Todos los pueblos de España quieren su festival de cine

Pasado, presente y futuro de los certámenes cinematográficos en nuestro país

Foto: Alfombra roja de un festival (EFE)
Alfombra roja de un festival (EFE)
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- Festival, festival, alegría… ¡La bomba! Y si el festival es de cine, no digamos…

- Grandes estrellas, alfombra roja, 'photocall'… Autógrafos… 'Flashes'… 'Selfies'…

- Pero las películas no nos las dejarán gratis los productores…

- Seguro que sí… somos un festival… es cultura… Además, si ganan un premio, les sirve de promoción…

- Pero solo hay dos premios… Y los que no ganan…

- Eso sí… Claro, si los productores no sacan nada… Bueno, pues les damos dinero…

2.300 festivales de cine se celebran anualmente en el mundo. Solo en Francia son más de 300 y posiblemente en España superen los 200. Naturalmente, estos números incluyen muchos de esos certámenes que ni siquiera son competitivos: son simples ciclos de películas que se programan en una sala durante una semana; en unas ocasiones -pocas- como resultado del denodado esfuerzo cultural de cinéfilos combativos, y en otras -bastantes- para exclusivo beneficio e interés de los promotores de estos eventos…

 

Suelen tener algo en común: un desenvuelto animador cultural, al que se le conoce como director, y un patrocinador detrás. Hasta hace poco, una caja de ahorros, un ayuntamiento o una empresa local. El ‘director’ es casi siempre amigo del concejal de Cultura de su ayuntamiento, disfruta de una Visa para viajar a otros certámenes de importancia -Berlín, Cannes, AFM de Los Ángeles, Toronto…- y de un sueldo sustancioso. Todo esto por ver un par de docenas de películas, gestionar su cesión gratuita para el Gran Festival de su Pueblo y comer y cenar con los incautos asistentes a esa GRAN SEMANA DE CINE, que en nada beneficiará a la película, salvo para alimentar el ego de su director que, por fin, podrá contar a sus familiares y amigos lo que gustó su película en Torralba del Camino; incluso puede enseñar un diploma. O una placa.

Pero no seamos negativos. Estamos en un momento en el que el cine es un enfermito que necesita todo tipo de cuidados. Y, aunque sea por vanidad, es muy bueno que los vecinos de Torralba del Camino se reúnan para ver películas.

El cine es un enfermito que necesita cuidados. Y, aunque sea por vanidad, es muy bueno que los vecinos de Torralba del Camino vean películas

Volvamos a los festivales grandes. Hay una docena escasa de festivales de mucho interés para películas que se presentan en las ciudades importantes donde se celebran. La industria cinematográfica nacional e internacional está implicada en el evento y los espectadores asisten interesados a sus proyecciones, formando las colas ante las taquillas que tanto echamos de menos los interesados en esta actividad. Varias de esas ciudades deben parte de su fama a la celebración del festival.

Estos festivales de gran atracción mediática, y cuya importancia se comenzó a valorar en los años cincuenta del siglo pasado, han sido tradicionalmente Cannes, Berlín y Venecia. Se celebran en mayo, febrero y septiembre, con suficiente distancia de tiempo entre ellos a fin de poder optar a los diferentes títulos de películas importantes que van terminándose de editar. Se supone que han venido presentando lo mejor, lo más distinguido, interesante y novedoso de la producción mundial. En ellos se descubren tendencias, talentos y grandes actores. Son los festivales estrella. Cannes no solo es el rey de los festivales sino que desde hace años se ha establecido como la primera plataforma de negocio e intercambio de las diferentes industrias cinematográficas. El festival guiñó a la poderosa industria norteamericana, especialmente a sus productores independientes, dándole cabida en su jurado y en su programación. Hollywood aceptó el guiño y se instaló en su mercado como trampolín hacia los nuevos mercados asiáticos, sobre todo China.

La guerra de las fechas

Desde hace muchos años, ha habido intentos de ocupar fechas libres y poder competir con esos festivales estrella. En ese segundo pelotón han pedaleado con fuerza e interés San Sebastián, Montreal, Toronto (no competitivo), Tokio, Busan, Karlovy Vary (hoy más apagado), Mar del Plata y algún otro. Todos pretendían ser festivales 'A'. Una falsa categoría, inventada por algún interesado y que realmente no ha existido nunca, pese a atribuirse a una supuesta clasificación FIAPF (Fédération Internationale des Associations de Producteurs de Films). FIAPF hoy solo acredita 15 festivales competitivos -San Sebastián entre ellos-, 25 competitivos especializados -Valencia Jove, Sitges y Gijón en España- y tres no competitivos, sin categorizar de otra manera.

Estos festivales de segunda categoría sobreviven mal que bien, aunque ya no compiten con los tres mejores, sino que se defienden de la competencia de los 2.000 y muchos que han ido apareciendo. Todos ellos convertidos en pequeños acontecimientos locales que recogen las películas desechadas por los tres grandes.

Las muestras cinematográficas de segunda categoría sobreviven mal que bien

En este grupo, nuestro San Sebastián ha sido muy interesante. Tradicionalmente, el Festival de Donosti era el acontecimiento cinematográfico del año para la ciudad y toda  España. A él asistían grandes estrellas, Orson Welles, Elizabeth Taylor, Sophia Loren, Spielberg… Se dedicaban ciclos a los maestros del gran cine, Hawks, Hitchcock, Mamoulian, Ray

Durante los 10 días del festival, los hoteles Londres y Reina Cristina eran lugares de encuentro de directores, productores, distribuidores y exhibidores. No había un solo medio, prensa o radio, nacional o local, que no estuviera presente, con corresponsal incluido, en el certamen. Pero vinieron mal dadas y estuvo en trance de desaparecer, provocando desconcierto. Se está corrigiendo esa deriva, a pesar de la llegada de la crisis y, con ella, la restricción presupuestaria.

La tercera categoría

Hay una tercera categoría de muestras cinematográficas, más restringidas, generalmente especializadas. En España tenemos varios excelentes ejemplos: la Seminci de Valladolid (clausurada este sábado), el festival de Cine Iberoamericano de Huelva y sobre todo el de Málaga, una cita en la que la ciudad se convierte en escaparate del cine español. Son menos ambiciosos que San Sebastián, pero de gran utilidad para la cinematografía española. Sirven de escaparate para que los productores expongan sus trabajos al examen de críticos, periodistas y público en general…

Y en pequeñas poblaciones hay muestras de aspectos parciales del cine. Por ejemplo, el Festival de Sitges o el de Operas Primas de Tudela… y concursos de cortometrajes… Muchos de ellos resultan estimables para que las películas arranquen su carrera comercial con un empujón promocional. Los vecinos de Torralba del Camino podrían inventar un certamen a su medida…

Incluso se piensa en una iniciativa que hiciera de todas estas muestras culturales una cadena internacional de exhibición de películas con dificultades en las redes comerciales. Pagando a las películas por su participación, naturalmente.

Debemos apostar por la vuelta de San Sebastián a su carácter internacional. Hoy, la única solución viable es mirar hacia atrás y recuperar aquello con vocación universal que tanto prestigio le dio. San Sebastián debe facilitar las relaciones de los cineastas españoles con colegas extranjeros, dar a conocer sus trabajos, propiciar las coproducciones y preventas… Ese debe ser el principal objetivo de una muestra que, financiada en parte con dinero público, sirva para hacer nuestra industria más conocida fuera de nuestras fronteras.

Continuará…

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