SEGÚN JOSÉ MARÍA CARRASCAL

Las claves de la felicidad que descubrimos al cumplir los 80 años

Al cumplir cierta edad empezamos a ver la vida de otra manera, o más bien, empezamos a tener claras ciertas cosas. Después de medio siglo persiguiendo

Foto: José María Carrascal durante una firma de libros. (Alejandro Slocker/CC)
José María Carrascal durante una firma de libros. (Alejandro Slocker/CC)

Al cumplir cierta edad empezamos a ver la vida de otra manera, o más bien, empezamos a tener claras ciertas cosas. Después de medio siglo persiguiendo la última noticia, José María Carrascal (El Vellón, Madrid, 1930) echa la vista atrás en su libro  El mundo visto a los 80 años (Espasa). Aunque el volumen está plagado de reflexiones sobre política y periodismo, Carrascal se detiene también a hablar de la felicidad. Este es un extracto del capítulo en que refleja sus opiniones sobre esta.

¿Qué es la felicidad? De atenernos a la definición clásica, diríamos que es la satisfacción corporal y espiritual con el estado en que nos encontramos. Una satisfacción que disminuye por sí sola, al ser tendencia humana el desear siempre más. Un millonario podría sentirse infeliz por no ser billonario, y un subdirector por no ser director, casos que se dan con más frecuencia de lo que parece, aunque los cínicos advertirán que siempre será mejor ser millonario y subdirector que insolvente y en paro. Lo que es verdad, pero no nos contesta a la pregunta de qué es la felicidad.

El estar satisfecho con el trabajo supera incluso a la satisfacción con la vida familiar

¿Por qué no buscamos en la otra esquina?: ¿qué nos hace infelices? La mayor parte de las veces, el no poder tener aquello que deseamos. Así, la cosa resulta mucho más sencilla: la mejor forma de no ser infeliz es no desear aquello que sabemos que no podemos obtener. Sin llegar a la ataraxia o ausencia de todo deseo, el limitarlos es un buen camino para evitar frustraciones, que suelen ser la causa principal de la infelicidad. Pero, también corremos el peligro de que, eliminando todo deseo, quitemos a la vida todo propósito.

El termómetro de la felicidad

Los norteamericanos, hombres prácticos donde los haya, han inventado un “termómetro” de la felicidad. Desde 1972, el Instituto de Ciencias Sociales de Chicago viene haciendo cada dos años una amplia encuesta en todo el país para medirla a base de preguntar a los elegidos como típicos de la entera ciudadanía si se sienten “muy felices”, “bastante felices” y “no muy felices”. Y lo más curioso es que los porcentajes de los tres grupos apenas han variado en estos cuarenta años, pese a lo mucho que han cambiado las circunstancias. Un tercio se considera muy feliz; la mitad, bastante feliz, lo que deja un 15 por ciento de no muy felices.

A la pregunta de qué trae la felicidad, el estar satisfecho con el trabajo supera incluso a la satisfacción con la vida familiar en el primer puesto, lo que advierte de la importancia que entre los norteamericanos tiene la profesión y el éxito en ella. Curiosamente, el dinero en sí no es el factor decisivo. Y más curioso todavía: el porcentaje de conservadores felices es mayor que el de izquierdistas, entre los que solo uno de cada cinco se declara muy feliz, lo que puede atribuirse a la tendencia de la izquierda a la utopía, difícil de hallar en este mundo.

También las mujeres en general se muestran más felices que los hombres, aunque –y este es uno de los pocos datos que varía en la encuesta– sus porcentajes se van igualando. Lo que advierte que su revolución, como todas, no ha sido un billete hacia la felicidad. Hacia la libertad, sí; pero la libertad, como todos los bienes, hay que pagarla. En este caso, con la felicidad.

Doy todos estos datos con las reservas que mantengo hacia las encuestas, tras haber comprobado que, por muy “científicas” que sean, cometen errores tremendos, más cuando versan sobre un asunto tan personal como este. ¿A quién no le gusta reconocer que no es feliz? Así que tómenla con toda clase de precauciones.

La felicidad llama pocas veces

Estamos ante algo elusivo, íntimo, recóndito y, desde luego, distinto para cada persona. Hay quien encuentra la felicidad en ayudar a los demás, en verles felices. Y hay, desgraciadamente, quien sólo es feliz viendo sufrir a los otros. Hay quien se siente feliz recordando los momentos felices del pasado, y hay a quien esos momentos le llenan de melancolía, cuando no de tristeza.

Siempre encontraremos, afortunadamente, un consuelo, un rayo de luz en medio de las peores tribulaciones

En lo que coincidimos todos es en que la felicidad es breve; dura, a veces, solo unos instantes, por lo que conviene aprovecharlos al máximo, y a estas alturas me pregunto si la verdadera felicidad no estará en buscarla, ya que una vez encontrada se disuelve en nuestras manos como un ente impalpable. Y de lo que estoy seguro es de que, en este mundo y esta vida, no puede ser eterna. Es más, de prolongarse, podríamos acostumbrarnos a ella no dándole importancia y terminar detestándola. Por lo que la infelicidad total tampoco se da. Siempre encontraremos, afortunadamente, un consuelo, un rayo de luz en medio de las peores tribulaciones.

El que no puede garantizar la felicidad es el Estado, pese a que todos ellos presumen de ofrecérnosla. La Constitución norteamericana incluso promete a sus ciudadanos the pursuit of happiness, la búsqueda de la felicidad. Pero quienes la escribieron no se atrevieron a decir que iban a encontrarla. Mientras que los padres de nuestra primera Constitución, la de 1812, la impusieron por decreto, al disponer, en su famoso artículo 6, que los españoles serán “justos y beneficiosos”. Así de espléndidos eran y son nuestros políticos.

La felicidad, en fin, llama pocas veces a nuestra puerta a lo largo de la vida. Y se aleja rauda, como una sombra o un rayo. Pero esos momentos son tan plenos, tan intensos, tan rotundos, que solo por ellos merece la pena haber vivido.

Quien quiera más, tendrá que esperar. O desesperar. 

Alma, Corazón, Vida
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