DELITOS TECNOLÓGICOS

El adolescente que hackeó una multinacional para conseguir el último móvil

Tenía un capricho. Su madre no se lo podía comprar y decidió utilizar las únicas armas que manejaba con destreza: el ratón y el teclado

Foto: Imagen de archivo del Chaos Communication Congress de Hamburgo. (EFE/MALTE CHRISTIANS)
Imagen de archivo del Chaos Communication Congress de Hamburgo. (EFE/MALTE CHRISTIANS)

Era un chaval de 16 años cuando ocurrió todo. La informática eran su pasión y los vecinos de Boal, el pequeño pueblo de Asturias donde nació, lo tenían claro. Estaba loco por los dispositivos electrónicos y sus gadgets. De hecho, tenía fichado un smartphone de última generación que fabricaba una de las marcas más conocidas del mercado. El problema, que su desorbitante precio situaba el capricho muy lejos de su alcance.

Su madre tampoco estaba dispuesta a abonar lo que costaba el dichoso artilugio y por eso él decidió recurrir a las únicas armas que sabía manejar: el teclado y el ratón. Tras varias horas tecleando, por fin logró su objetivo. Hackeó nada menos que la compañía multinacional que fabricaba su tecnológico antojo. Puso un mensaje en todos los ordenadores de la empresa en el que decía que había accedido a información sensible de la sociedad y que estaba dispuesto a desbloquear el virus solo si le enviaban el smartphone a una determinada dirección postal. 

Sorprendentemente, la extorsión causó el efecto planeado y, pocas horas después, el joven tenía el teléfono donde había exigido. Retiró el ataque y la compañía siguió su ritmo de trabajo como si nada hubiera pasado. Los responsables de la empresa no denunciaron el ataque y la cosa quedó aparentemente en una tonta anécdota.

Sin embargo, el chico había advertido un filón. Desde hacía tiempo se había obsesionado con una bicicleta y pensó que podría repetir este nuevo método de expolio electrónico para conseguir el dinero necesario. Decidió hackear otra multinacional, aunque esta vez de ordenadores. Los directivos de la compañía llegaron una mañana a la oficina y descubrieron todas las computadoras bloqueadas y con el mismo mensaje en la pantalla: Hemos accedido a la información reservada de sus 250.000 clientes; exigimos 6.000 euros a cambio de la base de datos.

El chico dejó una dirección de correo electrónico para que los afectados se pusieran en contacto con él con objeto de entregar el montante. Sin embargo, en esta ocasión el pescado no mordió el anzuelo. Los directivos llamaron a la Policía. Varios miembros de la Unidad de Delitos Tecnológicos se personaron en las oficinas dañadas y empezaron a investigar.  

Así lo narran hoy precisamente los mismos policías que se encargaron de aquella investigación, desarrollada hace tres años. Recuerdan que las pesquisas llevaron con cierta celeridad al menor y admiten que se trataba de un pequeño genio al que simplemente había que reconducir. De hecho, la Policía emitió un informe favorable para con el chico con el fin de que se reconciliara rápidamente con la justicia. La Fiscalía también hizo lo mismo y fue castigado a realizar trabajos en beneficios de la comunidad, que de hecho tenían que ver con la informática.

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