Pressing catch Madrid - Los hijos españoles de Hulk Hogan

Los hijos españoles de Hulk Hogan

Por Alfredo Pascual

Formato: Pablo López Learte, Julio Cerezo, Daniel Muñoz

No son las cuatro de la tarde y ya hay quince personas esperando a que abran las puertas de La Tabacalera, en el centro Madrid. Hoy toca wrestling, una modalidad de lucha libre en la que prima el espectáculo sobre todo lo demás. “Pocas veces se llena la sala general, pero con la Triple W nos esperamos siempre lo mejor”, dice un voluntario del centro cedido por el ministerio de Cultura en régimen de autogestión.

Dentro, el ring de seis metros cuadrados que preside la estancia adelanta sucesos espectaculares. Se ha habilitado una zona de exclusión alrededor porque los luchadores entran a pie, pero tienden a salir volando. Faltan dos horas para que comience el Wrestling Classic, el evento que abre la sexta temporada de la asociación de lucha madrileña, y todavía quedan muchos detalles por pulir. Gortrak, el vikingo, coloca las sillas mientras Hades, el dios del Inframundo, prueba la consistencia del ring que han montado; busca un punto de rigidez que le sostenga al tiempo que absorba el impacto de las caídas. Aquí no hay operarios, ni siquiera camareros: Tabacalera les cede el recinto una vez al mes a cambio de aprovechar su corpulencia para dotar de seguridad a otros eventos. Lo demás depende de ellos.

Las puertas se abren a las seis y en apenas diez minutos la sala está a reventar. Son más de cuatrocientos treintañeros, cerca de la mitad mujeres, y también algunos niños. La sociología responde a las dos oleadas de Pressing Catch que ha emitido Telecinco en España: la de 1991 a 1994 y la actual. Juanjo y Nacho, cordobeses de nacimiento, descubrieron la Triple W hace dos años y, desde entonces, no han faltado a un espectáculo. Conocen a todos los luchadores y, aunque reconocen que no dan la talla ante sus referentes, Hulk Hogan y Ultimate Warrior, suplen las carencias con cariño. Las sillas a pie de pista, por las que en Estados Unidos se pagan 600 dólares, aquí las ocupan niños. Cristina ha venido con su hijo Ricky por primera vez, recomendados por un amigo, y está preocupada por la violencia. “Nada de eso, de verdad. Es todo risas”, le dicen desde la fila posterior.

Cuando cinco amigos fanáticos del wrestling fundaron la Triple W, allá por 2009, no podían imaginar que desatarían tales pasiones. Lo hicieron por pura afición, “para entretener a la gente y pasarlo bien nosotros”, un leit motiv que ha calado entre el público. No cobraban entrada entonces y tampoco lo hacen ahora. Lo poco que recaudan procede de la venta de camisetas y de las cervezas, a cinco y un euro respectivamente, y todo lo emplean en financiar el espectáculo.

Álex, el ideólogo y motor de la compañía, tiene el único gimnasio que enseña wrestling en Madrid. Está en la calle Gaviota, en Vista Alegre, y hace las funciones de cantera y centro de reunión del equipo. Allí, un grupo de cuatro personas diseña los storylines que guiarán la temporada mientras los demás brincan unos sobre otros; hay luchadores face, los favoritos del público, y heels, encargados de poner el contrapunto dramático y acumular abucheos. Dice Vince McMahon, el magnate de la WWE, que en el wrestling vale todo menos romper el kayfabe, el pacto tácito entre luchador y público en el que uno aporta ingenuidad y el otro espectáculo. La magia consiste abandonar el análisis y dejarse llevar por la acción en una suerte de reyes magos del guantazo.

En La Tabacalera el kayfabe se da por descontado. Los golpes que no llegan y las llaves truncadas se olvidan cuando Jesús, de 43 años y más de cien kilos, vuela tres metros para caer sobre un rival fuera del ring. Gracias a su pasado con las artes marciales realiza movimientos que llevarían al hospital a cualquiera con su fisiología. Al luchador más veterano le corresponde uno de los papeles más divertidos: encarna a un monje que perdió la fe y ahora, desnortado, adopta eventualmente la personalidad de sus compañeros hasta reencontrar su camino. Hoy se cree Rod Zayas, un púgil caracterizado por su amor a Madrid, para enfrentarse a El Valuro, que sale a escena con la sintonía de Paquito El Chocolatero. “Tu pueblo es una mierda, paleto”, le suelta Jesús al comenzar el combate mientras el respetable enloquece con el revival martinezsoriesco.

Los guionistas conciben cada temporada, compuesta por ocho o diez eventos, como si de una serie de televisión se tratase. El rey de esta gala -y quizá del año- es Pimp Ross, una montaña de músculo de 24 años que responde al nombre de Aristeo en la consultora para la que trabaja. Llegó hace un año a la compañía, emocionado por emular a colosos como Ultimate Warrior o Cesaro, y se ha tornado como una de las grandes estrellas. Verle entrar en escena con los acordes de ‘Pour some sugar on me’ recuerda genuinamente a la época dorada de Pressing Catch, aunque su amor por este deporte desborda personalismos: “Para mí es un lujo poder trabajar con luchadores de este nivel, con ellos es todo facilísimo”.

Llegado un punto el público comienza a corear “Florentino, Florentino” y aparece en escena un hombre trajeado, de mediana edad e innegable vis cómica. En realidad es Ramón, un ingeniero informático que imparte clases de robótica a niños, y cumple en este vodevil el papel de administrador general. Es un caramelo para los guionistas no solo por la brillantez de sus apariciones, sino porque funciona como el deus ex machina de la fiesta del mamporro patrio. El público, que le ha rebautizado en honor al presidente del Real Madrid, lo pasa en grande cuando surge tras la sintonía de Star Wars. De los cuarenta que forman la Triple W, treintayséis son luchadores: Ramón ni lo es ni quiere serlo: “Me conformo con ver la Wrestlemania en grupo”, explica entre risas.

Poco a poco las luchadoras llegan a la Triple W. Ahora son tres, aunque hay otras tantas entrenando a la espera de alternativa. A diferencia de sus compañeros, cada uno de su padre y de su madre, ellas son guapas y atléticas de corte, lo que les permite desarrollar un tipo de lucha diferente, más aérea y vertiginosa. Súmenle a esto el punto picante de sus actuaciones y anticiparán la reacción del público.

Sara, una estudiante de magisterio de 24 años, debuta hoy contra Banshee, la reina indiscutible de la Triple W. Se enfrenta a los golpes sin miedo aunque difícilmente llega a los cincuenta kilos. Hace tres meses decidió que quería algo más que ser espectadora, de modo que se presentó en el gimnasio de Vista Alegre y no se arrepiente: “Estaba muy nerviosa por la reacción del público, pero se han portado genial, son los mejores”, dice. Aunque sus amigas le preguntan si está loca, quiere seguir entrenando y enfrentarse, “por supuesto”, a los hombres. Suena baladí pero, como asegura Marco, alias Caretaker, coordinador de la compañía, “aquí los golpes se dan, que nadie lo dude. Lo hacemos de forma controlada tratando de hacernos el menor daño posible, pero siempre se escapa alguno”. Vaya si se dan: sillazos y mesas rotas en la cabeza están a la orden del día sin que nadie se espante. Cosas del kayfabe.

Suena el tercer golpe sobre la lona y termina la velada. Han sido siete combates llenos de emociones y buen ambiente general. La comunión entre el público se extiende a los luchadores, que se arremolinan en los aledaños al terminar sus combates para animar a sus compañeros. Ellos dicen que tienen el mejor público del mundo, y el público valora uno de los espectáculos más originales de la capital. Después, justo antes de desmontar, los luchadores bajan al patio para fotografiarse con los fans. El comentario general entre los recién llegados oscila entre “no me esperaba que fuese tan bueno” y “volveré para la gala de Halloween”. Todos se van contentos. Hulk Hogan puede estar orgulloso de sus hijos españoles.

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