LA HISTORIA DE LOS FLASH BOYS

Tres estrategias para ganar mucho dinero (a base de quitárselo a los demás)

Hay pocos libros que se hayan atrevido a encajar idea y práctica en el mundo de la inversión. Y "Flash Boys", de Michael Lewis, es el mejor de todos ellos

Foto: El escritor Michael Lewis. (REUTERS/Lucas Jackson/Files)
El escritor Michael Lewis. (REUTERS/Lucas Jackson/Files)

Vivimos en un mundo virtual, apegados a las grandes palabras, y parece que nos molesta descender un escalón e ir a ver cómo funcionan las cosas en realidad. Nos ocurre con la democracia, que todos defendemos, pero parece que nos molesta bajar a tierra y fijarnos en lo que pasa cotidianamente en lugar de seguir reconfortados en su arquitectura teórica. Estamos en un momento en que más allá de inventarnos nuevos sistemas políticos, hace falta que este, el de aquí y ahora, se adecúe a lo que promete. Y todavía en la política, con los recientes escándalos, parece que esa necesidad está penetrando, pero todavía falta mucho para que eso ocurra en otros terrenos. El financiero es uno de ellos.

Hay pocos libros que se hayan atrevido a encajar idea y práctica en el mundo de la inversión.. Está ¡Huy! Por qué todo el mundo debe a todo el mundo y nadie puede pagar (Ed. Anagrama), de John Lanchester, también El índice del miedo, de Peter Harris, una novela muy bien documentada sobre máquinas, algoritmos y ordenadores, y está, desde luego, el libro de moda, Flash Boys, de Michael Lewis, (Ed. Deusto) una fascinante y precisa crítica a las prácticas inversoras de los últimos años.

Hay unas reglas para el común de los mortales y otras para una pequeña minoría que se aprovecha de las limitaciones del resto

Lewis lo dice explícitamente en el libro: “El mundo se aferra a la vieja imagen del mercado bursátil porque resulta tranquilizadora y reconfortante, porque es extremadamente difícil imaginar aquella que lo ha sustituido y porque los pocos que son capaces de explicártelo no tienen ningún interés en que la gente lo entienda”.

El día a día del mercado financiero

Dice Lewis que a lo largo de la última década han cambiado los mercados financieros con la suficiente rapidez como para que nuestra idea no se ajuste a la realidad. “Apuesto a que la imagen que tiene en la cabeza la mayoría de la gente sigue siendo una en la que todavía aparecen seres humanos”. Ordenadores, software, líneas de altísima velocidad, programas funcionando y tomando decisiones por sí mismos, incluso más allá de la voluntad de los humanos, constituyen el día a día de los mercados financieros.

Pero los cambios más relevantes no estriban, desde luego, en la tecnología, sino en las lógicas que la dirigen. Lewis cuenta con detalle y con mucho oficio en Flash Boys cómo opera la mentalidad imperante, en los mercados. Lo hace centrándose en el high frequency trading u operaciones de alta frecuencia, pero no es lo importante. Y no lo es, siendo el núcleo del libro, porque a su través podemos entender cómo estas prácticas son fruto de una mentalidad nociva que ha ido impregnando las acciones cotidianas, pero que cuando eran recriminadas se defendían como si se estuviera atacando al mercado en sí. Pero esto no tiene nada que ver con un entorno libre, en el que cada operador toma las decisiones que prefiere, que cuenta con información transparente y donde da igual el tamaño que tengas para conseguir los resultados que pretendes, siempre y cuando tengas buenas ideas, como dicen sus defensores, sino con un mundo mucho más tétrico.

Evitar el riesgo

Hablamos de dos cambios fundamentales. El primero tiene que ver con una de los aspectos ineludibles de toda apuesta, como es el riesgo (perdonen la cita, pero algo de esto cuento en El fin de la clase media). Y como esa es la principal característica de los mercados, la mayor aspiración de sus operadores ha sido construir instrumentos, desde técnicas de inversión hasta algoritmos, que pudieran predecirlos. Sólo que no se han quedado ahí, tratando de adivinar la lógica siempre esquiva de las decisiones individuales múltiples, sino que a menudo han apostado por inventarse sistemas que les asegurasen definitivamente contra el riesgo, con consecuencias nefastas. Ocurrió con la fórmula Black-Scholes, que dio lugar a quiebras como las de Long Term Capital Management, y con la inventada por David X. Li en su artículo On Default Correlation: A Copula Function Approach, que hizo creer a los operadores que podían invertir en productos financieros muy complejos, como los CDO (Obligaciones de deuda colateralizada) y los CDS (Credit Default Swaps), sin ningún riesgo. Eso les llevó a cerrar los ojos al peligro, de forma que compraron paquetes de hipotecas de mala calidad, los reunieron en un pool y los dividieron en unidades que luego vendieron a inversores pensando que nada podía fallar. Así nació la crisis financiera que todavía arrastramos.

Podían comprar a 79,99 acciones que quería un inversor, y vendérselas a 80,01 en todos los demás mercados antes de que los precios oficiales tuviesen tiempo de cambiar

Después de eso, encontraron algo todavía mejor. Si las fórmulas matemáticas no les protegían contra el desastre, algo tenía que haber que les viniese bien. Y descubrieron algo que siempre ha estado ahí: si juegas con las cartas marcadas no puedes perder. Esto es lo que tratan de hacer todo el tiempo los operadores de alta frecuencia, según Lewis, que describe así sus tres principales estrategias:

Así ganan dinero los operadores de alta frecuencia

1. Ventajismo electrónico. Obtienen información privilegiada sobre lo que un inversor estaba tratando de hacer en un mercado y le ganan la carrera hacia los siguientes mercados. Al llegar antes, pueden operar con ventaja.

2. Arbitraje con primas. Se sirven de la nueva complejidad para apropiarse de los pagos ofrecidos por las bolsas sin llegar a proporcionar realmente la liquidez que dichos pagos supuestamente pretendían alentar.

3. Arbitraje de mercado lento. Es el más extendido, y tiene lugar cuando un operador de alta frecuencia es capaz de ver el precio de un tipo de acciones en un mercado y explotar las órdenes de otros mercados antes de que estos fuesen capaces de reacción al cambio. Podían comprar a 79,99 acciones que un inversor quería adquirir, y venderlas a  80,01 en todos los demás mercados antes de que los precios oficiales tuviesen tiempo de cambiar. Esto, afirma Lewis, ocurría todos los días y a todas horas, y generaba más miles de millones de dólares al año que las otras dos estrategias combinadas.

Hay una sensación creciente de que la gente del sistema financiero puede hacer un montón de dinero haciendo mucho daño y sin proporcionar ningún valor. Hay una idea muy corruptora según la cual hacer eso está bien

Estas empresas, por tanto, sin asumir ningún riesgo y manejando información y velocidad, conseguían ganar enormes fortunas a base de, como afirma Lewis, cobrar una especie de impuesto sobre el capital. El resultado final es llamativo, porque muchas empresas, operando con esta lógica, descubrieron que era mucho mejor y mucho más provechoso hacer las cosas mal que hacerlas bien. En palabras de Lewis, “hay una sensación creciente de que la gente del sistema financiero puede hacer un montón de dinero haciendo mucho daño y sin proporcionar ningún valor. Y hay una idea muy corruptora según la cual hacer eso está bien”.

“Si eres un inversor normal y corriente, estás indefenso”

Lo que pone de manifiesto esta situación va más allá del high frequency trading y de las mismas operaciones financieras. En este sistema, una de las prácticas más lucrativas es la de la excepción, esto es, la de dibujar unas reglas para el conjunto de los mortales, y otras especiales para una pequeña minoría que puede aprovecharse de las limitaciones del resto. Esto es lo que hace decir a Lewis que “si eres un inversor normal y corriente, estás prácticamente indefenso”.

Quizá sea hora ya de darnos cuenta de que entre la teoría y la práctica hay a menudo todo un mundo, y de que lo esencial es saber qué se está haciendo realmente. A veces nos perdemos en los conceptos y en las ideas y no bajamos a la tierra para saber en qué se concretan de verdad. Estas lógicas del riesgo y de la excepción son dos buenos ejemplos. Por desgracia, no son los únicos. 

Alma, Corazón, Vida
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