imprescindibles para los alpinistas

Sherpas, los héroes olvidados de la montaña

Desde los orígenes del alpinismo, los montañeros occidentales no habrían podido abordar sus logros sin la inestimable ayuda de la etnia que habita el Everest

Foto: Un sherpa transportando la carga desde uno de los campamentos base situados en el Everest, el pico más alto de la Tierra. (Reuters)
Un sherpa transportando la carga desde uno de los campamentos base situados en el Everest, el pico más alto de la Tierra. (Reuters)

Jueves por la noche. Ankaji telefoneó a su hija Chhechi para explicarle que se dirigía al campamento II del Everest. "Reza bien por mí", le pidió. Antes de acometer la que hubiera sido su novena ascensión al pico más alto de la Tierra (8.848 metros), el sherpa de 37 años quiso mostrarse tranquilo. Todo parecía bajo control. Nada hacía presagiar que sería la última vez que la joven escucharía a su padre con vida. Unas horas más tarde, una terrible avalancha provocaba la tragedia.

"Nos dirigíamos al campamento base II cuando un gran bloque de hielo se desprendió de la montaña. No pensé que podría sobrevivir y estoy muy feliz por haberlo hecho", narró Wangdi Sherpa, uno de los supervivientes, desde la cama del hospital. Un testimonio desgarrador que ofrece una idea sobre el desgraciado suceso. A unos 6.200 metros de altura, entre 50 y 60 sherpas se dirigían del campamento base I al II para preparar el terreno para los montañeros extranjeros con los que trabajaban, cuando se desprendió un gran bloque de hielo y unos 20 sherpas fueron sepultados. El alud causó la muerte de 13 miembros de esa comunidad en lo que ha sido considerada la jornada más negra de la historia del país con mayor tradición alpinista del mundo. Además, al cierre de estas líneas, los seis heridos continúan en estado crítico y el número de desaparecidos asciende a cuatro.

Todas las víctimas eran alpinistas nepalíes experimentados que ofrecen una ayuda fundamental para los extranjeros que aspiran a escalar el Everest. Tras lamentar lo ocurrido y expresar sus condolencias con las familias de los fallecidos a través de las redes sociales, las alpinistas guatemaltecas Andrea Cardona y Bárbara Padilla, dos de las occidentales que tratan de coronar el pico, anunciaron que proseguirán la aventura a pesar del derrumbamiento. Chhechi tiene dos hermanas y tres hermanos menores, uno de los cuales se fue hace poco a un monasterio budista para convertirse en monje. Al dolor infinito por la pérdida irreplazable de su padre, se suma ahora la incertidumbre sobre la supervivencia de la familia, cuyo único ingreso se reduce, en la mayoría de los casos, al trabajo del guía en la montaña.

Desde que el pico fuera coronado por primera vez por Edmund Hillary y el sherpa Tenzing Norgay el 29 de mayo de 1953, el Everest ha sido escalado por más de 4.000 personas. La ruta en la que se registró la avalancha es precisamente la misma que siguieron los dos pioneros (con permiso del inglés George Mallory, cuya leyenda pondría en entredicho el honor del alpinista neozelandés), y una de las más empleadas en la actualidad. En estos 61 años, la cima por excelencia se ha cobrado la vida de unas 250 montañeros. En septiembre de 2012, un alud originado a 7.400 metros de nieve sorprendía al alpinista español Martí Gasull y a otros diez montañeros cuando se encontraba a 6.600 metros de altura, concretamente en el Campo II de la montaña Manaslu, en el Himalaya nepalí, el octavo pico más elevado del planeta. Con la muerte de Gasull se elevaba a 25 el número de alpinistas españoles que perdieron la vida desde que en 1971 Jordi Matas muriera a más de ocho mil metros.

Los números arrojan con frialdad una triste realidad ante la que poco se puede hacer. Las estadísticas sobre las ascensiones a los ‘ochomiles’ dicen que un alpinista de cada treinta no regresa. Cifras en las que no entran los porteadores y sherpas, siempre condenados a un segundo plano para el mundo occidental. Pese a la modernización de los materiales el factor riesgo sigue siendo el mismo que hace 30 años. El problema reside en el aumento descontrolado de las expediciones comerciales que se viene dando desde el comienzo de la década de los noventa.

La evolución del alpinismo ha traído ascensiones a los ‘ochomiles’, las montañas más altas de la Tierra, en las que el interés deportivo de las hazañas ha ido perdiendo atractivo con el paso del tiempo. En busca de la cima más alta, los occidentales que las intentan pagan verdaderas fortunas y se apoyan en las más variadas ayudas para lograrlo. Una suerte de vodevil que ha ido sepultando, como un gran alud, el romanticismo y la cultura del esfuerzo y sacrificio que debería definir a los montañeros. Una pérdida de la esencia que algunas voces autorizadas no dudan en calificar de “turismo de altura”. Hablamos de un mundo que escapa al común de los mortales. Rodeado de un aura de leyenda y versiones contradictorias, cada expedición se convierte en una historia cargada de puntos negros y vericuetos difíciles de abordar que no podrían culminarse sin la ayuda de estos verdaderos superhombres.

Edmund Hillary (derecha) junto a su sherpa Tenzing Norgay (izquierda) en 1963.
Edmund Hillary (derecha) junto a su sherpa Tenzing Norgay (izquierda) en 1963.

Tradicionalmente para los alpinistas, los sherpas han sido reconocidos por su hospitalidad y trato afable. Sin embargo, su cotización se dispara cuando aludimos a la adaptación a la altura, la experiencia, el conocimiento de las condiciones del terreno y la climatología, sus principales virtudes. Además, esta comunidad muestra una especial sensibilidad a la hora de preservar la integridad de su entorno, un hecho que choca de frente con las ansias de los 'colonizadores', más preocupados en seguir engrosando su palmarés.

Procedentes originariamente de la región china de Sichuan, los sherpas (en tibetano ‘gente del este’) son un grupo étnico con lengua propia (el sherpa) que habita mayoritariamente en Nepal aunque goza de una presencia, aunque sea testimonial, en regiones de India y China. Se estima que hay unos 180.000, 155.000 de los cuales residen en Nepal. Actualmente, debido al importante papel que han jugado los guías en las expediciones encaminadas a coronar alguno de los 14 ochomiles desde los que contemplar el mundo con una perspectiva única, el término se amplía a cualquier gregario que preste su ayuda y ponga su vida en peligro a cambio de una cantidad irrisoria para los acaudalados bolsillos de los expedicionarios occidentales, pertenezcan o no a la etnia sherpa.

Estos guías no sólo cargan con las tiendas de campaña, las botellas de oxígeno, los víveres y demás utensilios de la expedición, sino que también abren el camino y colocan cada año las cuerdas por las que irán ascendiendo sucesivos alpinistas cada temporada. Una ayuda inestimable que por momentos permite a los occidentales subir la montaña con las manos en los bolsillos (literalmente). Como contrapartida, se alcance o no el propósito, toca pagar una cantidad irrisoria (en comparación con el monto de la aventura) a los principales artífices de la gesta. Cada escalador paga a las compañías que organizan los viajes entre 35.000 y 90.000 dólares, de los cuales unos 5.000 dólares van a parar a los sherpas. Unos sherpas que también son los encargados de realizar la puja, ceremonia que tiene lugar antes de iniciar la ascensión en la que se ruega a los dioses para que nada falle y por la que es habitual pagar en torno a 200 euros.

Rosa Fernández fue la primera mujer española en ascender los siete picos más altos de todos los continentes. En su segundo intento, en 2005, alcanzó la cumbre del Everest por la cara norte. Un grupo de sherpas la manteó, mostrando así su admiración por la fortaleza exhibida en una ascensión realizada en condiciones de extrema dureza. “No es sólo la montaña más alta del mundo, también la más cara”, explicaba a los niños de un colegio santanderino  en un reportaje publicado en ‘El Diario Montañés’ tras su expedición. El sueño le costó unos 20.000 dólares, una cifra bastante más elevada de la que cobran los sherpas por llevar a los alpinistas hasta la cima. “He visto expediciones de 20 personas que viajaban con 40 sherpas. Mueren muchos, pero las autoridades nepalís no hacen públicas estas bajas”, reconocía por aquel entonces la montañera.

“Yo escalé el Everest para que tú no tuvieras que hacerlo”. Son las palabras que Tenzing Norgay, para muchos el primer gran sherpa de la historia del montañismo, espetó a su hijo, Jamling Tenzing Norgay y que éste recogió en su libro ‘Más cerca de mi padre: el viaje de un sherpa a la cima del Everest’ (National Geographic, 2001). Un alejamiento casi obligado de las cumbres que, debido a la obstinación del vástago por conocer de primera mano las vivencias de su padre, obtuvo el resultado opuesto. Tras cursar estudios superiores en  Wisconsin, etapa en la que pudo vivir en su piel el choque de culturas personificada en los sentimientos que despiertan los occidentales a ojos de un nepalí, el joven se enroló en una gran expedición, desatendiendo los sabios consejos de su progenitor. Lo hizo como sirdar, nombre que se da al gerifalte de los sherpas, en la expedición IMAX en 1996. Caprichos del destino, en aquella aventura fue testigo de la muerte de 12 escaladores en otra jornada negra en la cima del mundo. Una más para estos héroes anónimos que se juegan la vida para que sus hijos no tengan que hacerlo.

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