medio siglo de un filme clave del franquismo

Franco, ese abuelo entrañable

Hace cincuenta años se estrenó 'Franco, ese hombre', documental de propaganda que ejemplificó la apertura estratégica del régimen en 1964

Foto: Franco y Fraga, en 1966. (Efe)
Franco y Fraga, en 1966. (Efe)
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Alfombra roja, photocall y glamour de hace medio siglo. Estreno de Franco, ese hombre (José Luis Sáenz de Heredia, 1964) en la Gran Vía. El cartel del filme cubre la fachada del Palacio de la Música con un eslogan propio de un biopic épico: “Sesenta años de la historia de España a través de la biografía del hombre que la ha vivido más intensamente”.  Por la alfombra roja pasan los ministros de Información y Turismo, Agricultura, Asuntos Exteriores, Educación, Hacienda y Justicia, el presidente de las Cortes, el presidente del Consejo de Estado y “otras personalidades”. “El todo Madrid de las grandes solemnidades se encuentra en este estreno organizado por la junta interministerial de los 25 años de Paz”, contó el No-Do que, con su habitual ecuanimidad, calificó el filme de “admirable”.

En unos días se cumplen los cincuenta años del estreno del documental Franco, ese hombre. Cuando hablamos de propaganda cinematográfica franquista lo primero que se nos viene a la cabeza es Raza (José Luis Sáenz de Heredia, 1941), esa fantasía sobre nacionales buenos y rojos despiadados cuyo argumento ideó el Generalísimo. No obstante, Franco, ese hombre fue un intento más complejo de propaganda: su objetivo era mostrar a un Francisco Franco entrañable y pacifista.

Los contextos históricos en los que surgieron ambas películas, dirigidas por José Luis Sáenz de Heredia, fueron bien diferentes. Si Raza se estrenó en 1941, cuando el Caudillo no tenía ningún motivo para disimular ni su victoria, ni su ardor bélico/vengativo ni sus flirteos con la Alemania nazi, Franco, ese hombre fue la guinda a los 25 años de paz, monumental campaña oficialista para blanquear el régimen con un discurso conciliador al cumplirse un cuarto de siglo del fin de la Guerra Civil.

“Por primera vez la victoria franquista de la guerra se convertía en una celebración orquestada bajo el lema de la paz. Ciertamente muchas actividades tuvieron como eje la victoria, pero ese cambio de denominación sugiere que, en la concepción de Manuel Fraga, flamante ministro de Información y Turismo, una tentativa de captar a las nuevas generaciones debía ser puesta en marcha. Y lo fue”, cuenta Vicente Sánchez Biosca, autor de ensayos como El pasado es el destino. Propaganda y cine del bando nacional en la guerra civil (Cátedra, 2011) y No-Do: El tiempo y la memoria (Cátedra, 2006).  

La película mostró un modelo de propaganda más sutil y menos combativo frente al enemigoEran los tiempos de la apertura turística, de la integración económica internacional, del desarrollismo y de los tecnócratas. Todo estaba preparado, por tanto, para que el Franco cinematográfico entrara en la modernidad reformista y liberal. “Franco, ese hombre introduce el factor humano, por así decir, en el discurso sobre Franco y representa, aunque a éste no le agradó, un modelo de propaganda más sutil y menos combativo frente al enemigo. Después del contubernio de Múnich y el contacto entre los disidentes del franquismo con algunas gentes del exilio, se imponía una variación de estrategia, una propaganda que implicara hacia el futuro y no sólo reuniera a las gentes del pasado, los triunfadores en la guerra”, explica Biosca a este periódico. Y añade: el filme fue más un “éxito de Fraga que de su director”.

Glosar al Caudillo

El héroe de antaño se había transformado en un viejecito que desde su despacho intentaba preservar una hipotética pazPese a la influencia reformista de Fraga, Franco, ese hombre tuvo también algo de filme fallido. “Intentó combinar, sin demasiada habilidad, la exaltación del heroísmo del pasado con la mítica del descanso del guerrero y la creación de una máscara que pretendía ofrecer una forzada dimensión humana del antiguo héroe, transformado en un viejecito que desde su despacho intentaba preservar una hipotética paz de la que su apacible imagen de padre de familia se constituía en una quimérica proyección”, ha explicado el crítico Ángel Quintana.

En palabras de Paul Preston, sacadas de su biografía Franco, Caudillo de España (Mondadori, 1994), la película presenta “un héroe que había salvado al país de las hordas del comunismo, luego lo había salvado nuevamente de las hordas del nazismo y, posteriormente, se había convertido en el padre benévolo de su pueblo”.

En su momento, algunos vieron el filme con otros ojos. El crítico Fernando Méndez-Leite, que dirigiría el ICAA en los años ochenta, escribió lo siguiente en su Historia del cine español publicada en 1965: “Sáenz de Heredia ha logrado un apasionado documental revelador de muchas cosas desconocidas para las jóvenes generaciones y muy emotivo para los que vivieron los acontecimientos evocados en la pantalla con singular maestría”.

Francisco Franco, en la Batalla del Ebro, 1938.
Francisco Franco, en la Batalla del Ebro, 1938.

Scorcese y el Caudillo

Una cosa es analizar un filme como Franco, ese hombre en el contexto de 1964, con Fraga forzando una pequeña apertura cultural del régimen, y otra bien diferente hacerlo en el de 2014, cuando es difícil ver otra cosa que un monumento kitsch a la propaganda. En otras palabras: la cabra tira al monte. Puede que Franco, ese hombre no sea Raza, pero ni Sáenz de Heredia, ni Fraga ni el régimen estaban todavía preparados para rodar un filme sobre el Generalísimo que no acabara derivando en una enloquecida hagiografía.

Los fans de Martin Scorsese suelen admirar sus secuencias torrenciales en las que narra una gran cantidad de cosas recurriendo al montaje frenético, la voz en off y  un tema de funk/soul de fondo. Pues bien, lo crean o no, algo de eso hay en Franco, ese hombre, aunque sea en versión sosegada, carpetovetónica y con el himno nacional de fondo. Ahora bien: si Scorsese narra a golpe de imágenes, Sáenz de Heredia lo hace a golpe de palabra inflamada.

El filme, de hecho, se articula en torno a una serie de escenas crescendo en las que la omnipresente voz en off, clave en una obra que se sostiene sobre la retórica propagandística del régimen, marca siempre el punto álgido.

El paso del tiempo ha jugado una mala pasada al filme: lo que entonces quizás sonaba a fina propaganda política, ahora suena sin más a hito del humorismo involuntarioEn efecto, más allá del trabajo con el montaje y las imágenes de archivo, que lo hay, Franco, ese hombre se construye sobre la palabra. Sobre un lenguaje al que, ay, le ha sentado fatal el paso del tiempo: lo que entonces quizás sonaba a fina propaganda política, ahora suena sin más a hito del humorismo involuntario. Así glosa el desatado narrador del filme la figura del Generalísimo:

“Un hombre entero, de vida rectilínea, soldada a una razón de ser que siempre acaba teniendo la razón. Un hombre sinceramente humano que nunca ha jugado a ser un semi dios, que no conoce la palabra cansancio y que es, como pedía José Antonio para el dirigente, inasequible al desaliento. Un hombre anclado en su firmeza de servicio, que recibe las mejores compensaciones de su trabajo en los minutos que le exprime a su tiempo para dedicarlos a los suyos y a sus aficiones más entrañables: El mar, su frustrada vocación tan sentida (imagen del caudillo pescando salmones de tamaños absurdos), sus lecturas veraniegas, y la caza, pólvora descafeinada para quien la tomó durante mucho tiempo pura…”.

El narrador, por tanto, bascula entre lo lírico, lo épico y lo roto en mil pedazos.

Otro ejemplo: la descripción de la secuencia del “desfile de la victoria”, parada militar en las calles de Madrid para conmemorar el aniversario del fin de la guerra civil.

“Los desfiles militares son espectáculos eternos que nos afectan con un estremecimiento purificador, algo muy entrañable nos habla al corazón con un diálogo recto y alegre que limpia el ánimo porque nos predispone a ser mejores. Esta vez el desfile dice lo mismo, pero con otro acento. Habla de paz y de victoria, pero de una victoria diferente, y más difícil que la de las armas, una victoria total en la que no hay dolor de derrotados, en la que cabe el gozo de todos, la victoria de la paz...”.

El pueblo le aclama con el entusiasmo y la gratitud de quien sabe a ciencia cierta que en él radica la gloria del pasado, la industriosa paz del presente y la clave soberana del futuroEl clímax llega con la entrada de Franco en escena, que agita el montaje y hace perder definitivamente los papeles (retóricos) al narrador: “Todos esperan en tensa calma la llega del Jefe del Estado... hasta que un toque de atención (se escucha una corneta) recorre a la muchedumbre como un escalofrío (suena el himno nacional), las aclamaciones del público se van aproximando a nosotros, son tres generaciones de españoles que reciben clamorosamente a Franco, a ese hombre que ha sabido forjar 25 años de paz con su espíritu de acero sobre el yunque de su vida (acordes acelerados del himno, voces desgañitadas gritando “Franco,  Franco,  Franco”)... El pueblo le aclama con el entusiasmo y la gratitud de quien sabe a ciencia cierta que en él radica la gloria del pasado, la industriosa paz del presente y la clave soberana del futuro. El hombre que ganó la guerra ha ganado también la paz…”.

Pese a estos excesos de ardor retórico, el filme no es del todo risible como pieza de propaganda. Heredia realiza algunos montajes habilidosos donde combina eficazmente mensaje y emoción, aunque la falta de mesura del narrador acaba por neutralizar el poder evocador de las imágenes.

Pero el verdadero hallazgo llega al final, con un giro metacinematográfico que asombró al mismísimo Slavoj Zizek. El filósofo esloveno vio el filme en Madrid antes de dar una conferencia en el Círculo de Bellas Artes. Quedó entusiasmado:

Al final de 'Franco, ese hombre' encontré algo absolutamente increíble. La ideología en estado puro“Al final de Franco, ese hombre encontré algo absolutamente increíble. La ideología en estado puro. La imagen se va empequeñeciendo y rodeándose de un marco oscuro. Lo que se ve entonces no es ya la película, sino alguien viéndola en una pantalla. ¡Es el propio Franco viéndose a sí mismo! ¡Celebrándose a sí mismo!”, contó Zizek a este periodista.

Sí, no es broma, Franco, ese hombre acaba con una secuencia de Francisco Franco viendo Franco, ese hombre en el cine del Pardo. “Franco certifica que la imagen de ese otro que el discurso cinematográfico ha construido a partir de sí mismo no es más que la máscara oficial que el Régimen había diseñado de su persona a mediados de los años sesenta”, razona Ángel Quintana.

Para colmo la filigrana metacinematográfica contiene una traca final: al acabar la proyección y encenderse la luz, aparece por allí el director del filme, José Luis Sáenz de Heredia, para hacerle unas preguntas a Franco sobre la película y otros asuntos de Estado.

La entrevista de Heredia a Franco es una obra maestra del kitsch cultural: el descaro hagiográfico, la decoración de los salones del Pardo, la voz aflautada del Caudillo, su retórica ampulosa y el tono forzado de un Franco que se ha aprendido sus respuestas de memoria.

La paradoja está servida: puede que la idea original de Franco, ese hombre fuera mostrar a un Caudillo costumbrista y humano, pero cuando uno ve a Franco convertido en un abuelito camp, no ve a un dirigente conciliador, sino a un impostor. O el franquismo como farsa histórica.

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