'EL CONFIDENCIAL', EN AFGANISTÁN

En las calles de Qala I Naw: dinero y sudor español para un futuro incierto

El intérprete afgano clava su mirada en el suelo del Hércules. Viste un traje tradicional, de color azul pálido, y zapatos negros de punta. Es joven, bajo

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En las calles de Qala I Naw: dinero y sudor español para un futuro incierto

El intérprete afgano clava su mirada en el suelo del Hércules. Viste un traje tradicional, de color azul pálido, y zapatos negros de punta. Es joven, bajo y de complexión frágil y, sentado como está entre curtidos soldados españoles del Ejército del Aire, el chaleco antibalas le da un aspecto ridículo, casi infantil. Entrelaza sus manos rechonchas y permanece mudo mientras el avión despega de Kabul para cubrir el trayecto hasta Qala I Naw, donde se encuentra el grueso de las fuerzas españolas en Afganistán. De cuando en cuando, percibe que el periodista le observa y le devuelve una mirada furtiva, tímida. Imposible adivinar qué está pensando. Leer en el rostro de los afganos es como intentar leer el viento.

Tal vez reflexione sobre el futuro que le espera después de una guerra que ya tiene fecha de caducidad, cuando las tropas internacionales abandonen el país a finales de 2013. Es un colaboracionista, trabaja para las fuerzas de la ISAF, así que si los talibanes logran derrotar a las incipientes Fuerzas Nacionales Afganas y se desata una sangrienta represión, él figurará, junto a muchos otros, en los primeros puestos de la lista. 

No son pocos los afganos que vaticinan que los talibanes retomarán el control de gran parte del país cuando se marchen las tropas internacionales. El Gobierno actual, corrupto hasta la médula, tiene escasa legitimidad. Y muchos corresponsales veteranos, aquellos que opinan que la guerra nunca acabó tras la invasión soviética y que Afganistán lleva décadas destruyéndose a sí mismo, auguran un conflicto civil de baja intensidad cuando los estadounidenses y europeos hayan salido del avispero.  

Por ello, el Ejército español se ha volcado en los últimos años en formar y entrenar a los afganos, incluidos a sus mandos; como la decena de generales que compartía con un grupo de periodistas el vuelo de la Fuerza Aérea Madrid-Kabul tras realizar un curso de Altos Estudios Militares en España. Vestidos con trajes oscuros, de corte modesto, con rostros serios y ajados por el sol, regresaban a su país cargados de electrodomésticos baratos. Formar a los afganos es una tarea titánica: varias etnias que durante décadas se han matado entre sí deben conformar un ejército en el que el 80% de los reclutas son analfabetos y las deserciones están a la orden del día.

Sin embargo, los mandos españoles en la provincia de Baghdis (al oeste del país) son optimistas a la vista de los avances logrados. En plena visita del almirante general Fernando García Sánchez ayer a la base de Qala I Naw, aseguran a El Confidencial que las Fuerzas Nacionales Afganas ya tienen capacidad para realizar operaciones ofensivas, esto es, combatir y vencer a los talibanes en las zonas que los españoles abandonan progresivamente, algunas de gran importancia estratégica, como las bases de las que España ya se ha retirado en las cruciales Ruta Lithium y Ruta Opal

Allí, los combates son constantes y los españoles ya no realizan más que operaciones de apoyo. Es el meollo del asunto. La clave del futuro de este país y el punto que resaltan todos los oficiales consultados por este diario: si los afganos pueden mantener la seguridad, habrá reconstrucción y, tal vez, un mínimo progreso; si hay reconstrucción, habrá futuro para Afganistán.  

En las calles de Qala I Naw

Para mostrar de primera mano dicha reconstrucción, el Ejército español prepara una salida por las calles de Qala I Naw. El convoy de varios blindados RG-31 abandona la base, cruza la pista de aterrizaje heredada de la invasión soviética y reconstruida después, y entra en el pueblo. 

Aunque los nuevos vehículos antiminas cuentan con aire acondicionado, en su interior el calor es asfixiante. No han transcurrido más que unos metros cuando se ven los primeros burkas, un grupo de tres mujeres que caminan entre las casas de adobe escondidas en sus ropajes como fantasmas azules. No son las únicas. De hecho, todas las mujeres con las que se cruza el convoy lo llevan. Y algunos militares españoles son tajantes en este asunto: la razón es cultural, no se debe a la talibanización del país, que, opinan, ha mejorado en muchos aspectos puntuales pero que no ha evolucionado. Sigue anclado en el medievo.

Atravesando puntos de vigilancia de la Policía afgana en las calles atestadas de comercios y con una lentitud pasmosa, el convoy alcanza su primer objetivo, el edificio de la gobernación, donde los altos mandos españoles se reúnen con el recién elegido gobernador de Qala i Naw y un consejo de notables, una especie de asamblea local cuyos miembros son elegidos por los motivos más diversos o, directamente, se hereda el cargo. No queda otra que adaptarse a su forma de gobierno porque muchos de sus miembros ni siquiera entienden el concepto de democracia.

En la última fila del salón, custodiado por decenas de afganos armados y efectivos españoles, se sienta el consejo de la mujer, cinco afganas que se cubren el rostro ante las cámaras y evitan la mirada de los extranjeros. 

Los mandos españoles felicitan a los afganos por sus procesos y ellos piden que la ayuda económica no se termine cuando las tropas se retiren. La Agencia Española para la Cooperación ha gastado 300 millones de dólares en la provincia de Baghdis desde 2005. Parte de esa cantidad se ha destinado a asfaltar las principales vías de Qala I Naw, erigir el hospital de la ciudad o en construir el minarete de la mezquita, un edificio azul que domina la ciudad, perfectamente visible desde la base española, hasta donde llega la llamada a la oración de los muecines.

El grupo deja los vehículos en el edificio de la gobernación y recorre las calles de Qala I Naw a pie hasta el hospital, levantado con dinero español. Un edificio modesto en cuya puerta tres jóvenes doctores saludan con un leve gesto de cabeza al periodista y aceptan ser fotografiados. El resto de afganos se limita a observar fijamente con una mezcla de hostilidad, indiferencia y curiosidad. Sólo un niño saluda tímidamente con un “hola, amigos” antes de esconderse tras una tapia. 

Las calles apestan, porque todavía carecen de alcantarillado. Pese a los notables avances y al dinero invertido, Qala I Naw huele a pobreza. El convoy regresa al punto de partida una hora antes de que caiga la noche. Cuando el sol se esconde, en el destacamento español se apaga literalmente toda la iluminación por razones de seguridad. La base queda sumida en la oscuridad mientras el muecín llama a la última oración de la jornada desde su 'nuevo' minarete. 

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