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'El Olivo': una fábula de la que Capra se sentiría orgulloso
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'El Olivo': una fábula de la que Capra se sentiría orgulloso

Bollaín ahonda en la fábula contando la historia de una joven cuya desestructuración familiar queda simbolizada en un olivo que una corporación le quitó a su abuelo

Foto: 'El olivo'.
'El olivo'.

“Abuelita Capra”. Así llamaba Bardem, con cierto aire de desdén, al director de 'Caballero sin espada' o '¡Qué bello es vivir!”, ese bajito italoamericano que, según el director de 'Nunca pasa nada', hacía pasar sus cuentos inverosímiles por cine social durante los peores años de la Gran Depresión. El tiempo le ha quitado la razón al maestro y ha demostrado que las películas de Frank Capra no solo fueron un fidedigno reflejo de aquel duro trance social y económico (que bien podría ser el de la crisis y el salvaje capitalismo actual) sino que su presunto optimismo contenía, en el fondo, una buena dosificación de veneno.

Lo mismo se podría decir de la filmografía de una Icíar Bollaín, que de 'Flores a otro mundo' a 'También la lluvia', pasando por 'Katmandú', ha hablado de inmigración ilegal, reivindicaciones sociales o tolerancia con un buenismo que, como en el caso de Capra, puede beneficiar o perjudicar la película que dirija. Con 'El olivo', Bollaín ahonda en lo fabulístico contando la historia de una joven cuya desestructuración familiar está simbolizada en ese olivo que una corporación le quitó a su abuelo; ese árbol que intenta recuperar a toda costa y que habita en la desangelada sede de una multinacional alemana con las formas y el fondo de un frío liberalismo económico.

Tráiler de 'El olivo'

La dignidad de un abuelo

La directora es hábil a la hora de escudriñar a su jovencísima protagonista (una inmensa y extraordinaria Anna Castillo) a base de primeros planos que nos relatan por sí mismos su furia interior y el intento de restablecer la dignidad de su abuelo. También acierta en un primer tramo en el que los bucólicos 'flashbacks', la escenificación de los conflictos familiares y los amores intuidos (grande también la mirada y las maneras de Pep Ambrós) van tejiendo un drama rural que, de repente, cambia de tono y se convierte en una 'road movie' de españolitos camino a Alemania.

Es en esos minutos donde radica el principal problema de esta cinta amable y sentimental; en esos ramalazos de comedia gruesa en los que hasta una réplica de la Estatua de la Libertad se convierte en una obviedad prescindible. Las costuras del mensaje resultan entonces demasiado visibles.

Es en esos minutos donde radica el principal problema de esta cinta amable y sentimental; en esos ramalazos de comedia gruesa

Sin embargo, los aciertos de una película que parece destinada a empatizar con el público que acceda a ella son bastante más numerosos que sus desaciertos. Para empezar, el de un ajustado reparto, que no cae en la trampa de lo caricaturesco pese a que el guión de Paul Laverty, por ejemplo, intente convertir a Javier Gutiérrez en innecesario rebufo cómico. También en la multiplicidad de lecturas que ofrece ese árbol milenario, esa representación del desarraigo familiar propiciado por el más atroz de los capitalismos, semilla de la codicia humana. Así, pese al sentimentalismo marca de la directora o de una funcionalidad visual sin florituras, encaminada a ilustrar lo mejor posible el guion, la película acaba suponiendo un triunfo.

La mejor muestra de ese éxito es un desenlace que sortea lo obvio y que, sin perder la bonhomía, habla del perdón y de las victorias morales sobre el corporativismo con una credibilidad capaz de ablandar hasta el más duro de los corazones. Decía Capra que una película no es un drama cuando llora el actor sino cuando llora el público. A juzgar por las reacciones de ciertas personas una vez se encienden las luces de la sala, el director de 'Sucedió una noche' estaría orgulloso de una cinta como 'El olivo'. Es ese y no otro el gran mérito de Icíar Bollaín, el de tocar la fibra de muchos espectadores con un mensaje claro y directo, aunque en el fondo persista cierta sensación de que la película podría haber dado mucho más de sí y de que este árbol, pese a sus variadas metáforas, tiene pocas raíces.

“Abuelita Capra”. Así llamaba Bardem, con cierto aire de desdén, al director de 'Caballero sin espada' o '¡Qué bello es vivir!”, ese bajito italoamericano que, según el director de 'Nunca pasa nada', hacía pasar sus cuentos inverosímiles por cine social durante los peores años de la Gran Depresión. El tiempo le ha quitado la razón al maestro y ha demostrado que las películas de Frank Capra no solo fueron un fidedigno reflejo de aquel duro trance social y económico (que bien podría ser el de la crisis y el salvaje capitalismo actual) sino que su presunto optimismo contenía, en el fondo, una buena dosificación de veneno.

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