Cómo evitar que la guerra sea la única solución para reflotar la economía

La historia nos muestra que la clase política es experta en buscar chivos expiatorios cuando la coyuntura y las perspectivas económicas son grises tirando a oscuras.

La historia nos muestra que la clase política es experta en buscar chivos expiatorios cuando la coyuntura y las perspectivas económicas son grises tirando a oscuras. El holocausto judío durante la Alemania nazi representa el caso más extremo. No por afectar a menos personas (casi siempre minorías por razones de raza, religión, nacionalidad o ideología), otros son menos dramáticos. Esta estrategia sigue vigente y es muy útil para distraer la atención de las verdaderas causas de la crisis y atraer el voto de quienes están ávidos por encontrar algún culpable y colgarlo en la plaza pública. Muerto el perro se acabo la rabia. Mientras tanto, los artífices principales de la debacle económica, no sólo salen indemnes sino que, como expuse en mi anterior artículo, se benefician de la misma y cocinan nuevas turbulencias.

A nadie se le ocurre pensar que, como ocurrió con la gran depresión que siguió al crack de 1929, la guerra pueda ser utilizada como medio para sacarnos de la situación actual. Con casi total probabilidad, una gran conflagración a nivel mundial acabaría con la humanidad. Sin embargo, la tentación es grande, y los enormes presupuestos de defensa de los países más desarrollados (de los cuales se benefician los mismos que detentan el poder financiero) deben encontrar justificación en los llamados “enfrentamientos regionales” y la amenaza de ciertos países (el temido “eje del mal”). El miedo, como dice Susan George en el libro que vengo comentando (Sus crisis, nuestras soluciones), es la disciplina de una sociedad capitalista, y actualmente muchos lo tienen.

Como resultado de la creciente superpoblación que afecta al planeta, el control de los recursos se convierte en asunto de vital importancia. Es frecuente la conexión entre agua (el más básico de todos los recursos junto con el aire) y conflicto. Así ha sido en varias guerras civiles de países africanos. En España, algo sabemos de ello aunque afortunadamente la cuestión ha quedado en enfrentamiento político (muy rentable para algunos). Donde la cuestión se convierte en altamente peligrosa es en el ‘híper-poblado’ continente asiático. La meseta tibetana y los glaciares del Himalaya abastecen de agua a la mitad de la población mundial. Para China, el Tibet supone controlar las fuentes de sus ríos. Además, sus presas en el Mekong afectan a toda la región (Laos, Vietnam, Camboya y Tailandia). La perenne disputa entre India y Pakistán (dos estados nucleares, no lo olvidemos) sobre Cachemira tiene que ver con el origen del Indo. En Oriente Medio, el río Jordán es clave en el conflicto entre Israel y sus vecinos. Lo mismo ocurre con Turquía y su afán de controlar el Tigris-Éufrates.

La privatización del agua

La relación de contiendas sobre el agua es interminable y su peligrosidad nos afecta a todos. Prepararse para la guerra como medio de mantener la paz (si vis pacem, para bellum) sólo ha traído más violencia y dolor al género humano a la par que empobrecimiento, desigualdad y astronómicos endeudamientos nacionales. Los beneficiarios: los intereses particulares detrás de la producción y el tráfico de armamento. Necesitamos, dice George, gestionar el agua como un bien público universal y promover el control democrático de su suministro, tratamiento y distribución. Son muchos quienes no aceptan que el agua sea un bien público universal y ven este elemento como un gran negocio. No sólo empresas privadas que gestionan el agua (Suez, Veolia, Thames Water, Générale des Eaux , etc.) sino también las grandes multinacionales del consumo como Coca-Cola (la ‘chispa de la vida’ tiene mucho que ocultar en este apartado) o Nestlé. Debemos evitar que el agua se privatice tal y como se hizo con la energía o las telecomunicaciones. Si no lo hacemos y sobrevivimos a ello (algo que no tengo muy claro), lo siguiente será el aire.

Aunque una gran guerra resulte un medio muy atractivo para algunos como forma de regular (léase eliminar o aniquilar) la población, controlar recursos (hacerse con todo) e incrementar cifras como el PIB, deberíamos ser capaces de buscar alternativas. El cálculo del PIB, y su uso como medida fundamental para evaluar el éxito de la gestión de un gobierno, lleva muchas veces a desconsiderar los costes, humanos y medioambientales, del crecimiento. Nos gusta sacar pecho, especialmente a los políticos, cuando nuestro PIB aumenta más que el del vecino. Así vamos, de victoria en victoria hasta la derrota final en forma de cataclismo financiero y ecológico. Vivimos de prestado (no hablo sólo de deuda con los bancos, sino también con la Tierra), gastamos lo que no tenemos y consumimos lo que no necesitamos (alentados incluso con lemas patrióticos) hasta que el castillo de naipes cae y... ¡volvemos a hacer lo mismo!

La desigualdad creciente, entre países y dentro de las naciones más desarrolladas, aumenta el resentimiento (¿quién nos ha hecho esto?, se preguntan cada vez más personas) y aumenta el riesgo de contienda armada. Europa y los EE.UU. se blindan cada vez más frente a los refugiados medioambientales (víctimas del hambre, de la escasez del agua y de las catástrofes naturales) pero la presión seguirá aumentando. Las instituciones internacionales como el Banco Mundial no contribuyen más que a empeorar la situación al financiar proyectos altamente contaminantes.

Las soluciones

Susan George propone soluciones que requieren la implicación de la ciudadanía y los gobiernos con acciones valientes y urgentes. Las más importantes por su calado son: estimular un programa de inversión pública y privada (un New Deal verde, en alusión al programa keynesiano que puso en marcha el presidente Roosevelt en 1930) y acabar con los planes de rescate de empresas e instituciones financieras (poner los bancos bajo el control democrático de la ciudadanía), que una vez salvadas vuelven a hacer lo mismo para beneficio de unos pocos.

La crisis a la que nos enfrentamos es financiera, social y ecológica. Los medios tradicionales para evitar una recesión prolongada (alentar el endeudamiento privado para consumo e inversión, gasto público y devaluación) han tocado techo o han caducado. George propone una transformación verde (energías alternativas, nuevos materiales más ligeros, productos ecológicos, construcción verde, I+D, y otros) equivalente al esfuerzo desplegado por los aliados para ganar la Segunda Guerra Mundial. Con ello pensamos también en nuestro futuro, el de nuestros hijos y el del planeta. No podemos seguir permitiéndonos el todo para unos pocos (los amos de la humanidad que han construido la cárcel de la crisis) y ahora mismo.

Una fuente importante de financiación de este New Deal verde vendrá de hacer del crédito un bien público al servicio de la sociedad. Hasta hoy hemos socializado las pérdidas de las entidades financieras fracasadas y privatizado los beneficios en manos de unos pocos. Hagamos las cosas al revés. Premios Nobel como Stiglitz e incluso los conservadores Baker (secretario del Tesoro con Reagan) o ¡Greenspan! (presidente de la Reserva Federal de los EEUU entre 1987 y 2006), han manifestado que la nacionalización de la banca puede ser necesaria. Dejemos de rescatar entidades para que luego se beneficien de ello unos pocos y no cumplan con su función de dar crédito (un gran invento siempre que no se abuse de ello) al sistema.

A su vez, ¿por qué nos empeñamos en dirigir las ayudas públicas a industrias que pronto caerán? Las subvenciones a la industria automotriz son, como ocurrió con la siderurgia y las grandes navieras, pan para hoy y hambre para mañana. Literalmente. Para Europa tiene más sentido fabricar un nuevo tipo de automóvil más ecológico y otras formas de transporte.

El fin de los paraísos fiscales

Otras medidas que acompañan a las anteriores son acabar con los paraísos fiscales (me sorprende lo poco que se hace a este respecto por parte de nuestros gobiernos), aumentar sustancialmente la presión fiscal sobre los ‘ultra-ricos’ (quienes tienen más de 30 millones de euros), aliviar la deuda del tercer mundo a cambio de que acaten ciertas reglas como reforestar y respetar la biodiversidad, aplicar un mecanismo similar a la tasa Tobin sobre las transacciones financieras (el uno por mil bastaría), acabar con las normas contables laxas que posibilitan evitar que las grandes empresas evadan impuestos, fomentar el tráfico verde de mercancías y utilizar eurobonos para financiar grandes obras verdes en Europa. También nos habla George de las bondades de la ‘simplicidad voluntaria’, austeridad o decrecimiento, para las sociedades más ricas.

Susan George concluye diciendo que para muchos hoy es un privilegio ser explotado por un empresario, pues ello significa que se tiene empleo. Las necesidades vitales, comida y agua limpia, están fuera del alcance de cientos de millones de personas. La existencia humana es más frágil y problemática. La consigna de los amos de la humanidad sigue siendo ‘todo para nosotros, nada para los demás’, como dijo Adam Smith. Visto así, los conflictos parecen inevitables y podría producirse incluso la desaparición de nuestra civilización tal como la conocemos. Ante este negro panorama podemos caer en el pesimismo y sumirnos en la desesperanza. Sin embargo, en nuestra mano está poner un pequeño grano de arena para conseguir un mundo más seguro, más igualitario, más justo, más verde, más civilizado y más humano. Ejerzamos nuestros derechos como ciudadanos y digamos a los políticos como nos sentimos. Puede parecer poco, pero ese grano puede ser el crucial para que las cosas cambien. Con esa esperanza nos movilizamos muchos cada día.
Alma, Corazón, Vida
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