Las leyendas sobre sexo que debes conocer (como las fiestas arcoíris)
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LOS JÓVENES NO SON TAN SALVAJES

Las leyendas sobre sexo que debes conocer (como las fiestas arcoíris)

¿Sabe usted dónde está su hijo? Los padres piensan que sus retoños viven en un continuo y precoz frenesí sexual, pero la realidad es muy diferente

Foto: A pesar de modas ocasionales como el 'aftersex', los jóvenes son más conservadores respecto al sexo que hace 20 años. (Corbis)
A pesar de modas ocasionales como el 'aftersex', los jóvenes son más conservadores respecto al sexo que hace 20 años. (Corbis)

¿Sabe usteddónde está su hijo en este momento? La célebre pregunta popularizada entre varias generaciones de hispanohablantes –fue parte central de una campaña de concienciación en la Argentina de finales de los 70– aún tiene vigencia. Los padres de hoy en día tienen la sensación de que sus hijos están expuestos a cantidades ingentes de contenidos pornográficos, que sus costumbres están marcadas por una precoz sensualidad y que Miley Cyrus ha conseguido que legiones de menores de edad se arrastren por los colegios haciendo twerking.

Una visión que nada tiene que ver en la realidad, como explican el profesor de sociología Joel Best y la profesora de justicia criminal Kathleen A. Bogle en Kids Gone Wild (New York University Press), en el que desmontan algunos de los mitos más difundidos sobre la sexualidad juvenil. No se trata solamente de que los nacidos en los años noventa o en adelante no pasen su adolescencia en fiestas sexuales y enviándose fotografías sugerentes, sino que los autores afirman que son más conservadores que las generaciones precedentes. Los datos hablan por sí mismos: en los institutos americanos hay menos adolescentes sexualmente activos que en los años noventa, y si bien hay más contenidos sexuales a su disposición, los autores consideran que los jóvenes son más pacatos que hace 20 años, como explican en una entrevista con Salon.

La preocupación de los padres por lo que hacen sus hijos no es nada nueva. Ya fuese el maquillaje, la minifalda o la música rock, el mundo fuera del hogar ofrecía incontables perversiones. Ahora, el temor a que sea un pederasta o un secuestrador el que se lleve a nuestros hijos ha sido sustituido por el miedo a la corrupción que puede causar la influencia de otros jóvenes. De igual manera que la pequeña Hannah Montana se convirtió de la noche a la mañana en la lasciva Miley, nuestro hijo puede convertirse en un ser hipersexual de la noche a la mañana. A todos les conviene ese miedo: a los medios de comunicación, porque les ayuda a vender. A los colegios, porque legitima sus medidas de seguridad. A los propios jóvenes, porque es un cotilleo muy jugoso que les da la posibilidad de chismorrear sobre sus compañeros.

Ello se traduce en la aparición de ciertas prácticas relacionadas con el sexo que, apuntan sus autores, cumplen todas las características de las leyendas urbanas. Es decir, se trata de historias cuyo origen es difícil de trazar y que, a medida que se difunden, cambian poco a poco. Difícilmente puede probarse tanto su falsedad como su veracidad, y en muchas ocasiones, la gente afirma que aunque no la han vivido de primera mano, conocen a alguien que sí ha participado en dichas actividades. Pero, ¿cuáles son las tres leyendas urbanas más populares?

Un bonito e infantil nombre, si se desconoce su origen. Como apuntaba en 2005 un artículo publicado en The New York Times, en las fiestas arcoíris, un grupo de chicas pinta sus labios con pinturas de diferentes colores antes de practicar sexo oral a un chico. El resultado cromático en el miembro viril del joven explica lo de “arcoíris”. Esta historia saltó a la fama cuando Oprah Winfrey habló de ella en su programa, y millones de familias a lo largo y ancho de todo Estados Unidos creyeron en su autenticidad. La primera referencia se encuentra en el libro de Meg Meeker Epidemic: How Teen Sex Is Killing Our Kids, publicado en el otoño de 2002 por Regnery Publishing. En él, la autora aseguraba conocerlo de oídas.

De ahí, el reto saltó a la ficción, como en la novela de Paul Ruditis Rainbow Party (Simon Pulse, 2005). Pronto se dejó de distinguir entre realidad y literatura, a medida que empezaba a extenderse de Canadá y Estados Unidos a otros países anglófonos como Reino Unido o Australia. Winfrey, como figura de autoridad que es, lo cambió todo. Pronto comenzaron a unirse a ella otras figuras de la comunicación como Matt Lauer, que afirmó que no dejaría salir a su hija de su casa hasta que cumpliese los 20. Sin embargo, se trata de una leyenda urbana que no ha sido tan extendida como la del bracelete sexual.

Si su hija lleva un bracelete en el brazo, fíjese en su color. Si es rosa, quiere decir que deja abrazarse. Si es azul, que dejará abrazarse mientras la tocan el trasero. Si es roja, que se puede besar. Y así, ad nauseam, hasta el morado, según el cual, estaría dispuesta a practicar sexo oral. Aunque depende del código que se consulte. Según otras páginas, el azul es el color del sexo oral, mientas que el rojo significa que está dispuesta a realizar un striptease. En otras ocasiones, el color no significa lo que estás dispuesta a hacer, sino hasta dónde has llegado. Qué lío.

No hay por qué preocuparse. Por mucho que algunos institutos estadounidenses hayan prohibido dicho accesorio, no se trata más que de una leyenda urbana que fue recogida, en primer lugar, por medios como Time o Associated Press, que ya sugerían la posibilidad de que no fuese más que pura invención. Sin embargo, la prohibición en los institutos fue interpretada como la prueba definitiva de que era verdad. Es un círculo sin fin en el que se no se sabe si fue antes el huevo o la gallina: ¿ha provocado la leyenda que, finalmente, algunos adolescentes comiencen a seguir dicho código?

“Venga ya, ¡claro que el sexting existe!”, estará pensando, y tiene toda la razón. Se trata del único comportamiento sexual del que los autores han encontrado evidencias. Sin embargo, dudan mucho de que la cifra del 20% entre jóvenes que algunos medios han proporcionado se acerque a la realidad. Como pone de manifiesto un estudio de la Universidad de New Hampshire que citan en la entrevista, la mayor parte de practicantes del sexting son jóvenes en una relación formal que envían algunas imágenes picantes a sus parejas, no menores de edad que reenvían las fotografías obtenidas a su grupo de amigos como forma de escarnio o venganza. El problema, concluyen los autores, es que cada vez que la noticia sobre uno de estos actos asoma a los periódicos, es siempre interpretada como un síntoma de que la juventud se ha descarriado, algo que no tiene nada que ver con la auténtica vida de los adolescentes.

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