FUE CONDENADO POR EL ATENTADO EN ARGELIA EN 1978

La silenciosa muerte de Espinosa, confidente y espía en la guerra sucia de la Transición

Pasó siete años en prisión por el intento de asesinato del líder independentista canario Cubillo por orden de Interior. Se infiltró en los GRAPO y en la UGT. Ha fallecido en la indigencia

Foto: José Luis Espinosa, en el documental 'Cubillo, historia de un crimen de Estado'.
José Luis Espinosa, en el documental 'Cubillo, historia de un crimen de Estado'.

José Luis Espinosa Pardo no era un persona real. Al menos no de esta época. Espinosa, alias Gustavo, alias Alfredo, alias Juan Sánchez, alias Alberto Torremocha Ramírez, es un personaje clave de las cloacas de la Transición. Un tipo capaz de ser al mismo tiempo secretario general de la UGT de Murcia y confidente en los asuntos más turbios de Interior. Se infiltró en los GRAPO y llevó una vida de misterio que emergió en 1990, cuando fue condenado por el intento de asesinato en Argelia del líder independentista canario Antonio Cubillo, ocurrido en 1978. Cató la cárcel durante siete años y pasó los últimos años de su vida en Murcia, olvidado por todos. Hace tres semanas recibió a este diario alrededor de unos vinos. Parecía dispuesto a contar su vida con detalle. Nos citamos para diciembre. Pero falleció el fin de semana en su casa, según fuentes policiales y próximas a Espinosa. Tenía 90 años y un puñado de secretos.

El anciano que salió al encuentro no parecía ese personaje de leyenda del que a lo largo de varias décadas habían hablado los diarios. Era un hombre pequeño, como consumido, que caminaba ayudado por un bastón. Tenía un pequeño bigote blanco y barba de unos días. A través de una buena amiga suya había quedado con él a ver si accedía a contar su vida, a sentarnos con calma. Al principio no quería comer ni parecía que fuese a hablar demasiado, pero luego se fue animando. Tomamos unos botellines, vinos y unos caballitos (gambas rebozadas). Mantenía la cabeza lúcida y de vez en cuando se callaba.

José Luis Espinosa, el pasado 30 de octubre en Murcia. (R. M.)
José Luis Espinosa, el pasado 30 de octubre en Murcia. (R. M.)

Nacido en San Javier (Murcia) el 2 de septiembre de 1926, Espinosa era nieto de un notario de San Javier, hijo del jefe de la Policía Local y sobrino de Gustavo Espinosa, militar de la Fuerza Aérea republicana y uno de los encargados de organizar el exilio del Gobierno de la República. De joven emigró a Argelia junto con su madre y su hermano, como tanta gente de Murcia y Alicante tras la guerra. Aunque reconstruir con detalle su vida no es sencillo, contó que allí colaboró con la resistencia argelina contra los franceses.

En los años setenta ya estaba de vuelta en España, aunque a quienes conocía les decía que tenía que haber seguido en Argelia. Trabajaba para el comisario Roberto Conesa, jefe de la brigada político social, un hombre temible para la oposición franquista, especialista en infiltrarse en sus organizaciones. Espinosa era uno de sus peones. Uno de los mejores. En 1976, cuando los GRAPO secuestraron al entonces presidente del Consejo de Estado, Antonio María de Oriol Urquijo, Interior tuvo que repescar a Conesa, que estaba destinado en Valencia. Hay quien dice que este tiró de Espinosa, que estaba infiltrado en los GRAPO, y resolvió el secuestro. Espinosa contaba que había puesto micrófonos en las puertas aprovechando que era carpintero, aunque esa historia queda por escribir.

Meses después volvía a estar infiltrado. En 1977 dirigió en la ciudad de Murcia la campaña del PSOE para las primeras elecciones generales de la democracia y era secretario general de la UGT en la región. "Decía que había estado en el congreso de Suresnes y ya era secretario general de la UGT de Murcia. Llegaba a las ocho de la mañana al partido y a mediodía se iba al cine Rex a echarse la siesta", recuerda esta buena amiga que le ha acompañado hasta el final.

Poco después volvió a Argelia. Tenía el encargo de acercarse a Antonio Cubillo, líder del Movimiento por la Autodeterminación e Independencia del Archipiélago Canario (MPAIAC), que por entonces abogaba por la independencia de Canarias y tenía al Gobierno de la UCD en vilo. El documental 'Cubillo, historia de un crimen de Estado', realizado por un sobrino de Cubillo en 2012, cuenta con detalle lo que ocurrió y cómo se mezclaban muchos intereses: la descolonización africana, los intereses turísticos alemanes, la frágil democracia española... Espinosa se hizo llamar Gustavo (homenaje a su tío republicano) y se ganó su confianza. El MPAIAC había colocado una bomba en el aeropuerto de Gando y eso obligó a desviar los vuelos a Los Rodeos (Tenerife). Ahí se originó el mayor accidente de la aviación mundial, con 583 muertos, y la UCD decidió acabar con aquello a cualquier precio.

Fue carpintero, espía, miembro del PCE Marxista-Leninista, militante cualificado del FRAP y secretario general de la UGT en Murcia

Entonces Espinosa recibió la orden de liquidar a Cubillo. Contrató a dos sicarios que lo apuñalaron en la puerta de su casa en Argel. Cubillo sobrevivió, aunque desde entonces tuvo que ir en silla de ruedas. Falleció en 2012. Con su débil voz, Espinosa explicaba que la orden de ir a por Cubillo surgió del Ministerio de Interior, que dirigía entonces Rodolfo Martín Villa. Habló sobre los encargados del asesinato. "A uno no lo conocía yo. Al otro sí. Quería trabajar, pues le di trabajo. Aquello fue una chapuza, pero es que no te creas que es muy fácil. Cuando Cubillo volvió en sí, dio mi nombre: el de Gustavo", contaba el otro día. "El que juega con fuego se quema. Hubo un momento en que el Gobierno español tuvo miedo", declaró Espinosa en el documental. 

La sentencia del Supremo que en 1992 ratificó la condena define a Espinosa como "un murciano que ya había sido y hecho casi de todo: carpintero, espía, miembro del Partido Comunista de España Marxista-Leninista, militante cualificado del FRAP y secretario general de la UGT, en Murcia". Añadió que era un "hombre de espíritu práctico, dotado de buenos mecanismos de defensa y viajero incansable [...] y por su polifacetismo se desenvolvía, con habilidad, en múltiples esferas. Una de estas era la policial, en la que tenía buenas relaciones, hasta el extremo de que podía entrevistarse con notables mandos y acceder a sus despachos o dependencias cuantas veces lo precisara y le precisaran".

"Habré hecho cosas malas, pero he salvado muchas vidas. Esa es la satisfacción que tengo", repetía

Tras el atentado a Cubillo, su historia se pierde. Con un nuevo DNI, Interior lo mandó a Extremadura a esperar que escampe. "Allí me llamaba Alberto Torremocha Ramírez", se reía ante un vino. Le pusieron un huerto aunque siguió haciendo trabajos para la policía. Periódicamente, desaparecía de su casa. Por entonces contó que llegó a regentar un prostíbulo en Vallecas en el que grababan a los policías que acudían por si luego necesitaban algo de ellos. El problema con Espinosa es que contaba las cosas a medias, dejaba cabos sueltos a propósito o hacía como que no se acordaba, quién sabe si también en las imágenes que grabó para un documental. ¿Cómo podía ir de socialista y a la vez trabajar para alguien como Conesa? "Conmigo siempre se portó bien", respondía.

Portada de una revista sobre el atentado de Cubillo.
Portada de una revista sobre el atentado de Cubillo.

A finales de los ochenta, el intento de asesinato de Cubillo volvió a la luz. La Audiencia Nacional juzgó a Espinosa, aunque en la vista él repetía: "Señoría, solo soy un carpintero analfabeto". Fue condenado en 1990 a 20 años de cárcel, de los que cumplió siete. La sentencia declaró probado que fueron "personas pertenecientes a los servicios policiales españoles" de entonces las que decidieron la desaparición de Cubillo. Según el fallo, estos "actuaron desde las mesas de sus despachos y ejercían cierto dominio" sobre él. Aunque se abrió una investigación, nadie tiró del hilo hacia arriba. Conesa murió en 1994 y el caso Cubillo terminó en Espinosa.

Espinosa contaba que le habían dicho que iba a estar dos meses en la cárcel, pero pasó siete años, Al salir de la cárcel, declaró a 'El País': "El comisario Conesa me dijo: 'Hay que eliminar a Cubillo". "Cuando uno se mete en este mundo, tiene que hacer lo que le manden", era una de las cosas que repetía a sus amigos. No guardaba mal recuerdo de la cárcel de Carabanchel, pero maldecía que al salir estaba solo y abandonado.

Le dijeron que iba a estar dos meses en la cárcel pero pasó siete años. Se sintió abandonado por Interior

Los últimos años los pasó en Murcia, con ayuda de algún amigo, una pensión no contributiva y una colaboración como testaferro en algún asunto turbio. La noche del 19 al 20 de noviembre falleció solo en el piso en el que vivía. "Habré hecho cosas malas, pero he salvado muchas vidas. Esa es la satisfacción que tengo", repetía el otro día. De momento, deja cabos sueltos, como sus viajes a Cuba y Nicaragua. O el de ese zulo junto a un restaurante a las afueras de Madrid en el que apostaba que aún hay armas porque nadie lo ha descubierto. A saber.

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