estreno de 'nymphomaniac volumen 2'

La dimensión espiritual de la sexualidad

Llega a las salas la segunda parte del film de Lars von Trier. Momento para una aproximación relajada y en perspectiva a una obra que rodeada de polémica

Foto: Escena de 'Nymphomaniac'
Escena de 'Nymphomaniac'

Tras la expectación que creó el estreno de la primera entrega de Nymphomaniac, la segunda parte del film censurado de Lars von Trier nos llega con los ánimos más calmados. Lo que permite una aproximación relajada y en perspectiva a una obra que aterrizó rodeada de ruido.

Nymphomaniac 2 retoma la historia de Joe, la mujer que explica su vida como ninfómana al desconocido de nombre Seligman que la rescata en un callejón. A pesar de encontrarse por fin con el hombre de sus sueños, Joe ha perdido la capacidad para gozar. Su razón de ser. A partir de aquí, la película se adentra en un territorio más oscuro y tortuoso que el de la primera parte.

En Nymphomaniac 2 dejamos atrás a la joven Joe (Stacy Martin) y nos quedamos solo con la Joe adulta (Charlotte Gainsbourg). Si durante su juventud, Joe asocia la sexualidad al juego, el goce, la experimentación y la despreocupación, como adulta su experiencia toma otros derroteros: debe asumir que el amor no garantiza la felicidad, elegir entre vida sexual y vida familiar, traspasar las fronteras más allá del placer y apartarse de la sociedad.

A través de la conversación que siguen manteniendo Joe y Seligman en el presente, Lars von Trier introduce el desvío de Joe hacia un camino de dolor con un símil religioso: comparando la iglesia ortodoxa y la iglesia católica. Una ligada a la felicidad (con sus iconos de Jesús o la Virgen ) y la otra al dolor (con las omnipresentes imágenes de la crucifixión). Ese viaje de la Iglesia de Oriente a la Iglesia de Occidente subraya el carácter espiritual de la película del danés.

Porque mientras la estrategia de promoción nos vendía un porno de autor plagado de orgasmos, la realidad en la pantalla nos muestra una historia oscura sobre una mujer que emprende un tortuoso camino de búsqueda de sí misma a través del sexo. Nada que no pudiéramos adivinar en la primera entrega. Ya entonces se establece que buena parte de la película suceda en una habitación de aire monacal donde la protagonista inicia una suerte de confesión de su vida ante un hombre con rasgos propios de un sacerdote.

Durante un momento, la conversación entre Joe y Seligman se centra en el icono atribuido al pintor ruso Andrei Rublev que preside la habitación. Las palabras que intercambian nos sirven también para calificar Nymphomaniac: esta es en gran medida una película religiosa rodada por un ateo. De paso, el cuadro establece una conexión con la obra del cineasta Andrei Tarkovski, a la que la película, sobre todo en su segunda parte, hace continuas referencias. Desde la levitación como expresión física de una suerte de orgasmo espiritual a la imagen icónica del árbol como símbolo del alma.

Cartel de 'Nymphomaniac Volumen 2'
Cartel de 'Nymphomaniac Volumen 2'
Esta dimensión religiosa ya estaba presente en películas anteriores de Von Trier. Joe podría ser el reverso sexual de la Bess de Rompiendo las olas (1996): ambas llevan hasta el final su propia concepción del amor, ambas se adentran en una especie de calvario ligado al sexo, una para salvarse a sí misma, la otra para salvar a su esposo enfermo; ambas son rechazadas por una sociedad intolerante con las personas que se desvían de la ortodoxia. Pero en su aspecto resolutivo, Joe se acerca más a los personajes femeninos que protagonizaban la inacabada trilogía americana del danés.

Nymphonamiac 2 es también el relato de una (auto)marginación, la historia de cómo una persona deviene un paria. A lo largo del film, Joe se ve obligada a apartarse de los caminos trazados por las convenciones sociales a fin de mantenerse fiel a sí misma: se va alejando progresivamente de la familia, del trabajo, de la legalidad... para acabar entrando en un círculo vicioso de tintes autodestructivos que Von Trier cierra de manera desesperanzada en un giro sorpresa que resulta de lo más cuestionable de toda la obra.

Es imposible no ver en la marginación que vive la protagonista un reflejo del ego del propio cineasta, a quien le encanta presentarse como víctima de una sociedad injusta con los diferentes. Nymphomaniac arremete contra la corrección política como nueva forma de censura moral, pero su discurso al respecto resulta desequilibrado: cuanto más explícito, más simplista. Por ejemplo,  el ataque directo a los grupos de ayuda mutua como agentes censores y castradores resulta en exceso reduccionista y facilón, mientras que la defensa que efectúa Joe de los pedófilos pasivos, en la escena en que confronta a un personaje con sus deseos más escondidos, pone sobre la mesa complejidades y prejuicios de los que apenas se habla.

Escena de 'Nymphomaniac', de Lars von Trier
Escena de 'Nymphomaniac', de Lars von Trier
Pendientes de ver la versión íntegra de más de cinco horas de duración que esperamos llegue a estrenarse alguna vez en nuestro país, Nymphomaniac 2 nos confirma que estamos ante una película más espiritual que sexual, más atormentada que excitante, que se construye alrededor de la conversación y no del coito. Un relato que adopta una estructura arbórea donde la narración principal, la vida de Joe, va ramificándose en múltiples digresiones aportadas por Seligman, un personaje tan capaz de explicar el origen de un tipo de nudo como de reflexionar sobre la música de Bach y Beethoven.

Esta arquitectura narrativa es uno de los principales atractivos del filme, así como su división en diferentes capítulos que adoptan a su vez tempos variados. En esta segunda parte pasamos del humor puntual de la escena del trío con los africanos al dolor e intensidad de las secuencias ligadas al sadomasoquismo, de las más logradas de toda la película. Quizá Nymphomaniac 1 y 2 no aporte nada en lo que a la relación entre cine y sexo se refiere. El mérito de Von Trier es trascender el mero gancho sexual para llevar a cabo otro retrato de una mujer al límite a través de una composición polifónica y compleja, a ratos irregular pero apasionante en su conjunto.

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