Esto es lo que aprendes cuando ayudas a los hijos de los ricos a aprobar
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ENGAÑO Y CORRUPCIÓN EN LA ÉLITE

Esto es lo que aprendes cuando ayudas a los hijos de los ricos a aprobar

Cada vez es más fácil (y habitual) que algunos estudiantes paguen a sus compañeros para que les hagan sus tareas escolares. Muchos de ellos se lo pueden permitir: son de clase alta

placeholder Foto: Cuando tienes dinero, puedes hacer que los hijos de los demás trabajan para ti, pero puedes estar perdiéndote muchas cosas. (iStock)
Cuando tienes dinero, puedes hacer que los hijos de los demás trabajan para ti, pero puedes estar perdiéndote muchas cosas. (iStock)

Pensamos en la estafa académica como algo relativamente simpático, una de esas pillerías propias de adolescentes que no hacen daño a nadie. Sin embargo, presentar un trabajo con tu firma que realmente no has escrito o copiar en un examen puede traerte muchos problemas, como ser expulsado de la universidad o acusado de plagio. Ello no quita para que sea relativamente común, ya que los adelantos tecnológicos han favorecido el engaño, tanto en los propios exámenes (ese móvil que asoma subrepticiamente) como a la hora de “buscar” información en la red.

Los casos de engaño académico, como se suelen llamar, se han sucedido en los últimos años en las universidades de élite. En el año 2012, Harvard abrió una investigación sobre 125 estudiantes que podían haber copiado en grupo en un examen final. Este mismo marzo, una carta del preboste de la Universidad de Stanford John Etchemendy alertaba sobre la abundancia de casos semejantes: “Les escribo para informarles sobre un número inusualmente alto de alarmantes alegaciones de deshonestidad académica en nuestra Oficina de Estándares este invierno”. En algunos clases, el porcentaje de implicados llegaba hasta al 20% de los estudiantes.

Eran la clase de tíos que se apuntaban a los cursos más fáciles y que invertían más tiempo en planear fiestas los fines de semana que en sus exámenes

Conviene recordar que los cómites éticos de las grandes universidades son muy estrictos con esta clase de comportamientos. “Al comienzo de la carrera a nuestros estudiantes en Stanford se les presenta el Código de Honor y aceptan acatarlo”, explica Etchemendy. “Pero con las facilidades de la tecnología y la cultura de la colaboración, los estudiantes deben reconocer y se les debe recordar que es deshonesto aprovecharse del trabajo de los demás. Violando la integridad académica se engañan en el núcleo de nuestra misión (el proceso de aprendizaje y descubrimiento) al mismo tiempo que se arriesgan a graves consecuencias”.

Dame la pasta, te doy las notas

Si los estudiantes de élite engañan, no es sólo porque lo necesiten, sino también, porque lo pueden hacer. Es la principal conclusión que se obtiene de un reportaje publicado en 'Cracked' a partir de las experiencias personales de un tal “Joe”, un estudiante de una universidad de primer nivel que reconoce haberse forrado tras hacer de negro para sus compañeros. Todo empezó un buen día que su compañero de habitación tenía unas ganas locas de jugar al videojuego Elder Scrolls V, pero sus deberes de Economía se lo impedían. La solución fue darle 50 dólares a su vecino para que hiciese por él sus deberes.

Poco a poco, Joe empezó a ganarse una clientela fiel entre sus más agraciados compañeros gracias al efecto boca oreja que favorece la vida en las hermandades estudiantiles. “Eran básicamente una mezcla de niños ricos malcriados e irresponsables colegas de fraternidad”, explica en el artículo. “Eran la clase de tíos que se apuntaban a los cursos más fáciles y que invertían más tiempo y esfuerzo en planear fiestas temáticas los fines de semana que en sus exámenes. La mayor parte de mis clientes eran la clase de chicos que creen que pueden solucionar cualquier problema aflojando un poco de dinero, los tipos que probablemente nunca han tenido que hacer nada por su cuenta”. En definitiva, el lado oscuro del simpático rostro bonito de los chicos ricos.

¿Puede el dinero comprarlo todo? Eso parecían pensar los compañeros de Joe, que pronto se vio impelido a subir sus tarifas al ver que estaban dispuestos a pagar lo que hiciese falta. En unas semanas se vio cobrando 100 dólares por un trabajo de 1.000 palabras. Gracias a su posición privilegiada, comenzó a escribir sus propias reglas. Nada de prisas, por ejemplo: si el encargo debía realizarse rápido, era rechazado. Pura ley de la oferta y la demanda.

Cómo copiar sin que te pillen

Si quieres que tu negocio funcione, no te basta con encontrar clientes, sino que debes ofrecer un buen producto si no quieres perderlos. No cumplir los plazos o vender un trabajo suspenso equivale a perder a un usuario que muy probablemente pida enfurecido que le devuelvas el dinero, recuerda Joe. De ahí que elaborase complejas maneras de hacer que su negocio funcionase siempre, incluso aunque se escapasen de las especialidades del estudiante. En la mayor parte de casos no le exigían más que un aprobado raspado. Una petición en consonancia con su regla de oro, que es que los trabajos no deben ser excesivamente buenos, para no levantar ninguna sospecha entre los correctores.

Pagar a alguien para que haga los exámenes por ti es como pagar a alguien para que se coma tu comida

¿Cómo conseguía Joe salirse con la suya una y otra vez? Su proceso era el siguiente. En primer lugar, echaba un vistazo a los criterios de evaluación del profesor, para saber a qué atenerse. Acto seguido, preguntaba al cliente si tenía apuntes de clase o un PowerPoint que sirviese de base para el trabajo. Y, por último, se documentaba. Pero nada de comprar libros de texto o ir a la biblioteca para ojearlos, señala Joe: “La mayor parte de material la puedes encontrar en internet”. Su principal fuente era, de hecho, Google Scholar, la versión académica de Google.

Su método implicaba también tener mucho cuidado con los trabajos, en concreto, con su presentación y redacción, que debía encajar con las entregas previas de sus compañeros. “Una pregunta que siempre le hacía a mis clientes era si ya habían escrito algo para ese profesor”, explica Joe. “Si la respuesta era 'sí', entonces les pedía lo que hubiesen hecho para poder imitar su estilo”. La clave se encuentra en emular los errores del alumno, tales como las subordinadas incorrectas, los infinitivos partidos o la mala utilización de las comas, ya que definen mejor el estilo de un estudiante que los aciertos.

No obstante, Joe tiene una moraleja para todos sus compañeros: “Diría que el conocimiento que obtuve como resultado de mi empresa tuvo un mayor impacto en mi vida que el dinero que gané”. Ah, la ironía. El estudiante asegura que todo lo que ha aprendido sobre cine japonés, economía y filosofía le hizo llegar a la conclusión de que los deberes no son una mera herramienta para torturar a los estudiantes, sino que, al fin y al cabo, sí que sirven para algo. Por eso, plantea una metáfora final: pagar a alguien para que haga los exámenes por ti es como pagar a alguien para que se coma tu comida.

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