LA PAREJA PERFECTA NO ES LA QUE NO DISCUTE

El arte de discutir bien en la pareja, en cuatro principios que no debes olvidar

Las relaciones interpersonales en general, y de pareja en particular, son apasionantes. Son fuente de mucho bienestar pero también de desacuerdos

Foto: No hay que callarse, pero debemos vigilar lo que decimos y cómo lo decimos si no queremos dañar a la pareja. (Corbis)
No hay que callarse, pero debemos vigilar lo que decimos y cómo lo decimos si no queremos dañar a la pareja. (Corbis)

Las relaciones interpersonales en general, y de pareja en particular, son apasionantes. Son fuente de mucho bienestar pero también de desacuerdos, desavenencias que, si no las sabemos manejar, pueden acabar en verdaderos problemas y provocar mucho sufrimiento. Discutir bien para evitar grandes conflictos es algo que convendría que todos aprendiéramos a hacer. Aquí van algunos principios básicos a tener en cuenta a la hora de enfrentarnos a las diferencias del día a día en la relación de pareja:

Primer principio: Discutir no sólo es inevitable sino que es necesario

Muchas veces, en nuestra visión idílica del amor, tendemos a pensar que la pareja perfecta es aquella que no discute nunca. Sin embargo, en la vida van a surgir discrepancias, vamos a hacer cosas que molesten al otro y el otro hará cosas que nos molesten a nosotros, tendremos que tomar decisiones más triviales y otras mucho más relevantes. En definitiva, van a surgir conflictos necesariamente. No discutir, en el sentido de debatir, intercambiar opiniones, no sólo es en la mayoría de los casos inevitable, sino que resulta necesario. Una pareja que jamás discute, probablemente está haciendo las cosas mal: o uno impone su criterio más de la cuenta, o (y) el otro está dejando a un lado su voluntad para complacer constantemente al otro. Antes o después, esta bomba de relojería nos estallará en las manos.

Segundo principio: Los problemas hay que abordarlos para poder solucionarlos

Hay personas a las que les cuesta mucho hablar de lo que va mal. Algunas tienen mucho miedo a la posible reacción del otro y prefieren callarse. Otras piensan que las cosas terminarán pasándose si hacemos como que no han sucedido. Nada más lejos de la realidad. Los conflictos que no se abordan reaparecerán cuando vuelvan a darse circunstancias similares a las que los provocaron inicialmente. Además, si no aclaramos las cosas cuando hay problemas, empezaremos a acumular cuentas pendientes con el otro y puede llegar el día en el que pretendamos saldarlas todas juntas; tal vez para entonces ya no haya remedio. En general (como en todo hay notables excepciones), a los hombres les cuesta bastante más sentarse a hablar las cosas que a las mujeres. Muchas veces, las mujeres pretendemos hablarlo y aclararlo prácticamente todo. Ni lo uno ni lo otro. Ni todo tiene que hablarse, y mucho menos de forma recurrente, ni las cosas se van a resolver solas. Las grandes discusiones, aunque sea por tonterías, y los verdaderos desacuerdos, hay que ponerlos sobre la mesa y tratarlos. ¿Con qué objetivo? Explicarnos, comprender la postura del otro (eso no significa estar de acuerdo con nuestra pareja) y, sobre todo, llegar a alguna propuesta para resolver el problema y/o prevenir en un futuro que la confrontación vuelva a aparecer. Buscar un momento tranquilo, incluso en un lugar poco asociado a las discusiones (dando un paseo, en un restaurante), nos ayudará a poder abordar el conflicto de manera más constructiva.

Tercer principio: La vida en pareja no es (o no debería ser) una lucha de poder

A menudo las parejas se enzarzan en eternas discusiones buscando demostrar su propia inocencia en los conflictos y la culpabilidad del otro en éstos. Sin embargo, plantearse la relación con la persona que queremos desde esta lucha por ver quién queda por encima es un frecuente y enorme error. No se trata de culpas, sino de posturas distintas. No seamos reacios a reconocer en qué nos hemos podido equivocar, disculpémonos si algo de lo que hemos dicho o hecho ha podido molestar al otro. Eso no nos hace quedar por debajo de nadie, al contario, nos honra. Tampoco nos empeñemos en que el otro asuma su culpa o reconozca que se ha equivocado. Aceptemos la discrepancia, el desacuerdo, sin intentar convencer de nuestra verdad. Salgamos de radicalismos y flexibilicemos nuestra visión del mundo, seguro que eso nos enriquecerá también como personas. Asumamos que vemos las cosas de modos diferentes e intentemos llegar a un punto de negociación y entendimiento.

Cuarto principio: Las formas importan, y mucho

No sólo es importante lo que decimos sino también cómo lo decimos. Intentemos ceñirnos al hecho concreto que nos ha molestado en lugar de sacar la lista de agravios pasados. Huyamos del “es que tú eres…”, “siempre dices…”, y optemos por el “a mí me ha dolido…”, “a menudo dices…”, evitaremos que el otro se ponga a la defensiva. Cuidemos el tono de voz, el volumen, y tratemos de no poner en evidencia a nuestra pareja sacando temas conflictivos delante de terceros. Además de ser molesto para los demás, el otro seguramente lo viva como una encerrona, una falta de lealtad y una falta de respeto importante.

En definitiva, crezcamos personalmente y en pareja afrontando las dificultades y el desacuerdo de un modo constructivo, la recompensa es tan enriquecedora que no cabe ninguna duda de que merece la pena intentarlo. 

*Montserrat Montaño Fidalgo es psicóloga en el Centro de Psicología Álava Reyes, doctora de Personalidad, Evaluación y Tratamiento Psicológico y máster en Terapia de Conducta por el Instituto Terapéutico de Madrid (ITEMA). 

Alma, Corazón, Vida
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