Lo que está pasando es que, con el frío, hay especies sedentarias que se han vuelto ubiquistas, es decir, que cualquier lugar donde haya un recurso les parece bien.

Como este herrerillo común que, con el paso de los senderistas por el melojar de La Herrería en El Escorial, busca las migas de pan que han caído sobre la nieve.

Los árboles no tienen manos, pero sí al herrerillo, para quitarse las plagas de encima.

En este vídeo, ofrecido por la Fundación Aquae, vemos que, en su característico píleo azul cobalto en la cabeza, una familia de herrerillos destruye al año 24 millones de insectos, según calculó Joaquín María de Castellarnau i Llopart, quien relataba la historia del rey prusiano que pagó por matar gorriones al observar que se comían sus cerezas.

Acabaron llenas de orugas. ¿Qué sería de nuestros bosques sin los herrerillos? Ni siquiera su sombra.

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