Así es la disciplina de los grapo, los terroristas que no dejan de serlo
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LA POLICÍA VIGILA ANTE LA POSIBILIDAD DE UNA ACCIÓN

Así es la disciplina de los grapo, los terroristas que no dejan de serlo

Fernando Hierro Chomón tiene 63 años y ha pasado 27 de ellos en la cárcel. Sin embargo, mantiene una forma física estupenda. Los grapo siempre han

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Así es la disciplina de los grapo, los terroristas que no dejan de serlo

Fernando Hierro Chomón tiene 63 años y ha pasado 27 de ellos en la cárcel. Sin embargo, mantiene una forma física estupenda. Los grapo siempre han sido presos peculiares. En prisión mantienen una disciplina rigurosa que incluye el cuidado en la alimentación, ejercicio físico diario, horas de lectura obligatorias y reuniones para discusión de diversos temas, siempre relacionados con la revolución, la filosofía revolucionaria, la literatura revolucionaria o la política revolucionaria. Todas estas rutinas, salvo excepciones por enfermedad o causa mayor, las mantienen a lo largo de los años de cárcel, que suelen ser muchos, ya que entre sus reglas también figura la de no acogerse a ningún tipo de beneficio penitenciario. O sea, que cumplen las penas íntegras. Es una forma más, aunque bastante sacrificada, de evidenciar que no reconocen la autoridad del Estado.

Ese rigor disciplinario es el que sigue haciendo sospechar a Policía y Guardia Civil que, en cualquier momento, los Grapo puedan reactivarse y formar un comando. “Ahora mismo no existen. Se siguen reuniendo, pero no existen comandos operativos. El problema es cómo puedan reaccionar en la situación económica que vivimos. A lo peor se vuelven a sentir necesarios… O que puedan reaccionar ahora con las detenciones por lo de Publio Cordón. El caso es que mantenemos seguimientos sobre cada uno de ellos, y lo saben. Sabemos en todo momento dónde están y qué hacen”, asegura un agente afiliado a la Confederación Española de Policía y asentado en Vigo, cuna de los Grapo.

Porque la lucha continúa. Los Grapo son maoístas y consideran que el credo de Mao no caduca: “El poder nace del fusil”.

Todo esto no es literatura ni guerrilla de salón. Fernando Hierro Chomón, ex jefe militar de Grapo, lo demostró en julio de 1998. Acababa de salir de la cárcel, donde había pasado 18 años ininterrumpidos (condena íntegra), y antes de regresar al domicilio familiar del barrio bilbaíno de San Andrés aceptó viajar a Vigo para recibir un homenaje de los camaradas.

El acto estaba programado en un céntrico instituto de la Travesía de Vigo. Es de suponer que la dirección del centro educativo no conocía la verdadera naturaleza de aquella reunión. Los organizadores aducirían cualquier motivo de índole cultural. Pero la Guardia Civil ya estaba al tanto de que simpatizantes de Grapo homenajearían a Hierro.

-Oye, nosotros no podemos meter dentro a nadie –nos llamó el teniente C.-. ¿Podríais ir vosotros y nos contáis?

La periodista Elisa Lois y yo aceptamos. El teniente C. sabía que nosotros conocíamos a Pepe M., un histórico Grapo retirado por cuestiones de salud, y Pepe M. sabía que Lois y yo estábamos en contacto con Guardia Civil y Policía como reporteros en temas de narcotráfico. Llamé a Pepe.

-Oye, ¿nos invitas a ir al homenaje a Hierro Chomón en Vigo?

-Claro, ¿pero cómo te has enterado?

-Me lo ha dicho la Guardia Civil.

-No jodas.

-Jodo –Pepe soltó una carcajada.

-¡Qué tíos! ¡Claro que podéis venir! Pero traed los micrófonos bien escondidos, que os crujimos –se volvió a reír.

Aquel sábado, nos recibió en la puerta del instituto el periodista de Egin Pepe Rei. Pocos meses antes, Rei acababa de ser absuelto de un delito de colaboración con banda armada. En 1994, durante un registro a la sede el diario Egin, encontraron entre los ficheros de Rei información muy paralela a la que habían incautado a ETA sobre diversos objetivos.

Pepe Rei tenía entonces 41 años y era un tío bajito, nervioso y bastante dicharachero.

-Mira, allí están unos –señaló una esquina de la calle-. Y yo creo que desde aquellas ventanas nos tienen que estar haciendo fotografías.

Especulaba con las posibles posiciones de vigilancia policial riéndose de ellos. Varias personas a nuestro alrededor, casi todos relacionados con el mundo de la educación y de la cultura, le reían las gracias.

En el aula no había más de cincuenta personas. La media de edad era quizá de 40 años, pero había desde ancianos que superaban los 70 a jóvenes que apenas pasaban de los 20.

Fernando Hierro Chomón subió al estrado. Silencio catedralicio de homilía. Llevaba una camisa barata de cuadros de un rojo desvaído y blancos, pantalones vaqueros ceñidos con un cinturón de cuero marrón y zapatos también marrones. Una especie de uniforme de trabajador de astillero en domingo. Su cuerpo estaba musculado y su andar era absolutamente vertical, a pesar de haber tenido que soportar terribles torturas. Es hecho documentado que, tras su detención en Madrid en agosto de 1977, fue sometido a 29 días de tortura por parte de la Guardia Civil. Le llegaron a quemar un brazo con un soplete. Pero el mito señala que Hierro Chomón no delató a ningún compañero. Nunca. Ni admitió haber asesinado a un miembro de la Policía Armada, el 1 de octubre de 1975, a sangre fría y con una escopeta de cañones recortados.

“Aquí me veis. Después de tantos años. Pero yo soy el mismo. No me han cambiado. Sigo pensando lo que pensaba hace dieciocho años. Incluso pienso que ahora la lucha es más necesaria que nunca. Si creéis que otra vez me tengo que echar al monte, aquí me tenéis, porque yo otra vez me echo al monte”.

Y se echó.

Dos muertos inesperados

A pesar de que en todo momento lo mantuvieron bajo estrecha vigilancia policial, tres años después, en 2001, dejó de nuevo su casa bilbaína y regresó a la clandestinidad. Fue detenido el 18 de julio de 2002 en París. Cumplió condena hasta enero de 2008, y desde entonces permanece en libertad vigilada.

A las 7.45 de la mañana del 8 de mayo del año 2000, tres artefactos explosivos detuvieron la marcha de un furgón blindado de Prosegur en la carretera provincial de Vigo. El furgón trasladaba dinero hacia la sede el Banco de España en Pontevedra. Con la explosión, el motor del furgón voló por los aires. Los tres guardias jurados salieron aturdidos, solo a tiempo de ver a Mónica Refojos y Silva Sande El artillero abatirlos con una CZ Brno 85, 9 milímetros parabellum, y una escopeta repetidora. Jesús Sobral Otero, de 32 años, y Gonzalo Torres Lage, de 61, murieron antes de poder sacar las armas.

Manuel Espada Pérez (39) consiguió parapetarse en el vehículo en llamas. Una de sus balas rozó a Silva Sande y otra hirió al grapo Marcos Martín Ponce.

Grapo no había asesinado desde 1988. En 1995 había secuestrado a Publio Cordón, pero aun se desconocía si seguía vivo o no. Y en 1999 asaltaban una sucursal bancaria y colocaban una bomba en una sede madrileña del PSOE. Ahora se trataba de dos muertes. En cuanto las primeras filtraciones atribuyeron a Grapo el atentado, llamé a Pepe M. a su casa de Santiago. 

-Vale, vale. Sí, han sido los nuestros. Si quieres pasar por casa, hablamos –me dijo.

Pepe M. es un hombre orondo y de barba blanca que fuma en pipa. Entonces debía andar por los 50 o 55 años, y trabajaba en una galería de arte. Su conversación, cuando no derivaba hacia la política, solía centrarse en la literatura clásica y en la música de jazz. Era un hombre culto, con una casa forrada en libros, y nadie le diría capaz de matar una araña. Cuando llegué a su piso, sonaba Charlie Parker en vinilo, me abrió serio y me dijo.

-A lo mejor me vienen a detener mientras estás tú aquí. Y vas para adelante, seguro. ¿Quieres entrar?

-Joder, pero, ¿cómo es que se los han cargado? No ha sido un robo, Pepe. Ha sido una ejecución.

Pepe fumaba en pipa, serio, y no apartaba una mirada serena de mí. Seguramente una pose.

-¿Tú lo sabías?

-No, a mí ya no me llaman. Pero se respiraba algo.

-¿Por qué los ejecutaron? Eran unos putos vigilantes, coño. Estos tíos no eran nadie.

-Son siervos, ¿no? Llevaban dinero. El dinero es sucio. Llevaban dinero. Quien juega con fuego, se quema.

-Eran inocentes, trabajadores.

-Quien juega con fuego, se quema –me repitió aquel hombre culto, amistoso y refinado, incapaz, en apariencia, de matar una mosca.

Nota: Los hechos narrados fueron publicados por el autor en su momento en distintos periódicos, y son verificables. También lo es la identidad de Pepe M., que he preferido ocultar ahora por su definitiva desvinculación de la banda armada.