9 MITOS SOBRE LA CLAVE DEL ÉXITO

Por qué unos ganan siempre y otros pierden: la ciencia de la competitividad

La palabra “competitividad” está cada vez más asociada a un gran número de matices negativos, pero puede ayudar a crecer al ser humano.

Foto: ¿Qué distingue a una persona competitiva de otra que no lo es? (Corbis)
¿Qué distingue a una persona competitiva de otra que no lo es? (Corbis)

La palabra competitividad está cada vez más asociada a un gran número de matices negativos: la competitividad es pegar un codazo al de al lado para hacerle caer, la competitividad es utilizar todas las artimañas a nuestra disposición para conseguir nuestros objetivos, la competitividad es carecer de escrúpulos y pisotear a los que se interponen en nuestro camino (antes de que les dé tiempo a ellos a hacerlo). Sin embargo, un nuevo ensayo escrito por los célebres autores de NurtureShock: New Thinking About Children (Twelve), Po Bronson y Ashley Merryman, nos recuerda que la competitividad depende de factores muy diferentes de los que pensamos la determinan.

Top Dog: the Science of Winning and Losing (Twelve) expone con profusión de documentación científica por qué deberíamos ser más competitivos de lo que somos, y por qué algunas personas parecen más inclinadas a ganar siempre que otras. En una entrevista, Ashley Merryman explicaba que la competición hace mejorar a todos los seres humanos. “No puedes compararte con nadie más en un vacío”, explicaba la autora. Es precisamente la presencia de un gran número de personas contra las que competir las que nos ayuda a aspirar a la excelencia. “Compararse con los demás te ayuda a entender cuánto necesitas mejorar para alcanzarlos”, explicaba. El mejor motivador posible para superar nuestros retos. Pero, ¿de qué hablamos cuando hablamos de competir?

La clave de la competitividad: tomar riesgos

Si hay algo que defina a la persona competitiva es su capacidad para arriesgarse y no conformarse con lo que hay. Para ello, es imprescindible infravalorar hasta cierto punto las consecuencias negativas que pueden derivarse de nuestras acciones puesto que, de lo contrario, “no se tomaría ningún riesgo”. Es la diferencia que existe entre aquellos que juegan “para no perder” y aquellos que lo hacen para ganar. “Es fácil enchufarse a esa mentalidad de no perder”, afirma Merryman, “pero si quieres crecer, si quieres ponerte a prueba, si quieres innovar, no te queda otra que jugar para ganar”.

Lo más importante para ser bueno en algo es la práctica

Puede sonar descorazonador, pero los autores señalan que, por muy bonito que parezca, la práctica prolongada de una materia no es una garantía infalible de éxito. ¿Por qué? “Porque a nadie se le juzga por cómo practica, sino por cómo compite”, indica Bronson. Según el autor, no existe entrenamiento posible para afrontar determinadas situaciones vitales o, en sus propio palabras, “ese momento en que tu hijo, después de entrenar durante meses, va a saltar al campo por primera vez”. Como indican, el mundo no puede esperar diez años a que manejes por completo una habilidad. No importa tanto la práctica como el “fuego competitivo”.

La competición adaptativa y la competición inadaptativa

Según los autores, uno de los problemas que tiene la sociedad occidental respecto a la competitividad es que confundimos lo que ellos consideran “competición adaptativa” con la “competición inadaptativa”. La primera es aquella que acepta las reglas del juego, que se caracteriza por la superación de retos y el esfuerzo, propia de la gente que obtiene satisfacción del mero hecho de competir, y que es consciente de que no tienen por qué ser los mejores en todo. La segunda es la negativa, la de las personas que no aceptan que perder forma parte del juego y que deben ser los mejores en todo, caracterizadas por la inseguridad psicológica. La primera permite mejorar, la segunda conduce a la frustración. Y, de hecho, las personas que mejor compiten son las que respetan las reglas.

'Warriors' y 'worriers': el gen competitivo

Los autores clasifican a las personas en dos grupos, los guerreros (“warriors”) y los preocupados (“worriers”), diferenciados por los niveles de dopamina en el córtex prefrontal, la parte del cerebro encargada de la planificación de los comportamientos cognitivamente complejos, la adaptación y la reordenación de esquemas mentales. Una encima relacionada con la dopamina determina si uno pertenece a un grupo o al otro: los “worriers” tienen altos niveles de dopamina, por lo que son más activos, pero el estrés puede llevarlos a la parálisis; los “warriors” tienen niveles más bajos, por lo que suelen parecer personas más calmadas. Pero bajo presión, alcanzan el nivel ideal de dopamina, lo que los permite hacerlo mucho mejor que los “worriers”. Por eso, la autora recomienda a que busquen trabajos altamente exigentes y en los que haya novedades constantes.

La competición no mata la creatividad

Uno de los mitos más perniciosos creados por la sociedad es que el genio debe ser preservado, desarrollado y protegido, al margen de cualquier competición, por miedo a que la crítica acabe con su motivación. Pero, como recuerdan los autores, Leonardo da Vinci o Bach disfrutaban midiéndose frente a otros inventores o músicos de la época. Un procedimiento provechoso en cuanto que ayuda a motivar a aquellos que se ven inmersos en él.

La furia puede marcar la diferencia

Solemos pensar que cuando estamos enfadados, lo mejor que podemos hacer es tranquilizarnos, contar hasta diez y, si nada de eso es posible, descansar la rabia en la almohada. Sin embargo, los autores valoran de manera positiva este sentimiento, puesto que es “el motor del cambio”. Es, además, una buena señal, puesto que significa que hemos encontrado un obstáculo en nuestro camino que consideramos que podemos superar. Si no fuese así, lo que sentiríamos sería desesperación.

La innovación y la competitividad tienen mucho que ver

Ashley Merryman recuerda que algunas de las cualidades que definen a la persona competitiva, como el ansia por derribar barreras, la confianza en los instintos personales o la capacidad de resolución de problemas, son las mismas que caracterizan a aquellas personas más innovadoras.

El pensamiento positivo puede dar lugar a resultados negativos

En uno de los estudios citados por los autores se pone de manifiesto que si bien la escuela del pensamiento positivo ha defendido que debemos ser optimistas y tener siempre en mente que todo va a salir bien, la realidad es que no es así: pensar de esa manera nos puede dejar desvalidos y decepcionados ante una hipotética dificultad. “Si piensas únicamente en un resultado exitoso, lo conviertes en una situación de todo o nada, mientras que si te centras en los obstáculos de tu camino, todo consiste en progresar”.

Las mujeres y los hombres compiten de manera distinta

La autora ha recordado en alguna entrevista lo complicado que fue para ella descubrir que, efectivamente, existen diferencias entre sexos a la hora de competir. Y que, de hecho, los hombres lo hacen mejor, puesto que por su mayor confianza en sí mismos tienden a detenerse menos en las consecuencias negativas de sus actos, por lo que se arriesgan más. Con una peculiaridad: las chicas de las universidades de la élite compiten mucho mejor que sus compañeros. ¿La conclusión? Que “para los hombres ser como un pececillo en una enorme pecera es una experiencia terrible”.  

Alma, Corazón, Vida
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