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La sombra del "Chino" Fujimori es alargada
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La sombra del "Chino" Fujimori es alargada

En las elecciones de este fin de semana, los peruanos no han votado tanto por los candidatos como a favor o en contra de Alberto Fujimori. El recuerdo del ex Presidente pesa mucho

Foto: El ex Presidente peruano Alberto Fujimori, durante una sesión de apelación ante el Tribunal Supremo en octubre de 2013 (Reuters)
El ex Presidente peruano Alberto Fujimori, durante una sesión de apelación ante el Tribunal Supremo en octubre de 2013 (Reuters)

Cuando “El Chino” Fujimori abandonó la Presidencia de Perú en 2000, lo hizo rodeado de escándalos: la apropiación indebida de fondos –calculados en 6.000 millones de dólares, según Transparencia Internacional-, la esterilización forzosa de más de doscientas mil mujeres indígenas, y sobre todo los “Vladivideos”, las miles de grabaciones secretas realizadas por el jefe de los servicios de inteligencia, Vladimiro Montesinos, documentando pagos de sobornos y otras operaciones ilegales. Pero Fujimori, a pesar del apodo despectivo que se le dedicaba popularmente, no era chino sino un miembro de la importante minoría japonesa de Perú, por lo que tenía doble nacionalidad. Escapó a Japón, aunque eso no le salvó de ser detenido en Chile en 2005, extraditado y condenado.

Y sin embargo, no faltaban quienes le otorgaban a Fujimori el crédito de haber “pacificado” Perú. El Presidente ya había mostrado su determinación de combatir el fuego con más fuego durante las matanzas de Barrios Altos y La Cantuta, cometidas por una unidad especial del ejército a principios de los 90. Y aunque estas dos masacres fueron uno de los motivos que acabarían llevando al ex Presidente peruano a la cárcel, pasa lo mismo que con el GAL: siempre hay alguien que defiende esta “guerra sucia”. Más aún cuando, como en este caso, la brutalidad funcionó.

Documental "La caída de Fujimori"

17 de diciembre de 1996. Un comando del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru asalta la residencia del embajador japonés en Lima y toma como rehenes a cientos de diplomáticos y altos funcionarios, junto con algunos de sus familiares. A 72 de ellos los mantendrá cautivos durante los próximos cuatro meses. A cambio de su libertad, los guerrilleros exigen la excarcelación de cuatrocientos compañeros suyos. Es uno de los mayores secuestros de la historia.

Pero el 22 de abril, siguiendo órdenes del Presidente, miembros de las Fuerzas Especiales del Ejército y los marines penetran en el edificio y ejecutan a todos los secuestradores. Solo uno de los rehenes resulta herido, y posteriormente muere desangrado. Fujimori aparece ante las cámaras, exultante, para proclamar el éxito de la operación.

El MRTA nunca se recuperó de aquello y acabó desapareciendo poco después. Era el segundo gran triunfo de Fujimori en el frente de la seguridad: apenas habían pasado cuatro años de la captura de Abimael Guzmán, el líder de Sendero Luminoso, que llegó a controlar amplias zonas rurales del país e incluso el interior de varias cárceles. La icónica imagen de Guzmán, encarcelado en una jaula gigante como un tigre –el uniforme a rayas de presidiario reforzaba esta idea- y rodeado de funcionarios armados dio la vuelta al mundo y señaló la decadencia irreversible de una organización armada que jamás volvió a ser lo que era.

El legado de Fujimori

Hoy, muchos peruanos siguen teniendo presente aquello. Los resultados de las elecciones –en cuyo recuento la hija del ex Presidente, Keiko Fujimori, ha estado en todo momento a la par con su rival, el economista Pedro Pablo Kuczynski- muestran la polarización extrema del país. Keiko no ha dudado en capitalizar el peso de su apellido, rodeándose de los mismos asesores que su padre y presentando un programa muy similar al de éste.

Y esto, en un Perú con un importante problema de delincuencia, alimentada en algunos casos por el narcotráfico, significa políticas de mano dura. Durante la campaña, Keiko aseguró que no tendría ningún problema en proclamar el estado de emergencia para lidiar con la situación, convirtiendo la “seguridad ciudadana” en una de sus prioridades. El escritor Mario Vargas Llosa replicó asegurando que la elección de Keiko representaría “un importante paso atrás” hacia las peores políticas del ‘fujimorismo’, por lo que pidió el voto para Kuczynski en esta segunda vuelta.

“Para nosotros, Keiko Fujimori representa la dictadura, los abusos de derechos humanos y el robo. Si gana, mucha gente cree que perdonará a su padre”, asegura Gonzalo Cordova, miembro de un grupo activista local llamado “No a Keiko”, en una entrevista con la BBC. La candidata se ha visto obligada a prometer públicamente que no suspenderá la sentencia de su progenitor –a quien todavía le queda casi una década de prisión-, pero una iniciativa de este tipo no sería necesariamente impopular: según las encuestas, la mitad de los peruanos estarían a favor.

“Para cerrarle el paso al ‘fujimorismo’ sólo queda marcar por Kuczynski”, tuvo que decir Verónika Mendoza, la candidata del izquierdista Frente Amplio, eliminada en la primera vuelta de las elecciones, a pesar de su inquina hacia el economista conservador. “No quiero que mis hijos vivan en un país de corrupción, drogas y violencia”, afirma en su cuenta oficial de YouTube. “Por eso Keiko no va”.

Keiko también promete reproducir las políticas económicas de su padre, quien siguió con entusiasmo las polémicas recomendaciones del Fondo Monetario Internacional. La aplicación de estas medidas neoliberales generaron un enorme sufrimiento social, pero estimularon la economía peruana: el PIB se duplicó durante los diez años de Fujimori en el poder, algo que todavía se recuerda, especialmente en el contexto económico actual de Perú, donde el FMI prevé un crecimiento de un 3,7% para 2016, una cifra solvente pero alejada del 6% que venía manteniendo en los últimos años.

El resultado de todo ello es que en estas elecciones, muchos peruanos, antes que por Keiko o Kuczyinski, han votado a favor o en contra de Alberto Fujimori. La figura del ex Presidente es, tal vez, lo único que podía llegar a poner de acuerdo a Vargas Llosa y a la izquierda peruana.

Cuando “El Chino” Fujimori abandonó la Presidencia de Perú en 2000, lo hizo rodeado de escándalos: la apropiación indebida de fondos –calculados en 6.000 millones de dólares, según Transparencia Internacional-, la esterilización forzosa de más de doscientas mil mujeres indígenas, y sobre todo los “Vladivideos”, las miles de grabaciones secretas realizadas por el jefe de los servicios de inteligencia, Vladimiro Montesinos, documentando pagos de sobornos y otras operaciones ilegales. Pero Fujimori, a pesar del apodo despectivo que se le dedicaba popularmente, no era chino sino un miembro de la importante minoría japonesa de Perú, por lo que tenía doble nacionalidad. Escapó a Japón, aunque eso no le salvó de ser detenido en Chile en 2005, extraditado y condenado.

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