LOS 'BOBOS' CONTRA EL PUEBLO

Los nuevos burgueses 'cool': los que se están llevando todo

El nuevo libro del geógrafo Christophe Guilluy, un izquierdista del que reniegan los suyos, ataca a la burguesía 'new school', los 'bobos', que están robando la vida a la gente común

Foto: Emmanuel Macron, el candidato 'bobo' por excelencia, según Guilluy. (Regis Duvignau / Reuters)
Emmanuel Macron, el candidato 'bobo' por excelencia, según Guilluy. (Regis Duvignau / Reuters)

Christophe Guilluy es un geógrafo francés, un intelectual de izquierdas, que se hizo más o menos famoso en su país por su libro 'La Francia periférica', y al que los de su sector ideológico están tratando casi como un traidor. Su último libro, 'Le crépuscule de la France d'en haut', (El crepúsculo de la Francia de arriba), ha generado cierta polémica en su país, ya que sus tesis se señalan como favorables a Le Pen. El texto es como el 'Indies, hipsters y gafapastas' de Víctor Lenore, sólo que en lugar de tratar asuntos músico culturales, traslada sus tesis a la política. En él aparece la misma idea de un pueblo sofocado por una élite, los bobos (burgueses bohemios), que concentran los recursos y la visibilidad. Expresado así, sus ideas pueden parecer simplistas, pero no están exentas de realidad, y convenientemente utilizadas, podrían tener gran predicamento en numerosas zonas de Francia.

El hijo de las élites

Sin ir más lejos, las declaraciones de Jordi Cruz acerca de que los becarios de los restaurantes con estrella Michelín son unos privilegiados por no cobrar encajan perfectamente en este esquema, el de unos pijos privilegiados que explotan a la gente normal y que además se vanaglorian de ello porque lo dan como algo natural. Lo llamativo en el caso francés es que Le Pen está monopolizando este discurso, y que buena parte de las clases obreras y de las medias en declive sintonizan con él. El tratamiento que Marine ha dado en campaña (y en el debate) a Macron es exactamente este: un hijo de las élites, sumisa a ellas, que va a perjudicar sistemáticamente a los de abajo. Son argumentos que ha utilizado, y le ha ido bien con ellos: por más que vaya a perder, el FN es ya la fuerza de oposición en Francia, ha quedado por encima del partido conservador y de la izquierda de Mélenchon.

Ayer la burguesía significaba gregarismo social, rechazo del otro y negación del progreso. Hoy es abierta y cree en la mezcla social y cultural

El libro de Guilluy es importante porque refleja gran parte de los cambios sociales que están aconteciendo en Occidente, y España no es ajena a ellos. Por una parte, señala la existencia de una nueva burguesía (“new school”), que “copa la parte alta de la escala salarial, los principales puestos en el CAC40 (nuestro Ibex 35), fabrica lo esencial del discurso ideológico y político dominante y promociona la uberización de la sociedad”, y cuyos rasgos son sustancialmente distintos de los del pasado. “Ayer la burguesía significaba el gregarismo social, el rechazo del otro, la negación del progreso. Hoy las clases superiores no se encierran en el ghetto, son abiertas y consideran que la mezcla social y cultural es necesaria. Y practican el discurso único de la globalización y de la metropolización feliz”.

La periferia

En el otro lado, Guilluy describe a la Francia periférica, esa de las ciudades de provincias, de las pequeñas localidades, de los territorios rurales, que es también la de la gente común, la de los tenderos, las pymes, los obreros que aún trabajan de obreros, los agricultores, los ganaderos. Los primeros “disfrazan un mundo desigual y con crecientes tensiones bajo el mando de la sociedad abierta” mientras los segundos sufren las consecuencias de los nuevos tiempos.

Oponerse a la globalización liberal no es cosa de perdedores, sino de evitar ser estafados por una nueva burguesía 'cool'

Para Guilluy, la sociedad multicultural y cool de las grandes metrópolis, esa que contiene a los 'bobos', las clases altas urbanas y mundializadas, los profesionales de éxito, esos que viven en urbanizaciones de lujo y cuyos hijos se instalan en los espacios gentrificados, la gente de Île-de-France, en definitiva, es la que está sacando partido del nuevo mundo, al tiempo que tacha al resto de personas retrógradas, que no se adaptan, que viven encerradas en viejas convicciones y que quieren llevar a Francia a las tinieblas.

El futuro contra el pasado

Esa ha sido la gran división que hemos visto en las elecciones galas, y ese es también el discurso central que apareció en EEUU y en el Brexit. El futuro contra el pasado, la Francia que quiere conquistar el nuevo mundo frente a la que prefiere refugiarse en el ayer, los que quieren cabalgar al frente de la ola globalizadora frente a los que quieren ponerla toda clase de frenos.

Sin embargo, Guilluy introduce un matiz mucho más amplio, porque lo convierte en un asunto de clase. Esta tensión entre las metrópolis y las provincias, entre los 'bobos' y la gente común, entre quienes ocupan los puestos de élite y los que sobreviven como pueden, esta versión de los de arriba contra los de abajo, es descrita como un elemento de clase. No se trata de que exista una tensión entre los partidarios de la globalización y los perdedores, sino de que esta nueva burguesía, que aboga por el mundo abierto, plural y globalizado, está quedándose con los recursos de todos los demás: a ellos les va bien gracias a que vosotros os va mal. Por tanto, oponerse a la globalización liberal no es un asunto de perdedores, sino de evitar ser estafados por una nueva burguesía 'cool'. Vuelven los ricos contra los pobres.

Las clases populares "resisten al orden dominante haciéndose cargo de lo real. La burguesía vive en un mundo de fantasía, también en lo financiero”

Lo que Guilluy hace es trasladar al campo francés elementos típicos de la sociedad estadounidense y de los discursos que se han manejando en ella, y lo hace con conciencia de clase. Nuestras sociedades se están convirtiendo en espacios americanizados, en el sentido de que las constantes que se dan allí se reproducen aquí. Queda poco sitio para las especificidades y las diferencias, y mucho para “las desigualdades y para el multiculturalismo banal”. En consecuencia, no es extraño que las ideas, las perspectivas vitales y los efectos sociales que vemos en EEUU nos los encontremos en Europa.

'Common decency'

Estos dos mundos están separados, y la brecha cada vez se abre más. Máxime cuando a los que están siendo saqueados se les estigmatiza, y se les trata de racistas y fascistas. Por eso, argumenta Guilluy, esa gente no escucha a los partidos tradicionales, ni se cree las noticias, ni confía en los medios habituales. Son medios dirigidos por 'bobos' y para 'bobos'. Como las élites, “niegan la realidad y criminalizan toda oposición crítica”. Las clases populares “no tienen más remedio que resistir al orden dominante haciéndose cargo de lo real. La burguesía vive en un mundo de fantasía, en el que se incluyen sus fantasías financieras”, mientras todos los demás deben vivir pagando la cuenta, pero también cargando sobre sus hombros aquellas virtudes que constituyen la 'common decency', esa que defendió Orwell.

Le Pen tiene votantes que citan como influencia a Verstrynge, Emmanuel Todd o Alberto Garzón

Se puede estar o no de acuerdo con Guilluy, pero lo cierto es que muchos de los elementos que analiza son reales. Hay una brecha grande entre las principales ciudades y el resto, entre las metrópolis y las provincias, entre la parte favorecida de la sociedad y la que está perdiendo pie, entre los de arriba y las clases medias y las trabajadoras. Las opciones vitales son muy diferentes según el lugar y la clase en los que se nazca, porque el ascensor social no sólo se ha detenido, sino que está descendiendo con rapidez. De todos estos problemas se ha nutrido Le Pen, y lo ha hecho sabiendo mezclar unas cosas y otras. Al tiempo que ha rebajado el discurso xenófobo, asegurando que los emigrantes que se adapten a los valores franceses no tendrán ningún problema, ha aumentado el número de mensajes dirigidos a lo material, esgrimiendo la bandera económica del pueblo. Como resultado, también ha ganado muchos nuevos votantes, de este estilo, gente que procede otros países y que puede citar entre sus influencias a Jorge Verstrynge, a Emmanuel Todd o a Alberto Garzón.

De modo que, por más que Le Pen pierda, este conjunto de problemas continuará presente. E irá a más en el futuro. Aunque sea algo que a casi nadie le gusta escuchar, si se es obrero, parado o clase media en declive, y eso incluye a una parte sustancial de los franceses (agricultores, ganaderos, pequeños comerciantes, autónomos, un porcentaje no desdeñable de profesionales, artistas y tantos otros) las promesas de Le Pen son mucho más atractivas que las de Macron. Por tanto, esto no se acaba en unas elecciones: los problemas sociales irán en aumento, lo que forzará a nuevas recomposiciones políticas. En ese sentido, las tesis de Guilluy pueden ser una bomba de relojería.

Alma, Corazón, Vida

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