de todos los tiempos, ya que también realizó innovadores trabajos en el campo de la óptica o el desarrollo del cálculo matemático. Lo que no tantos saben, sin embargo, es que el sabio estuvo preocupado también por esa pregunta ante la que Escohotado dudaba, y que sus investigaciones al respecto siguieron un camino que la ciencia actual despreciaría: el de la alquimia.

Buscando el fin de todo

Un manuscrito recién salido a la luz da fe de esas preocupaciones que Newton compartía con nosotros. Se trata de una receta para conseguir la archifamosa “piedra filosofal”, y es la copia manuscrita que él hace de un texto alquímico anterior, escrito por otro científico renombrado de la época, George Starkey. Starkey, un químico educado en Harvard y que fue uno de los primeros científicos estadounidenses en ser publicados, escribió el texto bajo el pseudónimo de Eirenaeus Philalethes. Ahora, después de décadas en manos privadas, el texto ha sido adquirido por la Chemical Heritage Foundation de los Estados unidos.

La piedra filosofal de Newton, descubierta: su receta para la inmortalidad

En él se reflejan los primeros pasos del proceso alquímico para convertir el plomo en oro y se describe el modo de conseguir el “mercurio filosófico”, que se consideraba un elemento esencial para crear la citada “piedra”. Los alquimistas del XVII suponían que se podía descomponer un metal en los diversos elementos que lo conformaban y después reensamblar esos elementos construyendo otro metal de nuestra elección. ¿Y qué tiene que ver el oro con la vida eterna? Bien, esos alquimistas creían también que las implicaciones de la piedra filosofal iban mucho más allá del vil metal: la sustancia así denominada afectaba al alma humana, poseía virtudes curativas y podía proporcionar, incluso, la inmortalidad.

En cuanto a esa vertiente de Newton, menos conocida que la puramente científica, hay que recordar que el término “ciencia” llegó después de su época. Por entonces, a un investigador como él se lo consideraba un “filósofo natural” o “filósofo de la naturaleza”, hermoso término que nuestra sociedad disociada quizá tenga dificultades para entender. Esa “filosofía natural” era el estudio de la naturaleza y el universo físico, y fue en gran parte la precursora de la ciencia actual, y en la tradición germana, su influjo persistió durante el siglo XVIII y XIX, intentando encontrar una unidad posible entre la naturaleza y el espíritu. Filósofos de la talla de Spinoza, Goethe o Hegel estuvieron asociados a ella. Desde ese paradigma englobador y humanista, Newton dedicó mucho tiempo al estudio de la cronología bíblica o de la alquimia. Se considera que sus escritos sobre este último punto están integrados por más de un millón de palabras manuscritas, con varios cientos de documentos.

Una intención humana, muy humana

Las prácticas alquímicas pueden hacernos sonreír hoy, igual que algunas de las nuestras harán sonreír al hombre del mañana. Sin embargo, es la nuestra una sonrisa ambigua: la alquimia buscaba el oro y la inmortalidad; por lo tanto, aunque sus procedimientos nos resulten estrafalarios, sus intenciones no podrían parecerse más a las nuestras.

Para aprendices de brujo y otros curiosos, el texto íntegro del manuscrito será añadido a la base de datos online ‘The chymistry of Isaac Newton’

¿Intentó Newton conseguir la citada “piedra”? Nadie lo sabe. Sin embargo, los investigadores, conscientes de que a menudo el genio ingles usaba el anverso de sus manuscritos, han encontrado en el de este texto la anotación sobre un experimento que sí realizó: una receta para destilar un alcohol volátil a partir de mineral de plomo.

Para aprendices de brujo y otros curiosos, el texto íntegro del manuscrito será añadido a la base de datos online ‘The chymistry of Isaac Newton’ de la universidad de Indiana. Para los escépticos que prefieran morir tranquilamente a su debido tiempo, informamos de que la piedra filosofal ha inspirado también unos cuantos artefactos lúdicos de diversa gama, desde una película de la saga de Harry Potter hasta 'The Philosopher’s Stone', un recomendable doble álbum de descartes de Van Morrison, el irritable león de Belfast. Escucharlo no garantiza inmortalidad alguna, pero la tarde pasará mejor. A su manera, es alquimia.

Alma, Corazón, Vida

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