El yayo del apocalipsis
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El yayo del apocalipsis

El creador de la saga 'Mad Max' analiza las claves de su carrera

Foto: El director George Miller
El director George Miller

Hay pocos lugares en el mundo menos Mad Max que el Hotel María Cristina, joya de la belle epoque donostiarra. Pero aquí estamos, en una habitación de la tercera planta, esperando para entrevistar a una leyenda del cine, el director australiano George Miller (Australia, 1945), creador de la legendaria saga apocalíptica.

No obstante, el marco es tan incomparable como adecuado, dado que la cosa va hoy de contrastes salvajes.

Primera paradoja: el blockbuster de autor

Miller está en el Festival de San Sebastián, que se inaugura hoy, porque la Federación Internacional de la Prensa Cinematográfica (FIPRESCI) le ha otorgado el premio a la mejor película del año: Mad Max. Furia en la carretera, cuarta parte del serial.

Hablamos de un galardón de prestigio ajeno a las presiones de la industria. Ejemplo, estos son los filmes que lo han ganado en lo que va de década: Boyhood (2014), La vida de Adèle (2013), Amor (2012), El árbol de la vida (2011) y El escritor (2010). Pesos pesados del cine de autor con notable trayectoria comercial; con todo: entre las cinco recaudaron 178 millones de dólares menos que el nuevo Mad Max. ¿Qué significa esto? Que George Miller es capaz de derretir a la crítica más sesuda con un blockbuster mastodóntico de explosiones; y eso, a día de hoy, es una proeza cultural. Él mismo no se lo explica:

“Es un premio tan inesperado como atípico”, cuanta Miller a este periódico. “No me lo podía imaginar mientras rodaba; ahora bien, el cine es impredecible: basta con que pienses que una película va a funcionar de una manera, para que ocurra exactamente lo contrario. Por otro lado, ¿qué es exactamente un filme de autor? ¿Uno cuya audiencia es restringida y representa una expresión artística pura? ¿Y qué es un blockbuster? A veces está claro y a veces no: el cine y los espectadores son más complejos de lo que parece”, añade.

En realidad, no es la primera vez que el heterodoxo director mezcla autoría y taquillazo.

Miller debutó en 1979 con Mad Max, salvajes de la autopista (1979), en la que un Mel Gibson de 23 años interpretaba a un policía de tráfico en Australia. Si usted cree que ser policía de tráfico es un chollo, quizá es porque no ha visto la clase de gentuza con la que tenía que lidiar Gibson en un filme en el que el caos aumentaba a medida que la gasolina escasea. Un ejercicio de violencia primitiva y enfermiza que no asustó al espectador: El primer Mad Max fue durante dos décadas el mayor negocio de la historia del cine tomando como base la relación presupuesto/recaudación.

Segunda paradoja: de los pingüinos a los macarras

“Tienes que estar un poco mal de la cabeza para rodar un filme como Mad Max. Es algo así como un placer demencial”, explica Miller, y no le falta la razón dada la cantidad de macarras y chalados fuera de sí que pueblan el universo madmaxiano.

Ocurre que si ya es bastante loco el asunto, más lo es cuando uno ha dedicado las dos décadas anteriores a rodar estos filmes: dos partes de Babe, el cerdito valiente y dos partes de Happy Feet, simpática y exitosa saga de animación infantil con pingüinos.

Tienes que estar un poco mal de la cabeza para rodar un filme como Mad Max

Así que, cumplidos los setenta años, Miller aparcó los cerditos y los pingüinos para retomar la carretera más salvaje, nihilista y punk del cine: la de Mad Max. Resumiendo: entre Happy Feet y Mad Max hay tal abismo cultural y psicológico que es como si a Javier Marías le diera de pronto por raparse la cabeza, cubrirse el cerebro con un tatuaje maorí y escribir El club de la lucha en lugar de Corazón tan blanco

La pregunta del millón sería la siguiente: ¿Cómo pasa uno de estar todo el día pensando en cerditos y pingüinos a estar todo el día pensando en hordas de psicópatas que quieren romperte la cabeza con una barra y prender fuego a tu cadáver?

Miller responde a la cuestión con un pragmatismo desarmante. “El asunto es el siguiente. Cuando rodé el primer Mad Max, no tenía hijos. Pero cuando los tienes, te pasas todo el día viendo dibujos. Pero mis hijos crecieron… y pude volver otra vez a Mad Max”, zanja entre risas.

Moraleja: el día que los niños se van de casa, arde Troya y vuelve el punk (es bueno saberlo).

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