ERDOGAN, EL ‘CHICO DE ORO’ EN EL MUNDO MUSULMÁN, ALARMA A EUROPA Y A LA PRENSA

Del amigo de Zapatero en la Alianza de Civilizaciones al gas lacrimógeno

Son las nueve de la noche y una persona se asoma a la ventana a aporrear una cacerola. Se le unen otras y, en pocos minutos,

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Del amigo de Zapatero en la Alianza de Civilizaciones al gas lacrimógeno
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    Son las nueve de la noche y una persona se asoma a la ventana a aporrear una cacerola. Se le unen otras y, en pocos minutos, son ya cientos los que inundan la noche con el estruendo del metal y la consigna: Tayyip, istifa! Hükümet, istifa!” ('¡Tayyip, Gobierno, dimite!'). Una escena que se repite en muchos barrios de las principales ciudades de Turquía, y que, aún más que las impactantes imágenes de disturbios de las últimas dos semanas, dan idea del alcance del movimiento de contestación contra el Gobierno del primer ministro Recep Tayyip Erdogan.

    ¿Qué ha ocurrido para que la imagen del mandatario turco se haya deteriorado tanto en los últimos tiempos? Erdogan, a la cabeza del Partido Justicia y Desarrollo (AKP, por sus siglas en turco), ha ganado tres elecciones, dos de ellas con mayoría absoluta, y en cada uno de los comicios no ha hecho sino incrementar el número de votos conseguidos. Pero, ahora, parece haber puesto en su contra a prácticamente todos los sectores sociales de Turquía salvo a sus partidarios más fieles.

    Y lo mismo cabe decir de la prensa internacional. En 2005, el semanario The Economist escribía sobre él en estos términos, francamente positivos: “El prometedor panorama económico que presenta Turquía le debe mucho a la estabilidad política sin precedentes que el país ha disfrutado desde que el Partido Justicia y Desarrollo (AKP), liderado por Erdogan, llegó al poder en noviembre de 2002 tras una década de fragmentados Gobiernos de coalición. El progreso macroeconómico ha ido de la mano de reformas políticas de gran alcance, que algunos diplomáticos califican de ‘revolución silenciosa’”. Poco después vendría la Alianza de Civilizaciones junto al entonces presidente español José Luis Rodríguez Zapatero, el boom económico turco y los éxitos diplomáticos, y las alabanzas no harían sino incrementarse. 

    Esta semana, en cambio, en un artículo titulado “¿Demócrata o Sultán?”, la misma publicación afirma cosas como esta: “Una disputa local se ha convertido en nacional porque sus elementos -un comportamiento policial brutal y megaproyectos urbanísticos mezclados con una despreciativa falta de consulta a la sociedad- sirven como un ejemplo extremo del modo autoritario en el que Erdogan gobierna ahora su país”. Y no es el único medio: cabeceras internacionales como The New York Times, Der Spiegel, Le Monde o el Financial Times han utilizado términos como “autocrático”, “falta de libertades” o “erosión democrática”.

    “Un partido antiestadounidense y antieuropeo”

    “Hace once años, el AKP fue recibido con gran escepticismo en las capitales europeas. Se creía que era un partido islamista de tipo más clásico, antiestadounidense y antieuropeo. Por eso, les sorprendió su gestión durante los primeros cuatro a seis años”, explica Ekrem Güzeldere, analista para Turquía de la Iniciativa de Estabilidad Europea, un think tank especializado en el este europeo, Turquía y el Cáucaso. “En Alemania, por ejemplo, muchos medios han estado alabando al AKP durante las dos primeras legislaturas, prácticamente hasta hace dos años. Y es muy importante señalar que no era una imagen incorrecta. Lo que hicieron en los primeros años fue muy positivo, porque democratizaron la sociedad y fortalecieron la sociedad civil”, dice a El Confidencial.

    Tras unos primeros años de supervivencia política -el AKP estuvo a punto de ser ilegalizado en varias ocasiones por el Tribunal Supremo de Turquía-, vino la época de consolidación. “Los años 2004 y 2005 fueron los de mayores reformas, al hilo del proceso de entrada en la Unión Europea. Después, en 2008, se produjo una lucha por el poder entre el AKP, por un lado, y las antiguas elites y el Ejército por el otro. Pero tras los macrojuicios por golpismo conocidos como caso Ergenekon, el AKP salió victorioso”, indica Güzeldere.

    A Erdogan le ayudó el espectacular crecimiento de Turquía, apoyado por una reforma económica liberalizadora del sector público y una explosión en las exportaciones. En 2011, fue la tercera economía que más creció, superada tan sólo por China y Argentina. También pareció, por un breve periodo de tiempo, que su política exterior se contaba entre las más exitosas del mundo: la estrategia de “cero problemas con los vecinos”, diseñada por el ministro de exteriores Ahmet Davutoglu, permitió establecer importantes vínculos económicos con casi todos los países del entorno, y normalizar relaciones con viejos enemigos como Grecia e incluso, casi, con Armenia, cuya capital llegó a visitar el presidente Abdullah Gül en 2008. 

    “Desde entonces, los líderes turcos se han comportado de una forma más y más autoritaria, menos abierta a escuchar otras voces. Es cierto que han realizado avances en el tema kurdo, y en los derechos de los cristianos y otras minorías, pero también han introducido leyes percibidas por parte de la población como que limitan su estilo de vida, y como un intento de islamizar la sociedad”, dice Güzeldere.

    Primeras condenas por insultos al Islam

    Entre estas medidas se encuentran la separación por sexos en los campamentos públicos para adolescentes, la ley de prohibición del aborto (todavía por aprobar), las crecientes restricciones a la venta y consumo de alcohol en público, o la multiplicación de mezquitas y el aumento del presupuesto para asuntos religiosos. La escalada islamizadora alcanzó su cenit el pasado mayo, cuando, por primera vez, dos intelectuales turcos, el pianista Fazil Say y el columnista Sevan Nisanyan, fueron condenados por presuntos insultos a la fe islámica. Turquía no tiene leyes contra la blasfemia, pero sí penaliza la “incitación al odio religioso” en uno de sus artículos del Código Penal.

    Está, además, la cada vez menor tolerancia a la crítica por parte de los líderes turcos, especialmente de Erdogan. Turquía no sólo es el país del mundo con mayor número de periodistas encarcelados -casi el doble que en Irán y China-, sino que en los últimos dos años cierto número de informadores consolidados han sido despedidos por haberse mostrado críticos con el primer ministro. Varios programas televisivos han recibido multas millonarias por “inmoralidad”, y, tras los recientes disturbios, el Gobierno planea introducir una legislación que restrinja el uso “inapropiado” de las redes sociales.

    Todo ello ayuda a explicar por qué una protesta en apariencia menor -contra la demolición de un parque público en Estambul- se ha convertido en una revuelta generalizada contra las políticas gubernamentales: un importante sector de la sociedad turca siente que su estilo de vida está amenazado por un Gobierno altamente ideologizado, y se rebela contra ello. “La democracia es un tren del que uno se baja cuando ha llegado a su parada”, dijo Erdogan en una ocasión, una cita rescatada ahora por sus opositores. 

    “Un musulmán piadoso es alguien que no bebe alcohol ni come cerdo. Un islamista es alguien que quiere que los demás tampoco lo hagan. Creo que está bastante claro dónde se sitúa nuestro Gobierno”, asegura el columnista Burak Bekdil, uno de los críticos más vocales contra Erdogan. “Nuestro primer ministro cuenta con los votos de la mitad de este país. El problema es que quiere que la otra mitad vivamos también conforme a sus ideas”, se quejaba recientemente una mujer a El Confidencial durante las protestas.

    “Esto no es otra cosa que un intento de la minoría de defender a la mayoría. No lo permitiremos”, dijo Erdogan el pasado domingo, durante un mitin del AKP celebrado en Estambul, que registró una asistencia multitudinaria. La declaración es el respaldo definitivo al uso masivo de gases lacrimógenos y otros elementos de fuerza que la policía turca ha desplegado en las últimas semanas contra unas protestas en gran parte pacíficas. Pero también da la clave de por qué la sociedad turca está tan polarizada. En estos días, tanto partidarios como detractores de Erdogan aseguran estar movilizados “para defender la democracia”. La paradoja es que ambos podrían tener parte de razón.

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