combatiendo la inmortalidad del cáncer

Los superpoderes genéticos del cáncer, al descubierto: la historia de las células HeLa

Encontrar una cura para el cáncer es la fuerza motriz de la genómica, pero nada habría sido posible sin las células extraídas de un tumor de Henrietta Lacks

Foto: Micrografía electrónica de barrido de una célula HeLa apoptótica. (NIH)
Micrografía electrónica de barrido de una célula HeLa apoptótica. (NIH)

Henrietta Lacks nació el 1 de agosto de 1920 en Virginia. No era un buen lugar ni una buena época, para ser negra y mujer. Desde niña trabajó en las plantaciones de tabaco del Estado, tal como habían hecho sus antepasados, aunque al menos ella era libre. Se casó con un primo suyo, emigraron a Baltimore, y tuvo cinco hijos.

En 1951, con sólo 30 años, su vida se truncó. Acudió al Johns Hopkins Hospital, el único centro de la zona que atendía a los afroamericanos, con un intenso dolor en el vientre que, pensaba, se debía a un nuevo embarazo. Los médicos descubrieron enseguida que se trataba de un virulento cáncer de cuello uterino. Murió sólo unos meses después, a los 31 años, pero sin que fuera consciente de ello cambió para siempre la historia de la investigación del cáncer.

Antes del fallecimiento de Lacks, tras una biopsia rutinaria, el doctor George Otto Gey tomó una muestra de sus células tumorales y elaboró con ellas un cultivo experimental. Era la primera vez que se lograban cultivabar in vitro células humanas. Pero no eran unas células normales: las células de Henrietta Lacks, bautizadas desde entonces como células HeLa, eran inmortales.

Los cánceres son tan peligrosos porque alcanzan la inmortalidad. No mueren porque adquieren superpoderes

Estas células marcaron un antes y un después en la investigación del cáncer y la salud en general. Otto Gey donó gratuitamente a todos los científicos que lo solicitaron tanto los cultivos celulares como las herramientas y procesos que su laboratorio desarrolló.

En la actualidad se calcula que se han realizado en torno a 74.000 estudios científicos utilizando las células HeLa que han contribuido, entre otras muchas cosas, a desarrollar las vacunas contra la polio y el virus del papiloma humano, la fecundación in vitro, buena parte de las técnicas de biomedicina y genética moderna y, claro está, muchos de los tratamientos actuales contra el cáncer.

¿Podrá la genética librarnos del cáncer?

Como explican los científicos Dawn Field y Neil Davies en su nuevo libro Biocode: The New Age of Genomics (Oxford University Press) “encontrar una cura para el cáncer es la fuerza motriz de la genómica. En ninguna parte se están vertiendo más esfuerzos por entender los procesos del cambio genético”.

Solemos hablar del cáncer como una enfermedad única, cuando en realidad hay cientos de cánceres distintos. El cáncer puede surgir en cualquier tipo de célula y el ser humano tiene unas 200 distintas. El Consorcio Internacional del Genoma del Cáncer reúne todos los genomas descifrados hasta la fecha de diferentes tumores, individuos y tejidos. Pero esto es sólo la punta del iceberg.  Y nada habría sido posible sin las células de Henrietta Lacks.

Gracias al cultivo de las células HeLa los investigadores descubrieron la principal característica que comparten todos las células cancerígenas. “Los cánceres son tan peligrosos porque alcanzan la inmortalidad”, explican Field y Davies. “No mueren porque adquieren superpoderes”.

Cada vez que una célula normal se divide, debe duplicar su material genético, el ADN, que está empaquetado en los cromosomas. Pero cada vez que ocurre esto, el extremo de los cromosomas, los telómeros, se acortan. Llegado a un punto el telómero es demasiado estrecho y la célula deja de dividirse o muere. Este fenómeno, responsable del envejecimiento biológico de todos nosotros, no tiene lugar en las células cancerígenas.

Las células de un cáncer proliferan sin control, y por tanto se dividen mucho, sin que sus telómeros se acorten sustancialmente. Son, en esencia, inmortales. Pero las células tumorales de Lacks son especialmente poderosas. Mientras permanezcan en un ambiente adecuado, pueden dividirse un número ilimitado de veces. Su adaptabilidad y su capacidad de supervivencia son tales que son capaces de contaminar otros cultivos celulares presentes en los laboratorios, lo que ha dado al traste con muchísimas investigaciones. Son, en definitiva, una “mala hierba”, imprescindible para la investigación, pero con la que hay que tener muchísimo cuidado.

Las células HeLa, descendientes todas ellas del tumor de Lacks, se han dividido tanto que hoy su número total excede con mucho al número total de células que llegaron a estar presentes en el cuerpo de la afromericana de 31 años que cambió para siempre, y sin saberlo, la investigación médica.

Henrietta Lacks en una de las pocas fotos que se conservan de ella.
Henrietta Lacks en una de las pocas fotos que se conservan de ella.

Una gran polémica

Dada la importancia de las células HeLa, era inevitable que los científicos trataran de descifrar su genoma completo. En marzo de 2013, el doctor Lasrs Steinmetz, del Laboratorio Europeo de Biología Molecular (EMBL), publicó el genoma completo de las células.

Como explican Field y Davies, “la secuencia del genoma proporciona la visión más detallada hasta la fecha del caos genético que caracteriza a estas células cancerígenas y, en menor medida, a todos los cánceres. El genoma de las células HeLA está repleto de copias extra de los cromosomas, y plagado de errores. Hay grandes segmentos del ADN cuyo orden se ha alterado, y no es el habitual de los seres humanos sanos. Alrededor de 2.000 genes están expresados a niveles superiores de lo que es habitual en los tejidos humanos normales”.

La publicación del genoma de las células HeLa provocó una gran polémica. Apenas una semana después de compartirlo con la comunidad científica el EMBL se vio obligado a retirarlo: nadie había consultado a la familia de Lacks sobre su publicación. Y a estos no les hizo ninguna gracia. Parte del material genético que ahora estaba a la vista de todos revelaba información sensible para los descendientes de Lacks, de los que todo el mundo podía saber si tienen una mayor propensión a sufrir cáncer, un infarto o cualquier otra enfermedad que desvelen los genes.

Todos debemos reconocer a Henrietta Lacks y su familia como unos de los grandes filántropos de nuestro tiempo

Cuanto el doctor Otto Gey cultivó las células tumorales de Lacks ni se le pasó por la cabeza pedir permiso a su familia para hacerlo. Los descendientes se enteraron de que las células de Henrietta estaban usándose en laboratorios de medio mundo 25 años después, cuando los científicos se preocuparon por localizarles ya que necesitaban obtener su ADN para ampliar la información sobre el cultivo. Hay que decir a favor de Otto Gey que en aquella época no se acostumbraba pedir ningún permiso, pero han pasado más de 60 años y las cosas han cambiado.

En agosto de 2013, seis meses después de la primera publicación, los científicos llegaron a un acuerdo con los descendientes de Lacks. Los investigadores que quieran acceder a esta información tienen que pedir permiso a un consejo formado por científicos y representantes de la familia, que revisa las solicitudes e impone condiciones para el uso de los datos. La familia no pidió compensación económica alguna para ceder los genes.

Cuando se llegó al acuerdo, el líder del Proyecto del Genoma Humano, Francis Collins, se mostró muy agradecido por la disposición de la familia Lacks: “Todos debemos reconocer a Henrietta Lacks y su familia como unos de los grandes filántropos de nuestro tiempo teniendo en cuenta su contribución al avance de la ciencia y la salud”.

Los genes de las células de Lacks pueden tener la llave para entender nuestro genoma y acabar con el cáncer. Pero ella nunca sabrá lo importante que fue su contribución. Al menos hoy sabemos quién fue la persona que cambio para siempre la investigación de la enfermedad que más nos preocupa a todos.

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