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Kim 'Dotcom' Schmitz: cómo los medios construyen un villano perfecto

A estas alturas del caso Megaupload todos conocemos a su fundador,  Kim Schmitz, y sabemos todo lo que hay que saber sobre su persona y su

Foto: Kim 'Dotcom' Schmitz: cómo los medios construyen un villano perfecto
Kim 'Dotcom' Schmitz: cómo los medios construyen un villano perfecto
A estas alturas del caso Megaupload todos conocemos a su fundador,  Kim Schmitz, y sabemos todo lo que hay que saber sobre su persona y su estilo de vida. Que se hace llamar Dotcom, por ejemplo, que viste de negro y que pesa exactamente 136 kilos. También que estaba en posesión de casi toda la imaginería del yuppie de manual, incluyendo mansión en el Hemisferio Sur, coches caros en colores flúor y pequeño gineceo de mujeres estupendas. Hasta sabemos que puso precio a la cabeza de Osama Bin Laden y que cuando el FBI llegó a su casa, se atrincheró en su despacho escopeta en mano al más puro estilo apoteosis final de Scarface. Puede que no conozcamos igual de bien su nacionalidad, por ejemplo, ni quién le ha denunciado, pero lo que nos cuentan, se entiende, es lo importante: su peso, su estilo de vida y el color de sus coches.

Ya tenemos villano

Los medios de comunicación tienden a convertir los sucesos en historias y a sus protagonistas en personajes
. Nada nuevo, claro, pero el caso de Kim Dotcom Schmitz destaca por la rapidez con que se ha puesto ante nuestros ojos no a un culpable, sino a un villano caracterizado, juzgado y visto para sentencia. “En el mundo anglosajón manejan el concepto del character assassination, algo así como asesinato del personaje”, comenta a El Confidencial Concepción Cascajosa, profesora de comunicación audiovisual en la Universidad Carlos III de Madrid. “Se trata de construir un personaje para derribarlo”. Un fenómeno a medio camino entre lo espontáneo y lo premeditado del que son víctima con frecuencia políticos o grandes empresarios pero del que, en potencia, no se salva nadie. Especialmente si, como es el caso, en su historia median intereses políticos o económicos de gran calibre.

Con independencia de su correspondencia con la realidad, la historia del magnate de Megaupload, argumenta Cascajosa, es singular y muy propia de los tiempos: hablamos de un nuevo rico excéntrico y derrochador cuya fortuna, además, no es del todo legítima. “Su personaje parece representar los excesos de la moderna economía. Forma parte del discurso de la demonización de la riqueza”. Josep Lluis Fecé, profesor de comunicación cultural en la Universidad de Girona, nos dice que “un villano es rentable ideológicamente”. Sobre los intereses específicos y un poco ocultos que pudieran obrar en su contra, Cascajosa comenta que en su caso “opera un mecanismo de compensación”. El reciente parón en el trámite legal del proyecto de ley SOPA, cuya oposición ha involucrado a agentes de la dimensión de Google o Wikipedia, contribuye a la necesidad de que haya un malo que explique la situación: “Cuanto más maligno sea, menos legislación específica se necesita; si tenemos un malo, eliminamos el problema”.  Los que están en su contra quieren ridiculizarlo y los que están en su bando quieren demostrar que el problema no es tal, sino el simple delinquir circunstancial de un magnate excéntrico, amigo de lo ajeno y además, bastante gordo. “Te lo presentan como un friqui que se ha dedicado a robar a los creadores y a los internautas”, comenta Fecé. Por una u otra razón, a todos parece convenirle más el retrato pintoresco que una información más subjetiva o al menos, no tan volcada en la anécdota.  

El personaje de Schmitz se está construyendo “a través del defecto físico, un recurso clásico en la literatura”, aunque Cascajosa llama la atención también sobre otros atributos que pretenden acercarlo a la noción literaria y cinematográfica de la mafia: “Se trabaja la idea de que este personaje se ha llegado a cambiar el nombre”, nos dice, “y en el discurso mediático sobre su historia encontramos con frecuencia menciones a la organización criminal, la banda y el oscurantismo”. También a la ostentación que hacía de su riqueza aunque, nos advierte, la propia idea sea contradictoria: “esta ostentación no estaba llegando al espacio público” antes del escándalo, pero sí después: se trata de la “demonización del personaje en cuanto salta a la palestra”.

¿Necesitamos malos?

Su caso no es el primero y con toda seguridad no será el último. Los medios, asegura Josep Luis Fecé, “están importando los modos del periodismo popular. También los de referencia”, apostilla. En las noticias de esta misma semana podemos encontrar otro personaje que el periodismo ha decidido someter a construcción más que a observación: Francesco Schettino, el capitán del naufragado crucero Concordia, que descuidó sus obligaciones para atender debidamente a una dama hasta el punto de llegar a un hundir su barco. “Todo un varón italiano”, ironiza Cascajosa. No extrañe la recurrencia del tópico y el estereotipo porque ésta es precisamente la materia prima con que se dibuja una caricatura. En el caso del escándalo de las escuchas ilegales del News of the World, por ejemplo, Rupert Murdoch empezó a aparecer en los medios reducido a una simple caricatura: la de un millonario aislado y sin escrúpulos, “casi más parecido al Montgomery Burns de Los Simpson que a una persona creíble”, ilustra Cascajosa. Y similar ocurrió con Dominique Strauss-Khan cuando, hace unos meses, fue acusado de acoso sexual; en su caso, los medios pintaron a un político que vivía a todo tren y se permitía “una vida licenciosa que, sin embargo, no interesaba antes del escándalo. Sólo a partir de un momento determinado es útil acudir a su pasado”.

Al fenómeno contribuye no sólo el interés particular o nuestra humana inclinación al drama, sino la propia esencia de las prácticas informativas. “Los medios tienen la necesidad de dar interpretaciones rápidas: los ritmos de la investigación criminal, no obstante, son otros”. También interfiere “la influencia de la telerrealidad” y la tendencia a interesarnos por la vida privada de personas cuya proyección es exclusivamente pública. “Un malo es más vendible”, sintetiza Cascajosa, y “lo llamativo y más rentable es buscar un culpable: siempre es mejor pensar que el problema no es estructural, sino que se reduce una persona”. Josep Lluis Fecé confirma que “es más fácil hablar de buenos y malos que investigar un problema en profundidad”.

Desconfíe si…

No existe una guía para saber cuándo nos están presentando a una persona y cuándo un personaje, aunque suele bastar con dedicarle al asunto unos minutos de reflexión y, sobre todo, sentido común. La caracterización, nos explica Cascajosa, “suele pasar por la idea de la sociabilidad, especialmente si nos dicen que se trata de un personaje aislado o solo”. Y existe también un repertorio de recursos retóricos básicos: la singularidad física, por ejemplo, “la tendencia a lo oscuro y desconocido o el recurso a la biografía privada”. Se trata, en todo caso, de crear un personaje a través de la anécdota y de “pequeñas piezas de información”.

Particulares técnicos aparte, la construcción de un villano contribuye a la “simplificación de la realidad”, según Cascajosa, y en el fondo funciona como un elemento para el desvío de la atención. Lo verdaderamente importante, nos dice Josep Lluis Fecé, “no es lo que dicen, sino que dejan de decir cosas. Meterse en el fondo de la cuestión es un esfuerzo para cualquiera y los medios suponen que el espectador no está dispuesto a hacerlo”.  El menor de los problemas del lector seguramente sea que la historia le haga o no justicia al personaje, sino que lo pintoresco de su biografía oculte una problemática más compleja de la que conviene desviar la atención. O peor aún: que oculte a los verdaderos culpables.

Alma, Corazón, Vida
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