EL LIBERAL A LA DEFENSIVA

Luis Gonzalo Díez: "Las sociedades cambian, la naturaleza humana no"

Luis Gonzalo Díez (Madrid, 1972) analiza los profundos males de la sociedad contemporánea a través de las ideas de pensadores de otras épocas

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Luis Gonzalo Díez.
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    Luis Gonzalo Díez (Madrid, 1972) profesor de la historia del pensamiento de la Universidad Francisco de Vitoria, ha querido profundizar en La barbarie de la virtud (Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores), en un buen número de temas clásicos del liberalismo, desde la trampa mortal a la que nos conducen las (otras) ideologías, las dificultades por las que atraviesan las sociedades abiertas y o las encrucijadas de la cultura política contemporánea. Díez trata de huir del ruido contemporáneo y en lugar de analizar los problemas y ofrecer soluciones bucea en busca de las preguntas adecuadas.

    Una de las ideas centrales del libro es que estamos liberando fuerzas que quizá no podamos controlar. El problema de las sociedades democráticas, señalas, tiene que ver con que se toleran y se incitan fuerzas que se pueden volver contra el sistema.

    Somos como un boxeador sonado que da vueltas en el ring viendo muchas luces y sin saber cuáles son las buenas y las malasUna de las ideas del libro es que la naturaleza humana, al entrar en contacto con los instrumentos del progreso, alumbra muchos riesgos, porque libera pasiones poderosas. Es verdad que podríamos señalar muchos ámbitos de nuestra vida actual, como los medios de comunicación, los partidos o el capitalismo financiero descontrolado, que pueden generar muchos peligros, pero más que analizarlos, mi idea es subrayar lo difícil que resulta manejar estas sociedades vertiginosas que nos ofrecen muchas opciones pero que también nos pueden volver un poco locos. El ser humano posee muchas virtudes, pero también puede dejarse llevar por las fantasías. Debemos ser conscientes de que las sociedades han cambiado, pero la naturaleza humana no.

    Opta en el libro por no implicarse apenas en asuntos de actualidad.

    El libro está escrito desde la voluntad de evitar pronunciamientos claros. Tengo mucha prevención a la hora de emitir opiniones explícitas, porque no soy una persona bien orientada en la realidad. Creo, por ejemplo, que el descontento del ciudadano hoy tiene razones objetivas para justificarse. Pero siendo necesaria una respuesta, porque somos ciudadanos y debemos pronunciarnos como tales, hay que pensar también que somos criaturas imperfectas, que podemos caer en delirios y que las respuestas pueden dar lugar a excesos.  Por lo tanto, creo que hay que conservar un sano escepticismo respecto de los sueños de pureza que alguien pueda tener respecto de sí mismo.

    Portada de 'La barbarie de la virtud'
    Portada de 'La barbarie de la virtud'
    Acude al pasado con la idea de ilustrar el presente. Pero eso implica no sólo dejar de lado el momento actual, sino que trata de buscar pistas allí donde quizá no las haya. A veces recurrimos para que nos ilustren a épocas que apenas tienen semejanzas con la nuestra.

    Sí, es cierto, a veces ocurre; si lees Fortunata y Jacinta te das cuenta de que la España de la Restauración poco tiene que ver con la actual. Pero más que hablar de realidades del pasado para entender las del presente, trato de recoger los argumentos de autores que vivieron en otros tiempos y que tienen un elemento perdurable. Si coges a Donoso Cortés y ves lo que decía este hombre del periodismo, de los partidos y de la corrupción en la España liberal, te das cuenta de que la forma en que pensaba, más allá de que su sociedad no fuese como la nuestra, sigue siendo útil. Los lenguajes desde los que nos entendemos cambian mucho más lentamente que la sociedad y autores como él han sido capaces de entender su propio tiempo desde pautas que sobreviven a su época y sirven para la nuestra. Son autores que iban más allá de su tiempo porque eran cabezas prodigiosas. Me sigo aferrando a ellas.

    Al igual que hay quien presta más importancias a los valores que a los hechos, su perspectiva corre el peligro de estar más pendiente de lo que dijeron otros que de la realidad.

    Soy consciente de que en los tiempos que corren se desean menos palabras y más hechos y no olvido en qué contexto está escrito el libro, pero parto de que al menos en mi caso nombrar lo real y conocer lo que pasa es muy difícil, irrenunciable pero muy difícil, y por eso si las palabras no nos sirven para encontrar respuestas a la mejor sí no nos pueden ayudar a formular bien las preguntas. Aunque hable de valores y no de hechos, el libro tiene la utilidad práctica de ayudarnos a formular bien los problemas, que es el principio de todo conocimiento.

    Habla de lo que llama liberales a la defensiva cómo los verdaderos valores del progreso terminaron refugiándose en las banderas de la tradición. Y mucho de eso hay en su postura, ¿no?

    Sí, es una idea que me atrevo a defender de una manera clara, cómo el progreso siempre depende de la tradición. El progreso es necesario y hay que asumirlo tal y como viene pero quizá por esta tendencia contemporánea a promover el rupturismo nos hemos olvidado de la idea ilustrada según la cual el progreso es evolución. Afrontar las novedades desde un bagaje te ayuda a entenderlas. Esa idea conservadora permite no cerrarse a las novedades, y al mismo tiempo no estar siempre descubriendo nuevos mediterráneos.

    Estamos descubriendo cosas que parecen tremendamente progresistas pero que ya estaban en nuestra herenciaHacer tabla rasa nos ha creado muchos problemas porque no podemos estar siempre desechando lo que tenemos y estableciendo puntos de ruptura fuertes entre el mundo de nuestros padres y el nuestro. Hay que cambiar lo que sea necesario pero empezar de cero es un mito racionalista que el siglo XX nos ha demostrado que lleva siempre a lo peor. Es necesario contar con un bagaje moral social desde la cual encajar las novedades, pero la sociedad actual lo ha perdido. Estamos desorientados, como un boxeador sonado que da vueltas en el ring viendo muchas luces y sin saber cuáles son las buenas y las malas.

    Hoy, sin embargo, se prima sobre todo la novedad. Se aprecia especialmente la innovación.

    La innovación es una palabra muy problemática. En la universidad la he sufrido con frecuencia, porque en los planes de innovación docente siempre tratan de aplicar nuevas metodologías. Pero eso es como decir que en la universidad no se ha innovado durante años. Ahora parece que estamos descubriendo muchas cosas que parecen tremendamente progresistas pero que ya existían y ya estaban en nuestra herencia. Enloquecemos con las palabras: cogen una cosa que ya está inventada hace mucho le dan nuevo nombre y adquiere un brillo simbólico deslumbrante, pero era algo que ya conocíamos.

    Alma, Corazón, Vida
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