A VECES LA BELLEZA SÍ ESTÁ EN EL EXTERIOR

¿Sólo te importa el físico? Cinco maneras más de ser superficial

Todos sabemos que la belleza está en el interior, pero… ¿y si la imagen exterior de una persona fuera, a fin de cuentas, igual de importante?

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¿Sólo te importa el físico? Cinco maneras más de ser superficial

Todos sabemos que la belleza está en el interior, pero… ¿y si la imagen exterior de una persona fuera, a fin de cuentas, igual de importante?

Aunque contradiga el código deontológico del amor que con esfuerzo y dedicación nos han inculcado padres, pedagogos y películas de Disney, prestar atención a los detalles convencionalmente denominados como superficiales podría ayudarnos a encontrar la pareja perfecta. Nuestras palabras, nuestra actitud y nuestro aspecto, entre otros factores de lo exterior, hablan con elocuencia de lo que hay dentro de nosotros: sólo hay que saber leer las señales. Es por eso que permitirnos ser –un poco– superficiales podría, a fin de cuentas, no ser tan mala idea. Y existen, aunque no lo parezca, cinco maneras más de ser superficial con salud antes de llegar al apartado puramente físico:

1. Valorar el trato

En cualquier lista de los atributos más deseados en una pareja encontramos con frecuencia los mismos elementos: inteligencia, belleza, diversión, educación… Lo que suele variar es el orden. Y sin embargo, muchas veces no pensamos en uno de los factores que resulta determinante en la relación: el trato.

El psicólogo y divulgador David Goleman acuñó el término inteligencia emocional en su célebre libro homónimo y estableció que alguien emocionalmente inteligente se caracteriza por cinco habilidades: conoce sus propias emociones, sabe reconocer las de los demás, sabe manejarlas, sabe establecer motivaciones y sabe gestionar las relaciones.

El trato que brindamos a los demás es el resultado de nuestro mayor o menor grado en habilidades sociales y del equilibrio –necesario– que sepamos establecer entre la entrega y el egoísmo. Si reconocemos en una pareja potencial muchos de los atributos objetivos que buscamos –o incluso todos– y aun así no conectamos, está claro: tenemos formas diametralmente opuestas de concebir a las personas, las relaciones y los problemas. Es la manera que tiene nuestro cerebro de decirnos que sigamos buscando.

2. Valorar cuánto dinero gana

Suena incorrecto, sí, pero muchos lo ponen por delante del aspecto físico. De hecho, una investigación publicada hace unos meses arrojó el dato de que a la hora de emparejarse, 8 de cada 10 mujeres españolas valoran más la posición económica que el atractivo físico. Este porcentaje se eleva hasta el 86% entre las mujeres de 33 o más años, coincidiendo con la media de edad en que empiezan a tener hijos.

¿Debemos avergonzarnos si nos preocupa qué posición económica tiene nuestra pareja potencial? Quizás un poco si nuestra aspiración es, sin más, emparejarnos con ricos. Mientras no sea el caso y nos movamos en los siempre saludables parámetros del sentido común, podemos estar tranquilos. Una pareja es un proyecto que, en la mayoría de los casos, desemboca en la constitución de una familia. Y una familia –entendida en su sentido convencional, con casa, niños, colegio y monovolumen– requiere una inversión a largo plazo.

3. Valorar sus aficiones

Lo que dice la teoría rápida es que los componentes de la pareja no deben parecerse, sino complementarse. Y en las grandes historias de amor del cine y la literatura, la lección es siempre la misma: las grandes pasiones emergen entre seres humanos completamente distintos.

Pero, ¿es esto verdad? El célebre antropólogo, psicólogo y divulgador Robin Dumbar publicaba recientemente los resultados de una investigación sobre pareja y sexualidad en los que llegaba a la conclusión de que “las personas tendemos a buscar una versión de nosotros mismos, pero en el sexo opuesto”. La homogamiala inclinación a emparejarse con personas iguales a uno mismo– es una práctica mucho más frecuente de lo que invitan a pensar las leyendas románticas.

4. Valorar que nos proteja

Si los seres humanos somos animales monógamos –algo que, por cierto, está por ver– es porque la vida en pareja presenta más ventajas que la individual. Del mismo modo que dos espadachines se dan la espalda para poder enfrentarse mejor a un grupo de enemigos, dos individuos suplen sus carencias con las habilidades del otro.

Es una idea extendida que muchas mujeres, consciente e inconscientemente, buscan la protección de un hombre pero, ¿buscan ellos la protección de una mujer? En principio no parece lo propio si lo reducimos a un cuestión física: los varones humanos suelen tener más fuerza que las mujeres y muestran, como suele ocurrir entre los primates, un comportamiento más territorial. Incluso nuestros cánones de belleza apuntan en este sentido: mientras en ellos se valoran atribuciones físicas relacionadas con la fuerza –estatura o músculo, por ejemplo– en ellas se valoran otras relacionadas con la fertilidad –como la proporción de las caderas o el tamaño de los senos–.

Y sin embargo, hace tiempo que dejamos de vivir en un mundo donde los objetivos se consiguen mediante ejercicios físicos, y la confrontación individual está reprimida y sancionada socialmente. La protección que buscamos en la pareja ya no es física, sino social y emocional, y se hace necesaria por igual entre hombres y mujeres. La estabilidad –eso que decimos buscar siempre en una relación– es, en muchas ocasiones, la manera menos cruda que tenemos de decir que queremos protección.

5. Valorar su educación/inteligencia

La información es poder, y los seres humanos somos máquinas de adquirir información –mediante la educación– y gestionarla –mediante la inteligencia–. Hoy más que nunca, el desigual imperio de la meritocracia  hace que aquellos en posesión de estas dos habilidades tiendan, en muchos entornos, a progresar socialmente más.

Aunque a veces no nos guste aceptarlo, emparejarnos con alguien porque es inteligente es, en muchos sentidos, un ejercicio de superficialidad comparable al de hacerlo por dinero. Al conseguir una pareja que cuente con la inteligencia entre sus atributos, nos apropiaremos en parte del premio social que recibe y disfrutaremos en régimen ganancial de sus ventajas. Desde luego, no es sino una estrategia adaptativa que nos impone nuestro cerebro, ese pequeño sabio que siempre quiere lo mejor para nosotros. Y no tiene tan mala fama como otro tipo de actitudes superficiales.

Alma, Corazón, Vida
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