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Madrid, años noventa, alerta 'skin': cómo los neonazis tomaron las calles de la ciudad
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DE LA UNIVERSIDAD A LA GRADA

Madrid, años noventa, alerta 'skin': cómo los neonazis tomaron las calles de la ciudad

España se llenó de cabezas rapadas durante los noventa con la connivencia de autoridades y medios de comunicación, que en un principio menospreciaban sus ataques

Foto: Un ultra hace el saludo fascista frente al estadio Santiago Bernabéu. (Ultras Sur)
Un ultra hace el saludo fascista frente al estadio Santiago Bernabéu. (Ultras Sur)

El guardia civil Luis Merino pasó la tarde del 13 de noviembre de 1992 en la plaza de los Cubos, en Madrid. Allí bebió en compañía de sus amigos, un grupo de 'skinheads' procedente de la sierra norte de la región. Llamó la atención de transeúntes y comerciantes de la zona ya que, a sus 25 años, era el mayor de los congregados, además del único con pelo en la cabeza. También porque era la voz cantante del grupo: Merino pasó horas arengando a los 'skins' de Cubos, en su mayoría adolescentes, para concienciarles del problema que estaba creando la inmigración en España.

El guardia civil puso como ejemplo la situación de la colonia dominicana en Aravaca. Los vecinos de esta zona adinerada del norte de Madrid comenzaron a quejarse ante la presencia de extranjeros en sus parques y las fuerzas del orden respondieron hostigándoles a diario, pidiéndoles los papeles e impidiendo sus reuniones en espacios públicos. La situación se tensó tanto que los inmigrantes terminaron por apedrear a la policía municipal.

En torno a las 20:30, Merino y otros tres 'skinheads' adolescentes se montaron en el coche del guardia civil. La idea era regresar a casa, pero Merino detuvo el coche a la altura del kilómetro 8,7 de la A-6. Era la ubicación de la discoteca Four Roses, epicentro de los 'niños bien' durante la Movida, en ese momento abandonada. Allí vivían varias familias de dominicanos cuyos trabajos, casi siempre en negro por la falta de papeles, no les daban para alquilar un piso. Merino y los 'skinheads' irrumpieron encapuchados y dispararon varias veces al bulto de seres humanos aterrorizados. La trabajadora doméstica Lucrecia Pérez, que llevaba apenas un año en España, murió en el acto por dos impactos de bala.

placeholder La discoteca abandonada Four Roses, en Aravaca. (EFE)
La discoteca abandonada Four Roses, en Aravaca. (EFE)

Aquel fue el primer crimen catalogado como 'de odio' en nuestro país. Para muchos españoles, fue la primera noticia de que los neonazis habían tomado las calles. Hasta ese momento, la mayoría confundía las cruces célticas que pintaban los nazis en las paredes con los puntos de mira de ETA, siempre omnipresente en los medios. Sin embargo, el movimiento llevaba gestándose casi una década en la contracultura de las principales ciudades, en especial en Madrid, Barcelona y Bilbao. "Los 'skinheads' surgen a comienzos de los ochenta, imitando los grupos que ya había en Francia y Gran Bretaña", dice Carles Viña, autor de 'Skinheads', una de las obras de referencia sobre la materia. "Al principio lo hacen como un grupo desideologizado, muy cercano al 'punk' en cuanto a sus pretensiones transgresoras y rupturistas. Incluso iban a los mismos conciertos y compartían espacio con los punkis".

No fue hasta 1984 que los 'skins' comenzaron a abrazar la cultural neonazi, de nuevo influidos por los franceses y británicos. "En aquel momento no era fácil informarse de lo que hacían grupos de otros países. Los 'skins' españoles lo hacen a través de los documentales, intentando copiar todo lo que ven. De hecho, se declaran racistas en un país en el que no hay inmigración", afirma Viñas. En el momento del asesinato de Lucrecia, el porcentaje de inmigrantes sobre el total de la población de España era del 2,1%, la tasa más baja desde que hay registros.

Bases Autónomas surgió en la universidad y extendió su doctrina por toda España

El corpus ideológico lo encontraron en la universidad. Concretamente en la Facultad de Derecho de la Autónoma de Madrid, donde en 1985 nació Bases Autónomas, una organización que irradiaría el movimiento al resto del Estado. "Es un grupo de ultraderecha joven, culto y adinerado, pero con carácter revolucionario, que no responde al cliché franquista o falangista. Rechaza a partidos como Fuerza Nueva, a los que considera católicos y rancios, y bebe de un nuevo fascismo que se está postulando en Europa", dice Miquel Ramos, autor de 'Antifascistas', una crónica de cómo se combatió a la ultraderecha en España desde la Transición. "Adoptan como mascota la rata de 'Rata Negra', el fanzine del fascismo francés, toman la cruz céltica de los italianos y lucen una estética muy cercana a la izquierda radical. También incorporan otros elementos de la cultura 'punk', como los fanzines o la música; es una mezcla de elementos que copian a otros colectivos".

placeholder Algunos de los adhesivos que BBAA usó durante los años noventa. (Twitter)
Algunos de los adhesivos que BBAA usó durante los años noventa. (Twitter)

En la vorágine de los primeros ochenta, con la eclosión de las tribus urbanas y un clima de tolerancia imperante en la sociedad, los 'skinheads' consiguieron pasar inadvertidos. Sus ataques racistas aparecían camuflados en las páginas locales de los periódicos, normalmente considerados peleas entre bandas. No obstante, en torno a 1985, la presencia de neonazis en los conciertos 'punk' comenzó a ser insostenible y a menudo eran expulsados con violencia de los recintos. "En esa época se hace un revoltijo tremendo. Hay 'punks' que visten como 'skinheads' pero no son nazis, otros que se pasan a la ultraderecha de un día para otro... Es un poco el espíritu de los ochenta. Pero el resto de tribus rechaza el giro ultraderechista de los 'skins' y termina por aislarlos", continúa Miquel Ramos.

"Es difícil establecer una tipología de 'skinhead", explica Viñas. "Los hay de clase alta, otros que vienen de familias disfuncionales... Pero existen casuísticas comunes, como la crisis del paso de la adolescencia a la adultez, los problemas económicos o la simple necesidad de ser respetado y pertenecer a un grupo. Muchos de estos jóvenes con identidades en formación nunca reflexionaron sobre la extrema derecha, solo buscaban refugio a la violencia en un grupo que infundía miedo en los demás".

Noches de cacería

El veto de los cabezas rapadas en conciertos y actos contraculturales disparó su violencia en las calles. Comenzaron las 'cacerías', un término que sigue poniendo la piel de gallina a muchos de los que eran jóvenes en aquella época. Juan José C. H., un madrileño de 46 años, vivió esta violencia en carne propia. Sucedió una noche de junio de 1997, mientras estudiaba con un compañero un examen de la universidad en la calle Martín de los Heros, en Moncloa. "Serían las dos de la mañana cuando nos cansamos de estudiar. Era viernes y, ya que se nos había hecho tarde para salir, quisimos al menos aprovechar un poco la noche", dice a este periódico. "Salimos a por algo de cenar y un par de películas de un videoclub 24 horas que había en la calle Fernando el Católico, muy cerca de los bajos de Argüelles, una zona de salir muy concurrida por los universitarios. Había tanto ambiente que estuvimos a punto de quedarnos, pero teníamos las películas y unas pizzas en la mano, así que regresamos a la casa de mi amigo".

Los estudiantes bajaron por el paseo Moret, dejando el Parque del Oeste a su derecha, donde se hacían los famosos botellones que tanto preocupaban a los hosteleros. "Nos cruzamos con cinco o seis grupos de gente bebiendo, lo normal, pero al final de la calle, donde ya no había gente, vimos un grupo grande de personas con rapados y con cazadoras bomber. Recuerdo que tenían un radiocasette con música heavy en español, algo rollo Estirpe Imperial. El caso es que nos cruzamos de acera para no pasar al lado, pero fue demasiado tarde. Nos vieron y dos de ellos, que no tendrían ni 15 años, empezaron a seguirnos", relata.

placeholder Un concierto de neonazis de los años noventa. (EFE)
Un concierto de neonazis de los años noventa. (EFE)

"Nos hicieron varias preguntas que no recuerdo, pero iban encaminadas a que cayésemos en cualquier renuncio. En un momento dado, un 'skin' le pasó el brazo por la espalda a mi amigo, como si se conocieran, y me dijo que yo me podía ir, que él se quedaba a tomar una cerveza con ellos. La situación se puso muy tensa; mi amigo no quería quedarse y empujó al 'skin' que le agarraba. Ahí se lió: los cabezas rapadas empezaron a gritar y vinieron corriendo todos los demás. No recuerdo mucho más que cruzar corriendo la calle sin mirar si venían coches, ese era el nivel de miedo. Después, tengo un 'flash' de mí tirado en el suelo mientras me pateaban varios 'skins", sigue Juan José, actualmente ingeniero informático, que siempre se ha definido como apolítico.

Juan José acabó la noche en el hospital con un hombro, la clavícula y varias costillas fracturadas, que le provocaron un neumotórax. Necesitó dos cirugías y más de una semana internado para recuperarse de las lesiones. Su amigo tuvo más suerte y consiguió encerrarse en su portal después de una larga carrera. "Nadie vino al hospital a preguntarme quién me había hecho esto. Es más, cuando salí y fui a la comisaría a denunciar, los policías estaban más preocupados en saber si llevábamos alguna camiseta del Che o si les habíamos insultado que por el ataque que recibimos. Que yo sepa, nunca se detuvo a nadie", lamenta el madrileño.

"Los 'skins' atacaban a colectivos vulnerables, como los 'sintecho' o los trans, porque sabían que no iban a denunciar"

La primera mitad de los noventa fue tiempo de impunidad para los 'skins'. A excepción de casos como el de Lucrecia o Sonia Rescalvo, que crearon gran alarma social, el resto de palizas, ataques y reyertas quedaron en cosas de críos. "La mayor parte de las veces atacaban a inmigrantes sin papeles, a mendigos o a personas del colectivo LGTBi, porque sabían que no iban a denunciar. Si ahora una persona trans sigue teniendo problemas para ser creída por las autoridades, hace 30 años era impensable que se presentase en comisaría a denunciar algo así", explica Ramos. "Las cacerías contra la gente de la izquierda radical fueron menos habituales, porque sabían que iban a tener respuesta".

Un recuerdo colectivo de los madrileños evoca imágenes de lugares como la plaza de los Cubos o el Parque del Oeste llenos de grupos de 'skinheads' sembrando el terror sin que la Policía interviniese. Hay mucha literatura publicada en torno a esta circunstancia, y casi todos los análisis señalan un mismo problema: nunca se purgó a los elementos franquistas de la Policía y Guardia Civil durante la Transición y, 15 años después, seguían en sus puestos, dando cobertura a los 'skinheads', aunque solo fuera por inacción. En algunos casos, como el del periodista Antonio Salas, que estuvo durante meses infiltrado en Ultras Sur, eran los altos mandos policiales los que avisaban a los 'skinheads' de que tenían un topo. "Sin duda hubo una cierta tolerancia policial ante los nazis. Salvo la ocasiones en las que llegaban órdenes de arriba, la respuesta de la Policía solía ser bastante tibia. Todo lo reducían a riñas entre jóvenes borrachos sin trasfondo político", afirma Carles Viñas.

"Sin duda, la Policía no quiso ver lo que estaba sucediendo. Lo consideraban un problema de orden público, uno de tantos que sucedían por la noche en las grandes ciudades. Y en esto también tuvieron su culpa los medios que, al principio, lo hacían pasar como un asunto menor, poco más que cuatro descerebrados procedentes de familias desestructuradas", remacha Miquel Ramos.

Ultras por conveniencia

En paralelo, los cabezas rapadas encontraron un lugar donde su presencia era bienvenida: las gradas de los estadios. Ya en 1986, el fanzine '¡A por ellos!', editado por Bases Autónomas, llamaba a refugiarse en los eventos deportivos: "El estadio debe servir a la política, no la política al estadio; debe ser un frente de lucha más, en el que se pueda captar gente para un movimiento político, aprovechar la ocasión de hacer propaganda gratuita (...) y arremeter contra las peñas ideológicamente hostiles", escriben.

placeholder El fondo sur del estadio Bernabéu, en una instantánea de finales de los noventa. (EFE)
El fondo sur del estadio Bernabéu, en una instantánea de finales de los noventa. (EFE)

Grupos ultraderechistas como Ultras Sur, del Real Madrid, Boixos Nois, del Barcelona, o el Frente Atlético, que se habían gestado en los ochenta, adquieren su máximo poder a lo largo de los noventa. Durante toda la década es habitual ver cruces célticas y esvásticas detrás de las porterías de los estadios sin que nadie ponga coto. Uno de los pocos que alzaron la voz fue el entrenador Guus Hiddink, que en 1992 se negó a que el Valencia saltase al césped del Luis Casanova, si no se retiraba una enorme esvástica del fondo sur. La respuesta de su presidente, Arturo Tuzón, da buena muestra de la sensiblidad de la época: "Es imposible. ¿Cómo puede estar pendiente el preparador de lo que sucede en las gradas? Su trabajo está sobre el césped. Me parece una tontería".

Los estadios se convirtieron en un campo de batalla entre ideologías enfrentadas. Muy recordados son los enfrentamientos entre ultras del Real Madrid y de Osasuna, en ocasiones con decenas de heridos en los aledaños del estadio, que llegaron a provocar la suspensión de un partido por lanzamiento de petardos a Buyo, portero del Madrid. La violencia política se daba por descontada, hasta el punto de que varios jugadores, como Juanito, Raúl, Figo o Casillas, apoyaron sin ambages a Ultras Sur, incluso posando con símbología fascista ante las cámaras. No solo era cosa de jugadores: hasta el presidente Ramón Mendoza se reunía habitualmente con los ultras y hacía lo que estaba en su mano por venderlos como simples aficionados ante la prensa. Tanto es así que los rescoldos de Ultras Sur, ya desterrados del Bernabéu, siguen homenajeando su mandato hasta nuestros días.

placeholder Varios jugadores del Real Madrid posan con bufandas y banderas de Ultras Sur. (Ultras Sur)
Varios jugadores del Real Madrid posan con bufandas y banderas de Ultras Sur. (Ultras Sur)

"Los presidentes de los clubes son cómplices, porque querían tener en el estadio a gente que animase, de modo que veían, en el mejor de los casos, como un mal menor que fuesen nazis o provocasen altercados violentos. La mayoría incluso hizo negocio con la venta ilegal de entradas y el 'merchandising' de los ultras. Esta dinámica no se puso en cuestión hasta el asesinato de Aitor Zabaleta en diciembre de 1998, pero de forma muy gradual. Ahí tenemos la muerte de Jimmy en los alrededores del Calderón, que sucedió hace dos días", dice Ramos.

A partir de 1994, los medios de comunicación dan un giro de 180 grados: de minimizar la amenaza pasan a abordarla constantemente desde una perspectiva sensacionalista. Los periódicos, y en especial las televisiones y los semanarios como 'Interviú', se llenan de reportajes espeluznantes sobre palizas y asesinatos en plena calle. Películas taquilleras de la época como 'El día de la bestia', de Álex de la Iglesia, o 'Taxi', de Carlos Saura, abordan el asunto hasta convertirlo en un icono de la cultura popular. "Esto crea un efecto de retroalimentación entre la juventud. Los 'skinheads' se ven en los periódicos y se sienten poderosos, lo que hace que muchos chavales se acerquen, queriendo formar parte de algo que genera tanto interés", afirma Viñas, que en 2023 publicará otro libro centrado en los cabezas rapadas españoles.

"A los intelectuales neonazis no les gustan los 'skins', creen que les dan mala imagen"

No obstante, este punto álgido será el principio del fin de los 'skins'. La llegada de las televisiones privadas dispara los ingresos de los clubes y la Ley Bosman les da rienda suelta para fichar por toda Europa sin mirar el pasaporte. La Liga roba talento al Calcio y la Premier y se crea la 'Liga de las Estrellas', que a la postre supone un salto crucial en el negocio del fútbol. En este nuevo entorno, en el que se busca acercar el deporte a las familias, los ultras no tienen cabida. "En paralelo, se crean formaciones como Democracia Nacional, de ideología neonazi pero menos proclives a la acción directa como los 'skinheads'. Surgen a imagen del partido de Le Pen en Francia y son capaces de sacar mucha gente a la calle en sus manifestaciones. A los intelectuales nazis no les gustan los cabezas rapadas, porque creen que les dan mala imagen, aunque tampoco los desdeñan, porque al final son los que compran sus libros y llenan sus eventos", afirma Miquel Ramos.

Con la llegada del nuevo siglo, los cabezas rapadas van desapareciendo progresivamente de los estadios. Laporta destierra a los Boixos en 2003 y Florentino Pérez logra deshacerse de los Ultras Sur poco tiempo después. En las calles, sufren un proceso similar: "Poco a poco, los 'skins' se ven desbordados por las bandas latinas, pero también influyen otros factores, como que deja de estar de moda ser un 'skin', que se incrementa la presión policial e incluso la multiplicidad de las opciones de ocio. Los jóvenes empiezan a consumir contenidos en sus casas, ya no pasan tanto tiempo en la calle, por lo tanto no están tan expuestos a acabar en una banda", dice Viñas.

Con el fin de los 'skinheads', muchos creímos haber desterrado la ultraderecha de España. Estábamos equivocados.

El guardia civil Luis Merino pasó la tarde del 13 de noviembre de 1992 en la plaza de los Cubos, en Madrid. Allí bebió en compañía de sus amigos, un grupo de 'skinheads' procedente de la sierra norte de la región. Llamó la atención de transeúntes y comerciantes de la zona ya que, a sus 25 años, era el mayor de los congregados, además del único con pelo en la cabeza. También porque era la voz cantante del grupo: Merino pasó horas arengando a los 'skins' de Cubos, en su mayoría adolescentes, para concienciarles del problema que estaba creando la inmigración en España.

Ultras Sur Guardia Civil Real Madrid