Buen rollo y conciencia social, la fórmula del éxito británico
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estreno de 'pride'

Buen rollo y conciencia social, la fórmula del éxito británico

El cine de Reino Unido vuelve a dar una obra dispuesta a encantar al público y hablar de un problema social y un momento histórico: las protestas de mineros y homosexuales en los 80

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Las frases promocionales en los carteles de cine suelen ser engañosas. Hay que desconfiar de todas esas líneas que aparecen en los anuncios clamando: ‘De los productores de…’ o ‘Si te gusto… te encantará esta película’. Un gancho simplón que en ocasiones como Pride tiene más sentido de lo que parece.

El material promocional del filme menciona a Full Monty y Billy Elliot como sus antecedentes directos, dos títulos que no podían estar mejor elegidos. Películas que trataron el tema de las consecuencias de las políticas económicas de Margaret Thatcher en pueblos que sobrevivían gracias a la minería o a las empresas metalúrgicas. Ambas utilizan una excusa, la danza o los escarceos como strippers, para hablar del desmantelamiento del estado de bienestar inglés. La letra con sangre entra, pero la crítica social un poquito almibarada sabe mejor. Se hace digerible para todo espectador.

Convertir un tema tan gris al melodrama es la táctica perfecta. No sólo el público responde, si no que hecha con gusto, tacto y dosis de buen rollo, los premios se fijan en ti. Full Monty estuvo nominada a cuatro Oscar, incluido Mejor película, dirección y guion; Billy Elliot a guion y dirección; y Pride se ha quedado algo corta aunque consiguió su candidatura al Globo de Oro a la Mejor comedia, al BAFTA a la Mejor película británica y ganó el premio del cine independiente británico a la mejor obra del año.

Esta última incursión del cine británico en su melodrama social cuenta una parte poco conocida de las manifestaciones por los derechos de los mineros, lo que aporta una original vuelta de tuerca al tema. En 1984 un grupo de activistas por los derechos de los homosexuales deciden centrar su lucha y sus manifestaciones en defender a los mineros, sitiados y vapuleados por la policía y por Thatcher, en vez de seguir pidiendo un trato justo para los gais.

La metáfora del filme, que se repite constantemente y que hasta se ejemplifica en esa bandera del sindicato minero (dos manos unidas) es que no tiene sentido luchar por los derechos de un colectivo mientras el compañero de al lado está siendo destrozado por el poder. Los gais no se quedan a gusto porque las porras de la policía ya no aterricen sobre su cuerpo, y comienzan a recolectar dinero para llevarlo a un pueblo minero de Gales. Un sector rudo y con muchos prejuicios hacia los homosexuales, pero que se verán enternecidos por el compromiso de estos londinenses. Especialmente las mujeres de los mineros.

Pride (cuya traducción sería un contundente ‘Orgullo’) no evita los clichés. Tiene, y muchos.El gay cuyos padres no lo saben, los religiosos intransigentes, el hetero atraído por un homosexual… pero los sortea con gracia y encanto.

Es imposible no sentirse atraído por la fuerza de Pride, por su discurso, por su sencillez, por sus diálogos frescos, por su espíritu solidario, por una banda sonora maravillosa y porunos actores en estado de gracia, especialmente una Imelda Staunton que demuestra que hay papeles para señoras de más de cuarenta, y que merece muchos más personajes como este.

Este canto a la igualdad de derechos es un torrente desde la primera escena, se ve con una sonrisa en la boca y emociona sin meter el dedo en el ojo.Inclusosus decisiones más dramáticas (el encuentro con la madre, el descubrimiento de la homosexualidad o el SIDA) están tratadas con elegancia y sin hacer hincapié en la tragedia.

Una película que no esconde su vocación popular, pero tampoco su misión de recordar las consecuenciasde unas políticas económicas que, por desgracia, siguen estando de plena actualidad. La máquina británica para hacer crítica social y hacer reír sigue funcionando a pleno gas.

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