Aventuras y desventuras de un mamil por Andorra
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Aventuras y desventuras de un mamil por Andorra

Bikefriendly organizó unas rutas para comunicadores por Andorra

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Punzano para Bikefriendly

Los mamil.

No hace mucho les hablamos aquí a ustedes de los mamil. Sí, seguro que lo recuerdan. Mamil es un acrónimo del inglés. Middle age men in lycra. Seguro que ven por dónde vamos. Usted es un mamil, o conoce a algún mamil, o se ríe señalando por la carretera a los mamil, mira ese qué lorzas, mira aquel cómo resopla, el de más allá parece que se nos muere. Y etcétera.

Servidor aun no es mamil, porque con este pelo tan bonito que tengo no querrán ustedes meterme en la “mediana edad”, pero hizo el esfuerzo que se exige a todo buen periodista (ja) de investigación (jaja) y se ha hecho pasar por mamil durante un fin de semana largo. En Andorra, nada menos, que es tierra fecunda para ciclistas y gente que viste ropa ajustada. Reportaje sobre el terreno, Kapuściński en coulotte corto. Me invitaron allí mis amigos de Bikefriendly, que son majos a rabiar, junto con otros tipos de pelaje diverso, desde ídolos para las nuevas generaciones hasta bultos sospechosos que escriben en diversos medios de comunicación. Todo muy deportivo, pero también era deportivo Supergarcía y la cosa iba bastante tensa. Así que para el Principado me fui, como Borís Skóssyrev, pero sin corona ni amantes. Lo que sigue, claro, tragicomedia. Si buscan crónica cicloturista con vatios, medias y desarrollos es en la ventana de al lado, aquí de eso no hay. Luego no se me quejen.

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Punzano para Bikefriendly.

Empecé yo solito, porque soy de llegar pronto a citas, presentaciones y barras libres. Para el techo de los Pirineos que fui, oigan, ahí es nada. Envalira es un puerto muy largo, muy tendido y muy cuco en la zona alta. Es, también, territorio mamil, porque carece de esos rampones tan ilógicos que algunos se empeñan en ponerles a las carreteras (¿un dieciocho por ciento? ¿en serio?, pero si los romanos limitaban las pendientes a sus vías, mozucos, algo sabrán ellos, ¿no?) y tiene además rostro de parque temático. Digamos que subir hasta allí es hacer un cursillo acelerado de espíritu Andorra (para el resto pueden ustedes consultar sus fuentes habituales).

De primeras vamos a ir destrozando tópicos. Al menos por lo que pude ver desde mi bici (y es mucho, porque avanzo despacio) Andorra no tiene sus calles llenas de youtubers. No, al contrario... la mayoría de la gente llevaba el pelo normal y parecía moderadamente alfabetizada. En fin, yo soy un gran amante de los tópicos (ya dijo Baudelaire que son verdad repetida muchas veces), así que eso supuso un duro golpe para mí.

Tampoco mucho, ¿eh?, porque todo lo demás... Digamos que entrar en la capital de ese pequeño país es como visitar un Blade Runner de mucha luz. Tiene cierto aire distópico, con edificios ultramodernos muy altos, y pequeñas ermitas románicas (preciosas, una auténtica chulada) situadas junto a gasolineras Repsol. Las laderas (pindias, casi verticales, apenas vargas rojas y toques de verde aquí y allá) están llenas de casas que parecen valer bastante, todo horizontalidad, hormigón y cristales. Lo que pasa es que hay muchas, y así ninguna destaca demasiado, un poco como si los planos de Frank Lloyd Wright los comprases en ese supermercado en el que ustedes piensan (sí, ese cuya musiquilla repite dos veces el nombre, y ahora la tienen en la cabeza, y ya no se les va a marchar en toda la tarde). Ah, casi todos los vidrios están tintados, o sea que transparencia la justa...

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Punzano para Bikefriendly.

Andorra y su encanto

Y eso, que se sube bien, Envalira, aunque sea usted un escritor con talla de escritor, ánimo de escritor e incluso, suprema osadía, capacidad de sufrimiento (in)digna para escritor. Disfrutas, porque es un repertorio de cosas frikis. El baruco que exhibe reproducciones a tamaño natural de (tomen aire), dinosaurios, hipopótamos, jirafas, elefantes. También vacas y chones, pero comparado con lo anterior... O la guardería para niños esquiadores (en mi cabeza un niño esquiador es carne de “Videos de Primera”, porque tengo edad para saber lo que es “Videos de Primera”). O cuando subes tortugueando por aparcamientos de zona azul, ciscándote en todas esas veces que llegabas tarde a la cita y no encontrabas donde tirar el coche. O los coches. Ay, los coches. En Andorra, los coches. Los hay de todos los tipos. Sobreabundancia de pepinos, para qué engañarnos. Otro asunto es el criterio, que es cosa que tienes o no, como si fuera ojos azules o pecas en la punta de la nariz. A mí me pasaron seguidos dos Porsche con pinta de valer cada uno lo que la Real Gimnástica de Torrelavega, decana del fútbol cántabro. El primero precioso, en un negro mate que realzaba formas y demostraba cierto aprecio estético al volante. Pero luego, apenas segundos de diferencia... el horror, el horror, Kurz pegándose un tiro porque qué es aquello, Bonaparte inclinando la cabeza, yo me rindo, chicos, qué sociedad se nos quedó. Pintado en violeta metalizado, con reflejos que iban desde el verde-pelo-cenicero hasta el amarillo-qué-sol-cuando-salgo-de-la-disco. En fin, seguro que me entienden. No sé si el dinero da la felicidad (espero que no, porque apenas tengo), pero fijo que no regala buen gusto.

Eso sí, tiene sus momentos, Envalira. Tentaciones, aparta de mí ese cáliz, malandrín, y tal. Un bar, un bar enorme, justo al lado de la carretera, con un cartel inmenso donde se podía leer “Degustación gratuita de licores del país”. Que, pienso yo, hay que ser hijoputa para cascarte semejante anuncio a medio subir un puerto de primera. Sadismo, oigan, que no somos de piedra, que llevo pulsómetro para evitarme estas cosas. En fin, contra todo pronóstico, y para desapego de lo que mi leyenda suele exhibir... seguí subiendo. Jodeos, hagiógrafos de final fácil.

Así que eso... hasta la cima, que el buen mamil no se baja nunca (salvo acontecimientos sobrenaturales que explicamos poco después). Entretenida siguió la cosa, porque es un no parar de asombrarse, esto. Pasaban muchos coches con remolques, y en los remolques, sobre todo, otros coches. De gran cilindrada, muchos de ellos clásicos. Yo lo veía un poco raro, pero a esas alturas andaba rigiendo regular, así que... Luego también un par de ellos con cajones de esos donde meten caballos. Y, rareza de rareza, en plena curva a izquierdas me adelantó un enorme todo terreno que arrastraba... un barco. Un barco pequeño, ¿eh?, no piensen ustedes en el “Bribón” (nave, no propietario), pero barco al fin y a la postre. Que ya me dirán dónde coño iba a ese barco allí, en mitad de los Pirineos, por encima de los dos mil metros, con la mar tirando a lejos. Los ricos son gente peculiar.

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Punzano para Bikefriendly.

(El misterio de los autos potentes lo desvelé justo en la cima, porque unos metros más abajo hay... un circuito de carreras. Como lo escuchan. Ahí andaban aquellos tipos, tirando de freno de mano y quemando llanta en horquillas y chicanes. El mundo es un lugar rarísimo).

Aun hubo más (ya les dije que el puerto da para novela). Pasado Bordes de Envalira (tranquilos, había gente maja, pero la fama hace estragos) veo allí, a lo lejos, una sillita de bebé. En mitad de la carretera, justo sobre la línea (dis)continua. Vamos, como en Arizona Baby pero sin niño (bien) y sin Nicholas Cage (mejor). Como tardo un ratito en llegar (avanzo en plan Eros Poli) pues me da para preguntarme, de todas las formas posibles, qué coño hace eso allí. Abandono parental, broma de algún youtuber, el basajaun que va a por tabaco y no vuelve... hay mil opciones. Qué emoción. Luego resulta que era un plástico negro moldeado por el aire, pero entre que yo veo regular y que el oxígeno apenas me llega al cerebro pues... En fin, fue una bonita historia.

Y eso, Envalira. Anquetil tiene más épica, lo admito, pero él corría el Tour...

El buen mamil sale solo. Eso hay que tenerlo clarito. Cuestión de estética. De mala estética, principalmente. Vaya, que no quieres exponer tus culebreos a pesquisa ajena, porque en su cabeza el mamil asciende puertos con el porte de Gianni Bugno. Como mucho puede dejarse acompañar por otro de su misma especie (el mamil, digo, con Gianni rompieron molde), o la grupeta de amigos los fines de semana (cualquier grupeta ha de tener un gordito feo, porque aumenta la belleza ajena en fotos... si en la suya aun no sabe quién es tengo una mala noticia para usted, querido lector...)

Variedad de celebrities

A lo que íbamos... que solo. Pero esta vez... un viaje de estos se basa precisamente en lo contrario, y yo encantado. Así que minipelotón. Allí había de todo. Instagramers, youtubers, tuiteros, tictockers, linkedineros, concursantes de Gran Hermano, habituales del Chat de Terra, tres Premios Planeta de Novela, el chico este joven de Pasapalabra y el guardia civil que sale a la derecha de El Lute en la foto famosa. Bueno, más o menos, igual algunos perfiles estaban hinchados (aunque un Planeta de novela no me iba a venir mal a mí, ¿eh?). Básicamente dos grupos... quienes escribimos frases así como largas y nuestros lectores le ponen cara a Gert-Jan Theunisse (que flow, Theunisse, amigos), y los que iban rápido...

Así que nada... a exhibir clase, que es lo que toca. Salimos del hotel y hay unos pocos kilómetros tranquilos, cuesta abajo. Miro a mi alrededor. Maillots ceñidos, bicis que cuestan lo que coches de gama baja. La mayoría de los mozucos tienen costillas como para tocar en ellas el riff de Dulce Castigo (elección absolutamente casual). Entrome un poco de jindama, para qué engañarnos, pero oigan, ya metidos en materia... Ah, un poco más adelante veo cierto cartel enorme que exhibe los colores de mi patrocinador. Bueno, a ver, los colores del maillot que visto. Cinzano, porque el negro adelgaza y además está bastante rico. Junto al anuncio hay una terraza, y allí un tipo rubicundo (pero rubicundo, rubicundo... rubicundo como solo pueden serlo quienes fagocitan alegremente insolaciones y dipsomanía moderada) se está empotrando un vaso de cerveza más grande que los gemelos de Abdoujaparov. No son ni las diez de la mañana. Me he equivocado de grupeta, pienso, porque ese paisano lleva un ritmo muy mío...

Tampoco mucho rato. Lo de pensar, digo, porque bien pronto empezamos a subir Beixalís, que es uno de esos sitios donde pondría pasta para que hiciesen túnel. La cosa tiene gracia unos quinientos metros, entre juramentos y jadeos cada vez más profundos (y nada sicalípticos, añado). Luego cada cual a su sitio. Yo subo solo, despacio, con majestuosidad y metiendo barriga en las curvas, por si aparece agazapado el fotógrafo. Pero entonces ocurre. En fin, no sé muy bien cómo explicarlo. Digamos que al mundo se le empieza a poner un barniz preternatural. Como de realidad ficticia, como si el aire tuviese tacto a palabras. Lovecraft en Andorra, Cthulhu duerme arriba, por Arcalís. La temperatura desciende de golpe, cae niebla espesa que no deja ver más allá de unos pocos metros, lamentos de condenados se filtran por entre las paredes de esa (no) realidad, Enrique de Vicente pide otro cubata, más cargado, hostias, que así no hay quien vea osnis, e Íker Jiménez observa, con ese ceño fruncido que le llega casi hasta la nuca. Y se produce el encuentro. Con lo extraño, con lo que no es de este mundo. Justo a mi lado aparece, donde antes no había nada. La chica, la chica de la curva. Va vestida de blanco, como el maillot de mejor joven, y tiene pelo moreno que le cubre la cara casi por completo. Yo la miro, ella me mira, yo me cago, ella me habla. “En esa curva me bajé yo”, dice, mientras señala unos metros más adelante. Tiemblo, es la maldición, si la rompo quién sabe qué podría pasar. Prefiero no jugar con las fuerzas del inframundo. Me bajo de la bici (pese a ir ab-so-lu-ta-men-te sobrado de fuerzas) y tengo la sensación de haber devuelto el universo a su cauce con solo un mínimo sacrificio...

Pasado el terror (convendrán conmigo en que hice lo correcto) el resto del día transcurrió con más normalidad. Ya solo quedan cosas de bicis. Crónicas sobre deporte. Y paisajes. A mí el paisaje es que me gusta mucho, para que decirles lo contrario. Igual es porque voy muy despacito, y me da tiempo a ver detallucos chulos. O porque me vuela la cabeza por sitios raros, vaya. En fin, que como no soy youtuber, ni motorista de los malos, ni miembro de la familia Pujol pues yo no resido en Andorra, y todo lo miro con ojos de niño contento, que es la mejor manera de ver. Las piñas, por ejemplo, son distintas a las que tenemos en Cantabria, porque allí los pinos son más chicos, y están a mucha menos altura. En Andorra hay piñas pequeñitas, casi redondas, y todas las subidas están alfombradas con ellas. Algunas, verdes, parecen tortugas ninjas encogidas, esperando el momento adecuado para saltar sobre tu espalda de mamil fantasioso para que les lleves un trecho. También hay serbales en flor (que es cosa siempre alegre), azaleas con hojas como tentáculos aguamarinos y hasta pequeñas orquídeas de color morado. Vamos, que Andorra no defrauda (tos, codazo, tos). Ah, vi perros, claro. Simpatiquísimos todos, aunque eso me pasa siempre, así que igual es que los perros son simpáticos per se.

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Ponzano para Bikefriendly.

Otra de las gracias que tiene subir los puertos andorranos es cruzarte con ciclistas profesionales. Aclaremos, tú te los cruzas aunque vayan en la misma dirección, porque ascienden tan rápido que... Yo reconocí a López, a los Yates, a Gesink. Luego había otros que igual ni te sonaba su cara, pero sabías que eran de los que ganan sus buenas perras con esto, por velocidad y pintillas. A esos, como norma, se les denomina con un genérico “el hijoputa ese, ¿viste cómo subía?”. También hay tipos que les cuelga la barrigota casi hasta el cuadro y resoplan cual Moby Dick, pero con ellos prefiero no meterme, porque seguramente compartimos gremio...

Pero ojo, a veces los mamil también tenemos nuestro momento de gloria, no se vayan a creer. Nos guiñan un ojo el sábado, llega una crítica buena del libro, aquel colega tan majo te regala endrinas para que hagas pacharán casero (yo echo trece granos de café y, oigan, delicioso). El mío tuvo lugar casi en la cima de Ordino, puerto por el que Chava Jiménez pasó chupando rueda unas treinta y siete veces, más o menos. Fue allí, y fue hermoso. Bajé piñones, cargué plato, me alcé sobre los pedales con mi metro noventa de pachorra montañesa. Y arranqué. Ah, qué deliciosa sensación (pasar de decimoquinto a undécimo). A ver, no abrí mucho hueco, porque faltaban doscientos metros hasta arriba (estamos en la tierra de Joaquim Rodríguez y hay que respetar sus costumbres), pero fue gesto lleno de grinta que me permitió ganar el maillot de la montaña (posteriormente descalificado por lo de Beixalís), el premio al mejor traje regional, el Primavera de Novela y hasta un concurso de Miss camiseta mojada. Gran botín. Que no hubiese dado ni un solo relevo hasta entonces y que nadie quisiera entrar en tan absurda guerra con el tipo raro que habla raro y tiene un aspecto raro son falacias sin fundamento, sospecho...

En fin, que no les quiero aburrir. Luego pasaron más cosas, pero me gustaría parar, dejarles a ustedes con tan hermosa imagen en la retina. El mamil victorioso, el cuarentón que supera todas las adversidades. Conquistando el corazón de la gente (no), el respeto de sus colegas (no) y varios contratos de patrocinio en el ramo de espirituosos y carnes rojas (tampoco, y ya es pena). Toda una experiencia, en serio. No hay video, pero tampoco han visto nunca una etapa entera de Coppi y bien que pían sobre su clase y su blablablá. Deberán creerme. Háganlo.

Ah, si pueden ir allá, a los puertos de Andorra... recomendado. Sitio bien chulo, contrastes a tutiplén e historietas saltando a tus ojos a cada curva. Eso sí, no me sean horteras, por favor. Pónganse un maillot en plan retro, olviden las redes sociales para machacas, los selfies y todas esas mierdas. Céntrense en ir guapucos y disfrutar.

Que no somos profesionales, coño.

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