la segunda batalla de la reconquista

Los cántabros en pie de guerra: cuidado, gente con muy malas pulgas

Los discípulos de Mahoma no ganaban para sustos. Los pueblos del norte peninsular, generosos a la hora de repartir, les daban a los sarracenos demasiadas oportunidades de irse al otro barrio

Foto: Recreación de un guerrero cántabro. (guerrascantabras.net)
Recreación de un guerrero cántabro. (guerrascantabras.net)

Vinieron. Ellos tenían la Biblia y nosotros teníamos la tierra. Y nos dijeron: “Cierren los ojos y recen”. Y cuando abrimos los ojos, ellos tenían la tierra y nosotros teníamos la Biblia.

–Eduardo Galeano

In memoriam.

En honor a las gentes del norte, y hablando en su conjunto, el principio de resistencia contra el invasor sarraceno no fue patrimonio exclusivo de los irreductibles astures, ni Covadonga el único núcleo de resistencia frente al invasor. En la zona gallega aledaña a la Asturias actual, los locales se batían en escaramuzas que se saldaban favorablemente siempre y cuando se dirimieran dentro de los límites de los mágicos, y en ocasiones tenebrosos bosques autóctonos. Por su lado, los cántabros, que tantos disgustos habían causado a la mismísima Roma, habían batido por aquel entonces a un fuerte contingente de la afamada caballería árabe en el angosto bastión natural configurado por el desfiladero de La Hermida y, al tiempo, en el amplio, impermeable e imponente frente natural que constituía lo que fue la foresta del actual País Vasco. Cuentan las crónicas alfonsinas que una importante fuerza expedicionaria compuesta por un millar de turbantes había sido engullida por los vástagos de Amaya e inventores de la txapela.

La batalla de Covadonga se ha magnificado en el imaginario colectivo –y no sin razón– por su papel crucial como detonante en la larga lucha de lo que se podría llamar sin rubor la epopeya de La Reconquista.

También sería considerado decir que los musulmanes no conquistaron España, sino que les fue pacíficamente entregada con la salvedad de un par de batallas pésimamente planteadas. Una enorme masa de sus habitantes abrazó masivamente el islam por pura conveniencia, que no por convicción. Los siervos que estaban atados a la tierra casi como esclavos, al abrazar el islam, quedaban encuadrados en la categoría de libertos, y aunque seguirían currando de sol a sol, tenían el sudor más oxigenado. Los judíos más reacios a las nuevas tecnologías conseguían los mismos derechos que cualquier cristiano y sólo los vinculaba un laxo impuesto religioso.

Los campesinos, abrumados por onerosos impuestos, no movieron un dedo en favor del 'establishment' godo

En dos años, la monarquía goda se había volatilizado de la faz de la tierra, y un país poblado por cerca de cuatro millones de hispano-romanos y godos se habían sometido casi sin resistencia a un ejército de no más de cuarenta mil guerreros altamente motivados y bien organizados. Allah estaba de su parte, de momento.

¿Por qué ocurrió así y no de otra manera? Se explica porque la masa crítica de la población, los paupérrimos campesinos abrumados por onerosos impuestos, no movieron un dedo en favor del establishment godo; peor de lo que estaban no podían estar con sus nuevos amos. Además, los invasores pactaron con la aristocracia witiziana y con los jerarcas purpurados a los que permitieron conservar sus haciendas y privilegios. Condes y obispos continuarían al frente de sus gobernanzas y de sus diócesis mientras que la organización jurídica del Estado godo se mantendría intacta.

Conclusión, que los adláteres de Mahoma se dieron cuenta que de seguir rebanando cuellos a destajo, se quedaban sin contribuyentes.

Desfiladero de La Hermida. (Frobles)
Desfiladero de La Hermida. (Frobles)

Prende la resistencia

Cerca de los Picos de Europa hay un hachazo de la divinidad en un territorio infértil y escarpado, llamado el Desfiladero de La Hermida. Contemplar su belleza natural nos garantiza un acercamiento a la obra del creador en un día inspirado. Mientras en su seno el río Deva continua su trayectoria hacia el mar, imponentes encinas se aferran de manera incomprensible a la roca caliza en un maridaje infrecuente en las estrictas leyes de la naturaleza.

En este enriscado lugar gravitan importantes hechos de armas de la historia de España. Durante las guerras de Roma contra los levantiscos cántabros, astures y vascones, los aborígenes se veían obligados a refugiarse en la llamada tierra del Vindius que con el tiempo devendría en Lavinia y más tarde en Liébana. Muchos de sus incombustibles defensores ajenos a las propuestas de una Hispania romanizada acabarían con sus vidas en un trágico suicidio colectivo en la zona que hoy se conoce como Peña Sagra. Este testimonio heroico de quienes no se quisieron someter a la Pax Romana yace con sus ecos entre las angostas simas del lugar y en la memoria de los actuales habitantes de esta bella comunidad montañesa.

Pero lo que pone en el mapa rotundamente a Liébana será otra de las olvidadas batallas en las que se asentó la aventura de la Reconquista. Según cuenta el gran Sánchez Albornoz, la batalla de Covadonga sólo fue un primer encuentro, tras el cual los sarracenos que andaban por la península como Pedro por su casa habrían buscado la huida a través de los Picos de Europa.

Deberíamos poner en valor nuestra Reconquista y darle el rango de nacimiento de la nación española, y no en 1492 ni en 1812 como viene siendo dado

El caso es que, cuando dejan de corretear por la zona y deciden dar el parte a Munuza, a la sazón gobernador de León, embocan el río Deva, donde al parecer el Dios de los cristianos entre bostezo y bostezo en medio de una de sus dilatadas siestas cósmicas se despierta iracundo y remueve un 'argayo', provocando el hundimiento de la Peña de Subiedes y por extensión la total destrucción del ejército musulmán que casualmente pasaba por ahí. Huelga decir que el regocijo de los locales fue inmenso y, en un ataque de euforia incontrolada, les arrearon unas cuantas pedradas adicionales para rematar la faena. Este hecho alimentaría inmediatamente después de la acción de Covadonga el segundo acto de la Reconquista. Ya advertía de manera premonitoria la Chronica Visigothorum de Alfonso III, que la zona en cuestión estaba habitada por gentes con malas pulgas…

Los discípulos de Mahoma no ganaban para sustos. Los pueblos del norte peninsular, generosos a la hora de repartir, les daban a los sarracenos demasiadas oportunidades de acceder a la gloria. Muy alejado del mito, este correctivo a los invasores está bastante documentado.

Estas dos derrotas infligidas a los musulmanes en Covadonga y La Hermida no tuvieron mayor  transcendencia para los estrategas de Damasco y sus franquiciados locales, y se cree a día de hoy que no pusieron mucho énfasis en insistir en la ocupación de los territorios del norte por lo que a la vista de sus ojos militares, y en aquel entonces, eran tierras de una pobreza notable. Quizás el principio del largo fin esté fundamentado en que los mahometanos no hicieron los deberes correctamente. Se instalaron en las zonas rentables económicamente y permitieron recuperarse a los reinos de las montañas, lo que a medio y largo plazo sería su perdición.

Quizás deberíamos poner en valor nuestra reconquista y darle el rango de nacimiento de la nación española, y no en 1492 ni en 1812 como viene siendo dado. Aquellos años severos en los que los restos de la aristocracia visigoda y los pueblos del norte se unieron para formar los primeros núcleos de resistencia configuran ocho siglos de esfuerzo colectivo para la recuperación de la España perdida.

El haber culminado ochocientos años después en Granada un cierre de etapa no presupone que los derrotados fueran los malos, ni peores. Somos una nación forjada en una cultura de fusión y esto lo deberíamos tener siempre presente.

España, una apuesta de todos.

P.D. Desde estas líneas, un sentido pésame por la muerte del hispanista británico Raymond Carr, un inglés con sangre española.

Alma, Corazón, Vida

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